elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Tema para meditar
Poesía, hoy y aquí ¿es posible?

El poeta Juan Pablo II, en su carta a los artistas, citando a su vez un documento del Concilio Vaticano II, nos recuerda que “este mundo en que vivimos tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza”

Publicada 3 de octubre 2005, El Diario de Hoy


Luis Fernández Cuervo*

El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Don Sisebuto Lógico Másvender, vecino mío que se tiene por hombre sensato, realista, probo comerciante, honrado contribuyente y honesto ciudadano, se ha escandalizado cuando cometí la imprudencia de decirle que pensaba participar en el próximo Festival Internacional de Poesía, que comienza en nuestra ciudad el próximo lunes. Tras una primera exclamación suya, no sé muy bien si de asombro o de cólera, pasó a soltarme la siguiente andanada de preguntas, dichas con un tono beligerante no exento de socarronería:

—¿Poesía?¿Habla usted de un festival de poesía?¿Poesía cuando un montón de gente anda chapoteando dentro de sus casas inundadas?¿Poesía con un volcán que amaga con explotar uno de estos días?¿Poesía con tanta pobreza, desorden, delincuencia, violencias de todo tipo, asesinatos... y encima la gasolina más alta que las nubes?¿Cree usted que el horno está para pasteles o el cuerpo para tafetanes? ¿No le parece a usted, estimado vecino, que sería una enorme frivolidad andarse ahora con ¡poesías!

Don Sisebuto pronunció esa su última palabra, “¡poesías!”, con un tono de verdadero desprecio y, antes de que pudiera contestarle, me atacó con otra ráfaga de preguntas, esta vez más comprometedoras: ¿Qué es la poesía?¿Para qué sirve?¿Qué entiende usted por verdadera poesía?¿Qué es ser poeta, acaso no son gente irresponsable que va contra el orden público y las buenas costumbres? Y remachó, para que yo viera que era hombre ilustrado, que un sabio tan inteligente como Platón proponía expulsar a todos los poetas de su República perfecta.

La verdad es que, con esa fiera delante, si vi que el horno tal vez no estuviera para pasteles, pero sí muy dispuesto don “Sique-es-bruto” a meterme a mí dentro de su encendido fuego dialéctico, así que alegando tener urgentes quehaceres cívicos le prometí contestarle por medio de este artículo, porque el papel en sí es pacífico y lo aguanta casi todo. Ésta es mi respuesta.

Comenzaré por la pregunta más peligrosa: ¿Qué es poesía? Y dejaré que otros poetas hablen por mí: “El hombre de los ojos iracundos preguntó: ¿Qué es poesía?/ El hombre de los ojos limpios miróle profundamente, sin proferir palabras/ En su mirada había poesía” (Roque Dalton). “<¿Qué es poesía?>, dices mientras clavas/ en mi pupila tu pupila azul./ <¿Qué es poesía?>¿Y tú me lo preguntas?/ Poesía... eres tú”(Gustavo Adolfo Bécquer). “Las cosas tienen misterio, y la poesía es el misterio de las cosas” (Federico García Lorca). “Este núcleo esencial, este elemento vital y dionisiaco que late en el fondo de la verdadera poesía —aun en prosa—, y que ésta posee en común con el hombre mismo, no es otro —no puede ser otro— que el MISTERIO” (Alberto Guerra Trigueros).

En cuanto a quiénes son los poetas, le contestaré sólo por la voz de dos de los más grandes poetas de siempre, un francés y un alemán: “Un grito repetido por miles centinelas,/Una orden devuelta por miles de portavoces;/ Es un faro alumbrando sobre mil ciudadelas,/ ¡Una llamada de cazadores perdidos en los grandes bosques!/ Pues esto es verdaderamente, Señor, el mejor testimonio/ que nosotros podemos dar de nuestra dignidad/ este ardiente sollozo que rueda de edad en edad/¡y que va a morir al borde de vuestra eternidad!” (Charles Baudelaire). “Vivo mi vida en círculos que se abren sobre las cosas, anchos./ Tal vez no lograré cerrar el último pero quiero intentarlo./ Giro en torno de Dios, antiquísima torre,/ giro hace miles de años/ y todavía no sé si soy un huracán,/ un halcón o una gran poesía” (Rainer María Rilke).

Me queda responder para qué sirve la poesía. Comenzaré diciendo que lo que J.R.R. Tolkien atribuye a la literatura en general, con mayor razón puede decirse en especial de la poesía: “La literatura, al situarnos ante lo bello, permite captar la armonía profunda de lo real; una armonía que no excluye los contrastes –la experiencia del mal- pero que las asume al mostrar su sentido en la obra de conjunto”.

Y en una de sus cartas señala: “Si la literatura enseña algo es esto: que hay en nosotros un algo eterno, libre de miedo y de cuidado, y que puede por tanto mirar las cosas que en esta vida llamamos malas, con serenidad (es decir, no sin dejar de apreciar su condición, pero sin que puedan perturbar nuestro equilibrio mental)”.

El poeta Juan Pablo II, en su carta a los artistas, citando a su vez un documento del Concilio Vaticano II, nos recuerda que “este mundo en que vivimos tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza. La belleza, como la verdad, pone alegría en el corazón de los hombres; es el fruto precioso que resiste a la usura del tiempo, que une a las generaciones y las hace comunicarse en la admiración.” (...) “Por esto el artista, cuanto más consciente es de su don, tanto más se siente movido a mirar hacia sí mismo y hacia toda la creación con ojos capaces de contemplar y agradecer, elevando a Dios su himno de alabanza. Sólo así puede comprenderse a fondo a sí mismo, su propia vocación y misión”.

Adivino que “don Sise”, cuando lea esto me va a soltar como un disparo a quemarropa: —Bien, todo eso está muy bien pero no se esconda detrás de esos versificadores, ¿cuál es su opinión sobre todo eso? Estoy preparado para escurrir el bulto a esa embestida y darle una media verónica, aunque no soy torero, diciéndole: Eso lo dejo para el próximo artículo.

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net.

elsalvador.com WWW