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| Cuidado. Varios lugareños cuidaban vacas
de su propiedad. Lo primero que hacían era sacudirles la ceniza.
Foto EDH |
Jorge Beltrán
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
El olor a huevo podrido penetraba en la nariz al entrar al pueblo de
Salcoatitán.
El hedor era más intenso cuanto más cerca se estaba del
volcán.
La garganta ardía y en los ojos se sentía picor.
Al caminar por las veredas que llevan a los caseríos de la cintura
del volcán, las hojas de los árboles y cafetales evidenciaban
la magnitud del daño que la lluvia de ceniza ha causado al medio
ambiente de la región.
No es sólo ceniza la que ha caído. Mire, también
llovieron piedras, decía Sigfrido, un hombre joven que trabaja
en una finca del cantón Buenos Aires.
Sigfrido recogía minúsculas piedras volcánicas que
se veían por doquier. Unas grises, otras casi blancas. Según
él, eran esas piedras las que habían ocasionado miles de
agujeros en la flora de la zona. El follaje parecía haber sido
pasto de alguna plaga de gusanos.
Mientras regresaban al caserío, Sigfrido y otros tres lugareños
comentaban el grave daño causado a los cultivos, en los cafetales,
más que todo.
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Muerte. Decenas de pájaros se vieron
afectados por la lluvia de ceniza. No lograban
alzar vuelo y agonizaban. Foto
EDH |
Allá, a lo lejos, una parcela parecía una plancha de plomo:
era una plantación de repollo perdida completamente.
Mientras los hombres avanzaban, vieron un minúsculo pájaro
saltar atontado. Era, según dijeron, un güiche
(nombre que quizá le han dado por el sonido que produce), una ave
que en condiciones normales es muy huraña, pero que Sigfrido agarró
con facilidad.
Cuanto más ascendían los hombres, decenas de pequeños
pájaros saltaban por el suelo o lucían decaídos.
Los lugareños especulaban que las aves estaban muriendo por haber
bebido del agua azufrada que se había retenido en los charcos.
Poco más arriba de la cintura del volcán, todos los árboles
tenían ramas quebradas y los matorrales y zacatales estaban agobiados,
como si un viento fuerte los hubiera doblegado.
Después del mediodía, una fuerte tormenta cayó en
la zona y de las laderas se desguindaron riachuelos como de plomo. Luego
quedó un lodo gris en el que los caminantes se hundían hasta
el tobillo.
Aquellos cuatro hombres se metieron en sus casas. Les preocupaba, dijeron,
la falta de trabajo que pudiera sobrevenir a la zona.

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