|
Teresa
Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
La experiencia vivida en los días recientes por la furia destructora
del agua ha sido trágica y aleccionadora, pero anunciada.
Calles convertidas en ríos, con enormes caudales, irrumpiendo en
las casas y dejando a su paso una huella devastadora.
Impresionante la labor de los cuerpos de socorro, exponiendo sus vidas
para ayudar a salir a los que habían quedado atrapados, llevándoles
sobre sus hombros y manteniendo un precario equilibrio apoyados en cables
y postes que lucían endebles ante el embate de la correntada.
La zona sur de la capital, los antiguos barrios Modelo y La Vega han sido
víctimas del Acelhuate desde principios del siglo pasado.
Todavía existe, en el edificio conocido antes como la Administración
de Rentas, una placa que marca hasta donde subió el nivel del agua
en una de las tantas inundaciones del río, que de un triste charco,
se convierte, traicionero, en un torrente destructor.
Cuando le tocó el turno a la zona poniente, cayeron de raíz,
enormes árboles con más de 50 años de antigüedad,
que arrastraron postes del tendido eléctrico, casas y vehículos.
Los propietarios de las ventas de artesanías en el mercadito, situado
junto al puente de La Lechuza, contemplaron con horror cómo la
fuerza del agua barría con la mercadería expuesta en sus
lugares de trabajo. Estamos ante un fenómeno devastador, con un
invierno mucho más fuerte que los que se acostumbran en nuestras
latitudes, como parte de los cambios ocurridos en el clima en todo el
hemisferio.
Ni el país más poderoso del mundo se salvó del desastre,
pues a pesar de contar con medidas de emergencia, pudo más el embate
de los elementos.
El problema ha puesto en comunicación al Gobierno Central y a la
Alcaldía (ejemplar actitud del señor Presidente de llegar
él al Palacio Municipal cuando lo lógico, por respeto, por
protocolo y por jerarquía, hubiera sido que fuera el alcalde quien
se acercara a Casa Presidencial), convencidos de que la red de drenaje
de San Salvador ha colapsado y que sustituirla cuesta $250 millones. Monto
que no debe considerarse cuantioso, ante la antigüedad del sistema
y los daños que evitará en el futuro.
Hay voluntad política de ambas partes, los ciudadanos estamos conscientes
de la necesidad de conseguir el dinero de cualquier manera, porque lo
demanda el bien común. Sin embargo, hay un factor que se debe tomar
en cuenta, ya que si se ignora, la inversión será dinero
totalmente desperdiciado.
Y es la voluntad del pueblo que tiene que cooperar de manera activa en
el manejo de la basura, para que las inundaciones no se repitan. Es curioso
que la frase más común, en boca de los damnificados y de
los entrevistadores, es que el fenómeno se repite todos los
años, y nadie les ayuda.
Muy cierto, pero no se menciona la responsabilidad de los habitantes de
las zonas aledañas a los ríos, que utilizan sus cauces como
basureros.
Y la basura incluye colchones, sillas rotas, electrodomésticos
inservibles y variedad de desperdicios de enormes dimensiones, como carrocerías
de vehículos, que al llegar la correntada hacen subir las aguas
de manera desproporcionada, hasta alcanzar las viviendas y destruir todo
lo que encuentran a su paso.
Urge organizar a los miembros de las comunidades en comités y directivas,
con una comisión encargada de enseñar a separar la basura,
con prohibición y sanciones para los que la tiren a la quebrada.
Es imperativo que el sistema de recolección de basura, designe
un día de la semana, como se hace en las grandes ciudades, para
recoger en horas de la noche muebles viejos y artículos en desuso
que sus propietarios ya no quieren.
Muchas personas hacen recorridos por las calles en ese día, para
examinar si hay algo que les pueda ser útil. Estos artículos
pueden ser reciclados y constituir fuentes de trabajo para otros.
Si esta labor de educación no se realiza cuanto antes, serán
inútiles los $250 millones, porque el nuevo sistema se verá
obstaculizado por la basura. Es una tarea difícil, porque ya se
sabe que es más fácil hacer el trabajo de 20, que hacer
trabajar a 20, pero hay que formar al pueblo, si queremos evitar males
mayores.
*Columnista de El Diario de Hoy.

|