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| Vulnerable. Sandra Reyes, de 8 años,
sufrió fuertes dolores de cabeza y sangrado de nariz. Foto
EDH |
Marlon Beltrán/Erick
Rodriguez
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
El reloj marcaba las 8:05 de la mañana cuando Lilian Morales,
residente en el cantón El Chaparrón, se disponía
a tomar un baño para luego preparar el desayuno para ella y sus
cinco hijos.
De pronto, un estruendo y un retumbo en la cordillera de Los Naranjos
perturbó la tranquilidad del despertar de miles de familias.
Lilian imaginó lo peor, pues en su mente rondaban las alertas por
el incremento de la actividad del volcán de Santa Ana y no dudó
en mirar hacia el coloso para ver de frente el dantesco escenario que
se originaba.
Una nube de gases, de más de 17 kilómetros de altura, provocó
que el aseo personal quedara en segundo plano. En ese momento lo único
que cruzó la mente de la mujer fue buscar los medios disponibles
para iniciar las labores de evacuación.
Vengan a ver, hoy sí reventó el volcán,
gritaba incesante la fémina. Sus hijos, quienes aún dormían,
corrieron para contemplar un escenario totalmente desconocido para ellos,
pues a sus escasos años sólo han visto erupciones volcánicas
por la televisión.
La primera impresión fue de asombro y de inmediato reprodujeron
los gritos de su acongojada madre.
Gritos que fueron opacados por el estruendo que se escuchaba en su techo
de lámina, que comenzó a recibir el embiste de una fuerte
lluvia de ceniza, la que según ellos se mantuvo por más
de media hora.
Nadie podía creer lo que ocurría, en un abrir y cerrar de
ojos sus casas y bosques cercanos se habían convertido en un mar
de cenizas grises.
Dos horas después, los primeros camiones militares llegaron al
lugar para iniciar las labores de evacuación.
Lilian no tuvo más remedio que dejar sus pocas pertenencias y,
junto a sus hijos, se marchó a uno de los albergues habilitados.

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