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El problema de las Naciones Unidas

EE.UU. Mientras la ONU no haga ninguna distinción entre países libres y no libres, los objetivos nobles que establecen seguirán siendo una visión distante


Publicada 3 de octubre 2005, El Diario de Hoy

A la derecha, el Presidente venezolano Hugo Chávez durante su intervención en la Asamblea General del organismo internacional.
A la izquierda, el príncipe Saud Al-Faisal, de Arabia Saudita. Centro, el gobernante Robert Mugabe.
Fotos EDH/Tthe New York Times

The New York Times
Jonathan Gurwitz
El Diario de Hoy

internacionales@elsalvador.com

Mientras la mayor parte de los Estados Unidos estaba centrada en los huracanes que golpeaban la costa del golfo, algo así como otra tempestad descendió sobre Nueva York el mes pasado.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) fueron sede de una cumbre mundial que coincidió con su 60 aniversario y el comienzo de una nueva sesión de la Asamblea General.

Estuvo presente el cada vez más paranoico líder de Zimbabue, Robert Mugabe. Cuando acaba de ejecutar un programa para destruir las barriadas urbanas que ha dejado desamparados a 700,000 de los ciudadanos más pobres de su país, el autócrata de 81 años dijo que las Naciones Unidas deberían centrar sus esfuerzos en dotar de vivienda a las víctimas de Katrina en lugar de a las víctimas de su régimen desastrosamente opresivo.

El Presidente venezolano Hugo Chávez asistió sobreponiéndose con valentía al peligro mortal que representaban los televidentes del Club 700. En su discurso ante la Asamblea, Chávez ridiculizó “la dictadura que ejercen Estados Unidos y sus aliados imperialistas sobre la organización internacional”. La dictadura, claro está, es un tema sobre el cual él tiene más que un conocimiento superficial.

El príncipe heredero y sultán de Arabia Saudita llegó, junto con el ministro de Relaciones Exteriores, el príncipe Saud Al-Faisal, quien se quedó en Nueva York el tiempo suficiente para decirle al Consejo de Relaciones Exteriores, informó el New York Sun, que su país es víctima de "ataques intensos e injustificados" que lo han hecho ser el "chivo expiatorio" del 11 de septiembre de 2001.

Y el gobernante iraní Mahmoud Ahmadinejad hizo un llamado a que las Naciones Unidas "encabecen la promoción de la espiritualidad y la compasión por la humanidad". Su régimen se ha embarcado actualmente en la aplicación de medidas enérgicas generalizadas que han conducido a la detención de miles de “alborotadores” bajo los cargos más endebles, así como a veintenas de azotes y ahorcamientos por infracciones morales, incluida la ejecución de homosexuales.

Lo bufonesco, la bravuconada y el engaño que acompañan cada año la apertura de la sesión de gala podrían haber sido desestimados si no hubiese sido por el interés extremadamente elevado que las propias Naciones Unidas habían puesto en la cumbre.

Durante meses, el Secretario General Kofi Annan calificó a la reunión de septiembre como un acontecimiento fundamental. “Nunca antes en la historia de las Naciones Unidas”, dijo Annan en junio, “han sido más necesarias las decisiones audaces”.
Hizo circular borradores de documentos sobre áreas críticas: desarrollo económico; paz y seguridad; derechos humanos e imperio de la ley, y, tras 60 años, una reforma completa de la ONU.

Se quedaron cortos

Cuando concluyó la cumbre, Annan batalló para hacer una evaluación optimista de algunos logros modestos. No obstante, en cuanto a los temas más importantes, los Estados miembros se quedaron cortos.

Ya son cuatro años en los que el organismo mundial ha batallado para presentar una definición -- y una condena anexa -- del terrorismo que tome en cuenta las sensibilidades de su membresía diversa y perversa. El Panel de Alto Nivel sobre Amenazas, Desafíos y Cambio de la organización presentó la siguiente redacción, simple y poco estimulante:

“Cualquier acción ... cuyo propósito sea causar la muerte o severos daños corporales a civiles o no combatientes, cuando el objetivo de tal acto ... sea intimidar a una población u obligar a un gobierno o una organización internacional a hacer o abstenerse de hacer cualquier acción”. La Asamblea General no la aprobó.

La ONU no puede condenar lo que no pueden definir, no pueden arreglar lo que muchos de sus Estados miembros quieren que permanezca sin funcionar. Así es que el terrorismo, al igual que la proliferación nuclear y la reorganización del propio organismo, no son resueltos.
Las declaraciones de algunos de los líderes más opresores están vinculadas a este fracaso. Existen, según Freedom House, 88 miembros de la ONU que son democracias con todas las de la ley. El resto, 103, no lo son.

Los ciudadanos de las sociedades libres tienden a ver a la ONU como la última esperanza de la humanidad. Los líderes de sociedades despóticas las ven como una herramienta para tener una legitimidad no merecida, un vehículo para propagar una ideología y -como lo ha demostrado el escándalo del petróleo por alimentos-, como un fondo internacional a partir del cual pueden engrandecer su poder y riqueza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




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