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Duro golpe al medio ambiente

Pérdidas. Lugareños temen falta de trabajo. los pájaros caen de los árboles.


Publicada 2 de octubre 2005 , El Diario de Hoy

Cuidado. Varios lugareños cuidaban vacas de su propiedad. Lo primero que hacían era sacudirles la ceniza. Foto EDH

Jorge Beltrán
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

El olor a huevo podrido penetraba en la nariz al entrar al pueblo de Salcoatitán.

El hedor era más intenso cuanto más cerca se estaba del volcán.

La garganta ardía y en los ojos se sentía picor.

Al caminar por las veredas que llevan a los caseríos de la cintura del volcán, las hojas de los árboles y cafetales evidenciaban la magnitud del daño que la lluvia de ceniza ha causado al medio ambiente de la región.

“No es sólo ceniza la que ha caído. Mire, también llovieron piedras”, decía Sigfrido, un hombre joven que trabaja en una finca del cantón Buenos Aires.

Sigfrido recogía minúsculas piedras volcánicas que se veían por doquier. Unas grises, otras casi blancas. Según él, eran esas piedras las que habían ocasionado miles de agujeros en la flora de la zona. El follaje parecía haber sido pasto de alguna plaga de gusanos.

Mientras regresaban al caserío, Sigfrido y otros tres lugareños comentaban el grave daño causado a los cultivos, en los cafetales, más que todo.

Muerte. Decenas de pájaros se vieron afectados por la lluvia de ceniza. No lograban
alzar vuelo y agonizaban. Foto EDH

Allá, a lo lejos, una parcela parecía una plancha de plomo: era una plantación de repollo perdida completamente.

Mientras los hombres avanzaban, vieron un minúsculo pájaro saltar atontado. Era, según dijeron, un “güiche” (nombre que quizá le han dado por el sonido que produce), una ave que en condiciones normales es muy huraña, pero que Sigfrido agarró con facilidad.

Cuanto más ascendían los hombres, decenas de pequeños pájaros saltaban por el suelo o lucían decaídos. Los lugareños especulaban que las aves estaban muriendo por haber bebido del agua azufrada que se había retenido en los charcos.

Poco más arriba de la cintura del volcán, todos los árboles tenían ramas quebradas y los matorrales y zacatales estaban agobiados, como si un viento fuerte los hubiera doblegado.

Después del mediodía, una fuerte tormenta cayó en la zona y de las laderas se desguindaron riachuelos como de plomo. Luego quedó un lodo gris en el que los caminantes se hundían hasta el tobillo.

Aquellos cuatro hombres se metieron en sus casas. Les preocupaba, dijeron, la falta de trabajo que pudiera sobrevenir a la zona.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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