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9:45p.m. Finca Piedra pacha
En oscuridad. Las familias que permanecen en ese albergue no contaban
con luz, pero la Cruz Roja les proveyó de energía.
Foto EDH/Mauricio Castro |
JAIME GARCÍA
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
No hay peor cosa que dormir en el suelo, con el estómago vacío
y lejos de casa. Para la gran mayoría de personas evacuadas de
las faldas del volcán Ilamatepec, ese es el drama, que apenas comienza.
Algunos han llegado a los refugios de Santa Ana y Sonsonate por cuenta
propia, sorteando caminos polvorientos y peligrosos; y otros a bordo de
camiones y pick up.
Cuentan que llegaron a los albergues con las manos en la cabeza por temor
a que una piedra, disparada cual proyectil de las entrañas del
cráter, les cegara la vida.
Al recorrer durante la noche los recintos habilitados para los evacuados,
es visible el temor y la incertidumbre de ser un damnificado que se refleja
en el rostro de los jóvenes, niños, adultos y ancianos.
Lo primero que se percibe al acercarse a la zona cercana al volcán
es ese ambiente similar al finalizar un año y el aire queda inundado
de humo y olor a pólvora. La garganta se reseca y la nariz pica.
En el suelo
Lo que más impacta es ver a cientos de niños durmiendo en
el frío piso de los albergues, sin más abrigo que sus ropas.
Sus padres no tuvieron la oportunidad de sacar nada de sus casas y cargaron
sólo con lo que vestían cuando el coloso despertó
y lanzó sus temidos bramidos y rocas incandescentes.
Irvin Gómez, de 5 años, dormía intranquilo en el
piso del aula número 6 del cuarto grado del Centro Escolar Unión
Centroamericana en El Congo, Santa Ana. La noche del sábado ese
refugió no contaba con colchones, ni frazadas para menguar el frío.
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7:20 p.m. El Congo
En el piso. Irvin Gómez, de 5 años, duerme junto a su
madre y hermano en el refugio del Centro Escolar Unión Centroamericana,
en Santa Ana. Foto EDH/Mauricio
Castro |
Al lado del pequeño su madre lo vigilaba con recelo mientras amamantaba
a otro hijo.
A pesar de las dificultades, los evacuados del cantón Potreríos
de La Laguna, Coatepeque, no se quejaban, pero si preguntaban a cualquier
extraño que si era el encargado de anotar para entregar los
colchones.
Otros niños olvidaron por un momento lo que les ha tocado vivir
y se entretenían jugando fútbol en la cancha de la escuela
o correteando por los pasillos.
En el albergue de la finca Piedra Pacha, la oscuridad y el intenso frío
hacía que las familias evacuadas del cantón Malacara se
refugiaran temprano en las tiendas de campaña habilitadas por el
Ejército.
Ahí don Roberto Flores, un curtido agricultor, recordó que
en el momento en que el volcán reventó corrió con
su familia a una loma para evitar que la ceniza hirviente los alcanzara.
Necesitamos papel higiénico, jabón y comida,
pidió el campesino.
A eso de las 9:00 de la noche un grupo de socorristas de la Cruz Roja
llegó al lugar, y tras reparar el motor de una planta de energía
colocó postes móviles de iluminación en la zona donados
por la Cruz Roja Española.
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9:45 p.m. Finca Piedra pacha
Beneficio. Las familias evacuadas del cantón Malacara fueron
albergadas en 40 tiendas.
Foto EDH/Mauricio Castro |
Cuando el reloj marcó las 9:45 de la noche, en otro de los refugios
habilitados en el estadio de Santa Ana, un grupo de familias evacuadas
del cantón Calzontes Arriba, pudo tomar alimentos ya cocinados
llevados por la alcaldía de la localidad.
Los residentes del cantón Los Planes Abajo, en El Congo, se refugiaron
en una casa que un residente en Estados Unidos ha construido en la zona.
No nos han visto como un refugio, no tenemos comida, colchonetas
ni agua. Nuestros niños dormirán en el suelo, detalló
doña Claudia Barillas.
La noche esconde la ceniza y el humo del Ilamatepec, al igual que los
damnificados esconden sus temores y su hambre.

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