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Los Naranjos, bajo el manto gris

En las faldas del coloso los cantones y caseríos quedaron cubiertos de cenizas. Los Centenares de evacuados llevaban consigo sólo los abrigos de los pequeños. los pobladores salieron de la zona.


Publicada 2 de octubre 2005 , El Diario de Hoy

A sitios más seguros. Daniela Portillo, de cuatro años, sale junto a su familia en un autobús desde Los Naranjos hacia los albergues de Sonsonate. Foto EDH

Katlen Urquilla
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

El olor a ceniza invadió ayer el ambiente en varios de los cantones y caseríos situados en las faldas del volcán Ilamatepec, de Santa Ana.

Uno de ellos fue el cantón Los Naranjos, donde los casi siete mil pobladores fueron sorprendidos por los retumbos, estruendos y la lluvia de ceniza que descargó el coloso.

En la carretera, a decenas de personas se les veía afuera de sus viviendas, con sus cabellos y ropa blancos, la piel grisácea y sus rostros que reflejaban la angustia ante lo que acababa de suceder.

A pocos metros de llegar al sitio, se comienza a ver una especie de neblina espesa que obstruye la visibilidad... son las partículas tibias de ceniza que aún caen desde el volcán. Sobre el asfalto se levantan nubes grises que cubren los vehículos y a sus ocupantes.

En Sonzacate. Refugiados trasladan sus pertenencias a la escuela San German. Foto EDH

En el lugar, la calle estaba resbaladiza, llena de lodo gris...mientras los cuerpos de socorro, autoridades locales y de emergencia, evacuaban a las primeras familias, quienes llevaban las pocas pertenencias que lograron sacar en el apuro.

Los niños eran halados por sus padres, quienes cargaban los costales sólo con los abrigos para los pequeños, en espera de abordar los autobuses que los llevarían hasta los albergues preparados en Sonsonate y Santa Ana. Otros decidieron irse por su cuenta a casa de parientes santanecos.

En medio de las prisas por salir del cantón, una mujer sufrió una crisis nerviosa. Desde la camilla de la ambulancia y con el cuerpo tembloroso, dijo que se llama Rosa Matilde Zúniga, de 75 años.

Por los megáfonos, se escuchaban las indicaciones de las autoridades para que desalojaran cuanto antes, al menos los niños, las mujeres y los ancianos. La amenaza había pasado, pero no la emergencia.


Sonzacate. La Planta Bululú sirvió de resguardo temporal a Alejandra y su hijo. Foto EDH

“Vi ceniza batida y humo”

A María Santos Calzadía, de 74 años, no sólo se le veía angustiada por la erupción del Ilamatepec, sino porque bajo su cargo están al menos seis nietos.

Esta familia estaba refugiada ayer en el Gimnasio Nacional de Sonsonate, que sirve para albergar a unas 350 personas. Relató la experiencia que vivió en el cantón El Chaparrón.

“Andaba tendiendo la ropa que había lavado con esfuerzo, porque padezco de artritis reumática, cuando llegaron los niños me gritaron: ¡mamá, sálgase y vámonos para abajo!

Salimos corriendo al ver aquellos relámpagos y truenos. Salían unas piedritas como con fuego que nos cayeron encima y se levantaron unas grandes nubes de ceniza. Vi ceniza batida.

No podía correr por el dolor en mis rodillas, y las niñas me sacaron. Me asusté mucho. No pudimos sacar muchas cosas, me vine con la ropita que traigo puesta.

Las niñas tuvieron el valor de regresar y sacar un poco de ropa y un par de gallinas. Llegamos hasta un lugar seguro. Allí me puse en oración, a pedirle a Dios que se haga su voluntad y que tenga misericordia de nosotros.

Fue tremendo lo que hemos visto en el volcán, no es tan fácil”.

“Se oyeron unos relámpagos y como zumbidos”

Alejandra Nohemy Hernández, de 25 años, junto a su pequeño Douglas Armando, de 3 años, se resguardaban ayer en unas tiendas de campaña que les proveyeron en la Planta Bululú, carretera a Sonzacate.

Las tormentas provocaron que las desplazaran hacia el Centro Escolar San Germán. Desde allí contó lo que vivió en el caserío Los Trozos, cantón Los Arenales.

“Se oyeron relámpagos y así como zumbidos. Después se vio que tiró fuego dos veces y comenzó a salir humo negro. Me parece que eran como las 9:00 de la mañana.

Cuando pasó eso, salimos al patio y nos cayó ceniza tibia y caían piedras calientes. Se veía como que hervía algo arriba en el volcán y todo el cielo se comenzó a poner negro, oscuro completamente.

Antes de todo eso, yo iba a recoger leña, pero de repente como que Dios me dijo: “No vayas”, si no, no sé que me hubiera pasado. Al ver todo aquello, le grité a mi mamá para avisarle lo que estaba pasando, porque vivimos en el mismo terreno.

En los alrededores se oía que los niños empezaron a gritar y a llorar.

Mi suegra no podía salir, quizá de la aflicción, y la tuve que sacar casi arrastrada, a jalones, porque el camión llegó en ese momento para empezar a sacar a la gente.

Sólo logré sacar una cobija grande y para mi hijo casi no le pude traer nada. Mi suegra se vino sólo con la ropa que anda puesta. Ahora nos tenemos que ir para la escuela”.


“Sólo pensé en mis hijos al oír los truenos”

Gimnasio Nacional. María Hernández consuela a sus pequeños después de la crisis. Foto EDH

María Concepción Hernández, de 55 años y con siete hijos, relató lo que vivió ayer en cantón El Chaparrón, mientras se acomodaba junto a ellos y a los nietos en el Gimnasio Nacional de Sonsonate, que fue habilitado como albergue.

“Iba a lavar un poquito de ropa, mis hijos andaban pastoreando unas vaquitas, cuando se oyeron los truenos y la “buya” del volcán y que tiraba los “puños” de lodo para arriba. Los niños se regresaron asustados por los pocos de humo que se veían y dejaron a los animales. Eran como las 8:30 de la mañana.

“Sólo pensé en mis niños en ese momento y creí que la lava o la ceniza los podía alcanzar, pero el papá corrió a traerlos. Ya si nos moríamos, estábamos todos juntos.

“Después comenzamos a alistar lo que podíamos sacar en unos sacos, porque nos dijeron que los camiones nos iban a llegar a traer. Había pasado como una media hora desde que reventó el volcán.

“Cuando salíamos de la casa nos cayeron como gotas de leche algo tibias. Era lo que estaba saliendo del volcán. Corrimos todos juntos con lo que pudimos.

En la escuela de mis niños nos habían dicho qué hacer cuando ocurriera esto. Dijeron que saliéramos ligero de aquí, y que si los camiones para llevarnos a los albergues no venían rápido que nos fuéramos al cantón El Canelo (cercano a El Chaparrón) para estar un poco más seguros.

Mi niña más grande había alistado un poquito de ropa para sus niños. Yo también tenía lista ropa de mis hijos, pero de la mía sólo agarré lo que pude”.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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