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Soledad en las faldas del volcán

Asustados, pero a salvo En la zona de la cordillera de Apaneca no hubo daños humanos. Muchas familias que habitan sus faldas fueron evacuadas. Otras personas prefirieron confiar en la ayuda de Dios.


Publicada 2 de octubre 2005 , El Diario de Hoy

Dominante. Escenas como ésta eran comunes en la cordillera de Apaneca, bañada por cientos de toneladas de ceniza. El olor a huevo podrido rasgaba la garganta. Foto EDH

Jorge Beltrán
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

Traicionero. Así califica Francisco Mendoza, un hombre entrado en años, al volcán Ilamatepec, que ayer arrojó toneladas de ceniza gris sobre los pueblos y caseríos situados al lado poniente, como Salcoatitán, Los Naranjos, Apaneca, Nahuizalco y sus zonas rurales.

Según el campesino, el viernes anterior no se escucharon los retumbos habituales del gigante.

Pero ayer por la mañana, sí sobresaltaron a la mayoría de poblaciones de esas zonas. Era la premonición del susto que estaba por venir.

Luego, el cielo se oscureció y una lluvia de ceniza gris cayó en toda la región. Una gruesa capa cubrió los tejados, la vegetación, y las calles.

Salcoatitán, por ejemplo, lucía completamente gris y la mayoría de sus calles estaban desoladas.

En Apaneca era igual, sólo que había había bastante movimiento en sus calles céntricas. Eran sus pobladores y unos pocos turistas quienes no salían de su asombro de lo que había ocurrido.

Lodazal

Luego, una llovizna convirtió el polvo en un amasijo grisáseo que acabó por agobiar a los árboles y arbustos de la región.

En el tramo de carretera entre Apaneca y Los Naranjos era evidente la cantidad de ceniza y piedra fina que había caído.

La llovizna había convertido la vía en un lodazal que hacía peligroso el tráfico de autos.

Pick ups de la policía, de organismos gubernamentales y de socorro predominaban en la circulación.

Mientras, en caseríos como Buenos Aires, a pocos cientos de metros del cráter del volcán, había encajado el susto y se preparaban para pasar la noche en vela.

Sin embargo, gran parte de los campesinos de aquella región habían evacuado la zona, lo cual hacía que la falda poniente del Ilamatepec luciera una soledad fantasmal.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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