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Rodolfo Chang Peña*

El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
La práctica de los valores en los centros de educación
superior sigue dos vertientes: La correspondiente al comportamiento de
los miembros de la población estudiantil, que en gran medida se
origina en el hogar y en la educación preuniversitaria, y la correspondiente
a la institución educativa como tal, que comprende varios importantes
aspectos como el cumplimiento de la visión, misión, valores
universitarios, objetivos, políticas, estrategias, planes y programas.
La primera interrogante que salta es cómo andamos tanto en uno
como en el otro caso. Para tener una idea general de lo que sucede en
el país, debemos partir del hecho de que las universidades como
sus estudiantes son parte de la sociedad a la cual sirven, en consecuencia,
no extraña que se reflejen en el interior de las mismas, las características
tanto positivas como negativas de ese entorno.
Es vinculante entonces lo que ocurre en los centros superiores de estudios
y lo que acontece en nuestra sociedad que se desarrolla por cierto con
altibajos, empujones y sobresaltos y caracterizada, al menos en los tiempos
presentes por ser complaciente con los buses chatarra que contaminan el
medio ambiente, con los comerciantes informales que se organizan para
invadir las aceras y calles, con la edad de piedra en que funciona la
investigación del delito, con la prostitución en todas sus
variantes, que ha infiltrado todos los niveles de la estructura social,
con una primitiva y elemental medicina forense y con la impunidad, basta
citar que a mediados de 2005 unos 150 jueces se encuentran bajo investigación
por retrasar los procesos judiciales.
Aun cuando los pares evaluadores periódicamente realizan importantes
señalamientos a las instituciones educativas, la situación
global no parece haber cambiado y mejorado sustancialmente en la última
década. El análisis a vuelo de pájaro de un par de
aspectos me permiten sustentar la afirmación anterior. Por ejemplo,
no disponen de mecanismos concretos con el propósito de medir el
grado en que logran alcanzar la excelencia académica muy corrientemente
citada en la visión y misión de casi todas las organizaciones.
Tampoco disponen de estándares de calidad previamente definidos
en los campos educativo, técnico y administrativo, para compararlos
con el quehacer diario y así establecer qué tan cerca o
tan lejos andan en el cumplimiento de sus metas de calidad.
En cuanto a los estudiantes individualmente considerados, salvo las excepciones
correspondientes, se aprecian varias tendencias, algunas muy importantes,
porque tienen que ver con la formación profesional y el comportamiento
como personas. Una de las más comunes es el rechazo de los docentes
considerados como yuca, porque presionan a los estudiantes
para que investiguen, revisen varios textos, escudriñen, consulten
el diccionario y utilicen correctamente el idioma.
Y que habitualmente no se prestan a componendas y califican mal y sin
contemplaciones a los renuentes, perezosos, divagados y que progresan
con mucha lentitud. Estos maestros a menudo generan un desplazamiento
que alcanza el nivel de peloteo, porque hacen rebotar a los
estudiantes de carrera en carrera y de universidad en universidad, ya
que la idea central es aprobar las asignaturas sin fregarse mucho.
Digna de mención es la actitud sistemática de no estudiar
ni investigar por iniciativa propia. Lo habitual es que el educando reaccione
únicamente ante la presión de un examen o ante la amenaza
de reprobar la materia. Por lo anterior, la mayoría busca exclusivamente
aprobar la asignatura independiente a la preparación, para convertirse
en profesional. Este hecho es observable al revisar los informes escritos
de actividades diversas asignadas a grupos de estudiantes.
Ellos trabajan al mínimo minimórum, es decir, realizan el
esfuerzo suficiente para aprobar y no más. Mientras del cinco al
diez por ciento de cada tanda se faja con tesón y se quema las
pestañas para presentar treinta o más páginas de
una investigación bibliográfica por ejemplo, el 90 por ciento
restante, a veces más, se contenta con cinco o seis páginas.
Otras tendencias tienen tanta raigambre que alcanzan la categoría
de culturas, tal es el caso de las culturas de la trampa y la de copiar.
Ambas son consideradas como normales en el mundillo universitario, a grado
tal que no practicarlas es suficiente motivo para que alguien sea considerado
como advenedizo, carente de compañerismo y con serias dificultades
para integrarse al grupo. A los docentes no les queda otro remedio que
ingeniárselas para no ser avasallados por estas poderosas corrientes.
Mediante la primera, los jóvenes copian, por ejemplo, un marco
teórico de cien o más páginas de un trabajo con temática
similar elaborado por otro grupo, aplican cambios cosméticos y
luego lo presentan como propio. Otra forma es sustraer un trabajo bien
evaluado y tratar de copiarlo en sus partes medulares e incluso caer en
pequeños errores premeditados. No pocos pagan para que les hagan
el trabajo, sobre todo cuando está en juego una calificación
importante.
Como es natural, en el campus se observa de todo: El aprovechado que deja
trabajar a los miembros del grupo y, cuando calcula que ya finalizaron,
aparece argumentando que estuvo enfermo; el vivo, que corteja a las compañeras
más aventajadas para aprovecharse de ellas copiándoles trabajos
ya elaborados; el egoísta, que acapara los pocos textos disponibles
de la biblioteca en una temática determinada; los escapistas, que
utilizan la universidad como pretexto para escabullirse del hogar; las
señoritas peculiarmente ataviadas que llegan irregularmente y que
andan tras otros objetivos, etc.
En realidad, los centros educativos no son islas en las que la gente se
comporta diferente al resto, naturalmente van a mejorar en la medida que
la sociedad entera se desarrolle y avance en la observancia de los valores.
* Dr. en Medicina y Colaborador de El Diario
de Hoy.

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