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Breve análisis
Valores y universidades

Los centros educativos no son islas en las que la gente se comporta diferente al resto, naturalmente van a mejorar en la medida que la sociedad entera se desarrolle y avance en la observancia de los valores

Publicada 3 de octubre 2005, El Diario de Hoy

Rodolfo Chang Peña*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

La práctica de los valores en los centros de educación superior sigue dos vertientes: La correspondiente al comportamiento de los miembros de la población estudiantil, que en gran medida se origina en el hogar y en la educación preuniversitaria, y la correspondiente a la institución educativa como tal, que comprende varios importantes aspectos como el cumplimiento de la visión, misión, valores universitarios, objetivos, políticas, estrategias, planes y programas.

La primera interrogante que salta es cómo andamos tanto en uno como en el otro caso. Para tener una idea general de lo que sucede en el país, debemos partir del hecho de que las universidades como sus estudiantes son parte de la sociedad a la cual sirven, en consecuencia, no extraña que se reflejen en el interior de las mismas, las características tanto positivas como negativas de ese entorno.

Es vinculante entonces lo que ocurre en los centros superiores de estudios y lo que acontece en nuestra sociedad que se desarrolla por cierto con altibajos, empujones y sobresaltos y caracterizada, al menos en los tiempos presentes por ser complaciente con los buses chatarra que contaminan el medio ambiente, con los comerciantes informales que se organizan para invadir las aceras y calles, con la edad de piedra en que funciona la investigación del delito, con la prostitución en todas sus variantes, que ha infiltrado todos los niveles de la estructura social, con una primitiva y elemental medicina forense y con la impunidad, basta citar que a mediados de 2005 unos 150 jueces se encuentran bajo investigación por retrasar los procesos judiciales.

Aun cuando los pares evaluadores periódicamente realizan importantes señalamientos a las instituciones educativas, la situación global no parece haber cambiado y mejorado sustancialmente en la última década. El análisis a vuelo de pájaro de un par de aspectos me permiten sustentar la afirmación anterior. Por ejemplo, no disponen de mecanismos concretos con el propósito de medir el grado en que logran alcanzar la excelencia académica muy corrientemente citada en la visión y misión de casi todas las organizaciones.

Tampoco disponen de estándares de calidad previamente definidos en los campos educativo, técnico y administrativo, para compararlos con el quehacer diario y así establecer qué tan cerca o tan lejos andan en el cumplimiento de sus metas de calidad.

En cuanto a los estudiantes individualmente considerados, salvo las excepciones correspondientes, se aprecian varias tendencias, algunas muy importantes, porque tienen que ver con la formación profesional y el comportamiento como personas. Una de las más comunes es el rechazo de los docentes considerados como “yuca”, porque presionan a los estudiantes para que investiguen, revisen varios textos, escudriñen, consulten el diccionario y utilicen correctamente el idioma.

Y que habitualmente no se prestan a componendas y califican mal y sin contemplaciones a los renuentes, perezosos, divagados y que progresan con mucha lentitud. Estos maestros a menudo generan un desplazamiento que alcanza el nivel de “peloteo”, porque hacen rebotar a los estudiantes de carrera en carrera y de universidad en universidad, ya que la idea central es aprobar las asignaturas “sin fregarse mucho”.

Digna de mención es la actitud sistemática de no estudiar ni investigar por iniciativa propia. Lo habitual es que el educando reaccione únicamente ante la presión de un examen o ante la amenaza de reprobar la materia. Por lo anterior, la mayoría busca exclusivamente aprobar la asignatura independiente a la preparación, para convertirse en profesional. Este hecho es observable al revisar los informes escritos de actividades diversas asignadas a grupos de estudiantes.

Ellos trabajan al mínimo minimórum, es decir, realizan el esfuerzo suficiente para aprobar y no más. Mientras del cinco al diez por ciento de cada tanda se faja con tesón y se quema las pestañas para presentar treinta o más páginas de una investigación bibliográfica por ejemplo, el 90 por ciento restante, a veces más, se contenta con cinco o seis páginas.

Otras tendencias tienen tanta raigambre que alcanzan la categoría de culturas, tal es el caso de las culturas de la trampa y la de copiar. Ambas son consideradas como normales en el mundillo universitario, a grado tal que no practicarlas es suficiente motivo para que alguien sea considerado como advenedizo, carente de compañerismo y con serias dificultades para integrarse al grupo. A los docentes no les queda otro remedio que ingeniárselas para no ser avasallados por estas poderosas corrientes.

Mediante la primera, los jóvenes copian, por ejemplo, un marco teórico de cien o más páginas de un trabajo con temática similar elaborado por otro grupo, aplican cambios cosméticos y luego lo presentan como propio. Otra forma es sustraer un trabajo bien evaluado y tratar de copiarlo en sus partes medulares e incluso caer en pequeños errores premeditados. No pocos pagan para que les hagan el trabajo, sobre todo cuando está en juego una calificación importante.

Como es natural, en el campus se observa de todo: El aprovechado que deja trabajar a los miembros del grupo y, cuando calcula que ya finalizaron, aparece argumentando que estuvo enfermo; el vivo, que corteja a las compañeras más aventajadas para aprovecharse de ellas copiándoles trabajos ya elaborados; el egoísta, que acapara los pocos textos disponibles de la biblioteca en una temática determinada; los escapistas, que utilizan la universidad como pretexto para escabullirse del hogar; las señoritas peculiarmente ataviadas que llegan irregularmente y que andan tras otros objetivos, etc.

En realidad, los centros educativos no son islas en las que la gente se comporta diferente al resto, naturalmente van a mejorar en la medida que la sociedad entera se desarrolle y avance en la observancia de los valores.

* Dr. en Medicina y Colaborador de El Diario de Hoy.


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