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| A sitios más seguros. Daniela Portillo,
de cuatro años, sale junto a su familia en un autobús
desde Los Naranjos hacia los albergues de Sonsonate. Foto
EDH |
Katlen Urquilla
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
El olor a ceniza invadió ayer el ambiente en varios de los cantones
y caseríos situados en las faldas del volcán Ilamatepec,
de Santa Ana.
Uno de ellos fue el cantón Los Naranjos, donde los casi siete mil
pobladores fueron sorprendidos por los retumbos, estruendos y la lluvia
de ceniza que descargó el coloso.
En la carretera, a decenas de personas se les veía afuera de sus
viviendas, con sus cabellos y ropa blancos, la piel grisácea y
sus rostros que reflejaban la angustia ante lo que acababa de suceder.
A pocos metros de llegar al sitio, se comienza a ver una especie de neblina
espesa que obstruye la visibilidad... son las partículas tibias
de ceniza que aún caen desde el volcán. Sobre el asfalto
se levantan nubes grises que cubren los vehículos y a sus ocupantes.
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| En Sonzacate. Refugiados trasladan sus pertenencias
a la escuela San German. Foto
EDH |
En el lugar, la calle estaba resbaladiza, llena de lodo gris...mientras
los cuerpos de socorro, autoridades locales y de emergencia, evacuaban
a las primeras familias, quienes llevaban las pocas pertenencias que lograron
sacar en el apuro.
Los niños eran halados por sus padres, quienes cargaban los costales
sólo con los abrigos para los pequeños, en espera de abordar
los autobuses que los llevarían hasta los albergues preparados
en Sonsonate y Santa Ana. Otros decidieron irse por su cuenta a casa de
parientes santanecos.
En medio de las prisas por salir del cantón, una mujer sufrió
una crisis nerviosa. Desde la camilla de la ambulancia y con el cuerpo
tembloroso, dijo que se llama Rosa Matilde Zúniga, de 75 años.
Por los megáfonos, se escuchaban las indicaciones de las autoridades
para que desalojaran cuanto antes, al menos los niños, las mujeres
y los ancianos. La amenaza había pasado, pero no la emergencia.
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| Sonzacate. La Planta Bululú sirvió
de resguardo temporal a Alejandra y su hijo. Foto
EDH |
Vi ceniza batida y humo
A María Santos Calzadía, de 74 años, no sólo
se le veía angustiada por la erupción del Ilamatepec, sino
porque bajo su cargo están al menos seis nietos.
Esta familia estaba refugiada ayer en el Gimnasio Nacional de Sonsonate,
que sirve para albergar a unas 350 personas. Relató la experiencia
que vivió en el cantón El Chaparrón.
Andaba tendiendo la ropa que había lavado con esfuerzo, porque
padezco de artritis reumática, cuando llegaron los niños
me gritaron: ¡mamá, sálgase y vámonos para
abajo!
Salimos corriendo al ver aquellos relámpagos y truenos. Salían
unas piedritas como con fuego que nos cayeron encima y se levantaron unas
grandes nubes de ceniza. Vi ceniza batida.
No podía correr por el dolor en mis rodillas, y las niñas
me sacaron. Me asusté mucho. No pudimos sacar muchas cosas, me
vine con la ropita que traigo puesta.
Las niñas tuvieron el valor de regresar y sacar un poco de ropa
y un par de gallinas. Llegamos hasta un lugar seguro. Allí me puse
en oración, a pedirle a Dios que se haga su voluntad y que tenga
misericordia de nosotros.
Fue tremendo lo que hemos visto en el volcán, no es tan fácil.
Se oyeron unos relámpagos y como zumbidos
Alejandra Nohemy Hernández, de 25 años, junto a su pequeño
Douglas Armando, de 3 años, se resguardaban ayer en unas tiendas
de campaña que les proveyeron en la Planta Bululú, carretera
a Sonzacate.
Las tormentas provocaron que las desplazaran hacia el Centro Escolar San
Germán. Desde allí contó lo que vivió en el
caserío Los Trozos, cantón Los Arenales.
Se oyeron relámpagos y así como zumbidos. Después
se vio que tiró fuego dos veces y comenzó a salir humo negro.
Me parece que eran como las 9:00 de la mañana.
Cuando pasó eso, salimos al patio y nos cayó ceniza tibia
y caían piedras calientes. Se veía como que hervía
algo arriba en el volcán y todo el cielo se comenzó a poner
negro, oscuro completamente.
Antes de todo eso, yo iba a recoger leña, pero de repente como
que Dios me dijo: No vayas, si no, no sé que me hubiera
pasado. Al ver todo aquello, le grité a mi mamá para avisarle
lo que estaba pasando, porque vivimos en el mismo terreno.
En los alrededores se oía que los niños empezaron a gritar
y a llorar.
Mi suegra no podía salir, quizá de la aflicción,
y la tuve que sacar casi arrastrada, a jalones, porque el camión
llegó en ese momento para empezar a sacar a la gente.
Sólo logré sacar una cobija grande y para mi hijo casi no
le pude traer nada. Mi suegra se vino sólo con la ropa que anda
puesta. Ahora nos tenemos que ir para la escuela.
Sólo pensé en mis hijos al oír los truenos
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| Gimnasio Nacional. María Hernández
consuela a sus pequeños después de la crisis. Foto
EDH |
María Concepción Hernández, de 55 años y
con siete hijos, relató lo que vivió ayer en cantón
El Chaparrón, mientras se acomodaba junto a ellos y a los nietos
en el Gimnasio Nacional de Sonsonate, que fue habilitado como albergue.
Iba a lavar un poquito de ropa, mis hijos andaban pastoreando unas
vaquitas, cuando se oyeron los truenos y la buya del volcán
y que tiraba los puños de lodo para arriba. Los niños
se regresaron asustados por los pocos de humo que se veían y dejaron
a los animales. Eran como las 8:30 de la mañana.
Sólo pensé en mis niños en ese momento y creí
que la lava o la ceniza los podía alcanzar, pero el papá
corrió a traerlos. Ya si nos moríamos, estábamos
todos juntos.
Después comenzamos a alistar lo que podíamos sacar
en unos sacos, porque nos dijeron que los camiones nos iban a llegar a
traer. Había pasado como una media hora desde que reventó
el volcán.
Cuando salíamos de la casa nos cayeron como gotas de leche
algo tibias. Era lo que estaba saliendo del volcán. Corrimos todos
juntos con lo que pudimos.
En la escuela de mis niños nos habían dicho qué hacer
cuando ocurriera esto. Dijeron que saliéramos ligero de aquí,
y que si los camiones para llevarnos a los albergues no venían
rápido que nos fuéramos al cantón El Canelo (cercano
a El Chaparrón) para estar un poco más seguros.
Mi niña más grande había alistado un poquito de ropa
para sus niños. Yo también tenía lista ropa de mis
hijos, pero de la mía sólo agarré lo que pude.

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