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A la derecha, el Presidente venezolano Hugo Chávez
durante su intervención en la Asamblea General del organismo
internacional.
A la izquierda, el príncipe Saud Al-Faisal, de Arabia Saudita.
Centro, el gobernante Robert Mugabe.
Fotos EDH/Tthe New York Times
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The
New York Times
Jonathan Gurwitz
El Diario de Hoy
internacionales@elsalvador.com
Mientras la mayor parte de los Estados Unidos estaba centrada en los
huracanes que golpeaban la costa del golfo, algo así como otra
tempestad descendió sobre Nueva York el mes pasado.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) fueron sede de una
cumbre mundial que coincidió con su 60 aniversario y el comienzo
de una nueva sesión de la Asamblea General.
Estuvo presente el cada vez más paranoico líder de Zimbabue,
Robert Mugabe. Cuando acaba de ejecutar un programa para destruir las
barriadas urbanas que ha dejado desamparados a 700,000 de los ciudadanos
más pobres de su país, el autócrata de 81 años
dijo que las Naciones Unidas deberían centrar sus esfuerzos en
dotar de vivienda a las víctimas de Katrina en lugar de a las víctimas
de su régimen desastrosamente opresivo.
El Presidente venezolano Hugo Chávez asistió sobreponiéndose
con valentía al peligro mortal que representaban los televidentes
del Club 700. En su discurso ante la Asamblea, Chávez ridiculizó
la dictadura que ejercen Estados Unidos y sus aliados imperialistas
sobre la organización internacional. La dictadura, claro
está, es un tema sobre el cual él tiene más que un
conocimiento superficial.
El príncipe heredero y sultán de Arabia Saudita llegó,
junto con el ministro de Relaciones Exteriores, el príncipe Saud
Al-Faisal, quien se quedó en Nueva York el tiempo suficiente para
decirle al Consejo de Relaciones Exteriores, informó el New York
Sun, que su país es víctima de "ataques intensos e
injustificados" que lo han hecho ser el "chivo expiatorio"
del 11 de septiembre de 2001.
Y el gobernante iraní Mahmoud Ahmadinejad hizo un llamado a que
las Naciones Unidas "encabecen la promoción de la espiritualidad
y la compasión por la humanidad". Su régimen se ha
embarcado actualmente en la aplicación de medidas enérgicas
generalizadas que han conducido a la detención de miles de alborotadores
bajo los cargos más endebles, así como a veintenas de azotes
y ahorcamientos por infracciones morales, incluida la ejecución
de homosexuales.
Lo bufonesco, la bravuconada y el engaño que acompañan cada
año la apertura de la sesión de gala podrían haber
sido desestimados si no hubiese sido por el interés extremadamente
elevado que las propias Naciones Unidas habían puesto en la cumbre.
Durante meses, el Secretario General Kofi Annan calificó a la reunión
de septiembre como un acontecimiento fundamental. Nunca antes en
la historia de las Naciones Unidas, dijo Annan en junio, han
sido más necesarias las decisiones audaces.
Hizo circular borradores de documentos sobre áreas críticas:
desarrollo económico; paz y seguridad; derechos humanos e imperio
de la ley, y, tras 60 años, una reforma completa de la ONU.
Se quedaron cortos
Cuando concluyó la cumbre, Annan batalló para hacer una
evaluación optimista de algunos logros modestos. No obstante, en
cuanto a los temas más importantes, los Estados miembros se quedaron
cortos.
Ya son cuatro años en los que el organismo mundial ha batallado
para presentar una definición -- y una condena anexa -- del terrorismo
que tome en cuenta las sensibilidades de su membresía diversa y
perversa. El Panel de Alto Nivel sobre Amenazas, Desafíos y Cambio
de la organización presentó la siguiente redacción,
simple y poco estimulante:
Cualquier acción ... cuyo propósito sea causar la
muerte o severos daños corporales a civiles o no combatientes,
cuando el objetivo de tal acto ... sea intimidar a una población
u obligar a un gobierno o una organización internacional a hacer
o abstenerse de hacer cualquier acción. La Asamblea General
no la aprobó.
La ONU no puede condenar lo que no pueden definir, no pueden arreglar
lo que muchos de sus Estados miembros quieren que permanezca sin funcionar.
Así es que el terrorismo, al igual que la proliferación
nuclear y la reorganización del propio organismo, no son resueltos.
Las declaraciones de algunos de los líderes más opresores
están vinculadas a este fracaso. Existen, según Freedom
House, 88 miembros de la ONU que son democracias con todas las de la ley.
El resto, 103, no lo son.
Los ciudadanos de las sociedades libres tienden a ver a la ONU como la
última esperanza de la humanidad. Los líderes de sociedades
despóticas las ven como una herramienta para tener una legitimidad
no merecida, un vehículo para propagar una ideología y -como
lo ha demostrado el escándalo del petróleo por alimentos-,
como un fondo internacional a partir del cual pueden engrandecer su poder
y riqueza.

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