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Luis
Mario Rodríguez R.*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Cuando de elites hablamos, nos vienen a la cabeza de inmediato las personas
o grupos privilegiados por su posición económica, política,
religiosa o de cualquier otra índole. Si le agregamos el calificativo
de elite política, nos referimos entonces a aquel conjunto compuesto
por las personas que tienen el control sobre las organizaciones e instituciones
relevantes de la política. En definitiva, cuando alguien nos menciona
el concepto de elite, comúnmente nuestro cerebro nos indica que
estamos ante una clase que sin duda alguna detenta alguna clase de poder,
en este caso, el poder político.
Sin embargo, cuando se analizan las elites políticas, nos llevamos
tremenda sorpresa, pues resulta que también los menos privilegiados,
son parte de aquellas que nosotros considerábamos, estaban formadas
sólo por la clase privilegiada. Esta afirmación nos permite
incluir en las elites políticas, no sólo a los políticos,
sino también a las organizaciones empresariales, a los sindicatos
y como algunos señalan, también a los antielitistas.
Así, la maestra Eva Etzioni-Halevy, profesora de Cambridge, nos
señala que las elites están formadas por aquellos
situados entre los más privilegiados, pero también por los
hombres y las mujeres más activos entre los menos privilegiados,
o aquellos que lideran los intereses de los menos privilegiados
incluyen entonces, también a los que luchan por el cambio hacia
una mayor igualdad
.
Esta no es una columna dedicada a analizar teóricamente a las elites
políticas. Lo que se pretende es discutir con los lectores el papel
que deberían compartir los distintos actores que de acuerdo a lo
señalado, integran a esta clase de grupos. Empresarios, sindicalistas,
organizaciones de la sociedad civil y a aquellos políticos que
ocupan posiciones relevantes de control en parcelas de poder (alcaldes,
concejales, diputados, ministros, entre otros), todos desempeñan,
o por lo menos deberían desempeñar, un papel estratégico
en el crecimiento del desarrollo humano. A ninguno de estos actores, miembros
de las elites políticas, le tendría que estar permitido
delegar en el otro la responsabilidad de disminuir la pobreza, aumentando
el alfabetismo, la posesión de una vivienda digna, o la alimentación
diaria para aquellos que padecen de desnutrición severa.
Todos estamos llamados a contribuir al desarrollo económico y social.
Ninguno estamos exentos de ello. Llama la atención cuando en cada
reunión, aquellos que no están en el Gobierno, se expresan
de los problemas nacionales como si fueran totalmente ajenos a sus intereses.
Ciertamente la democracia representativa exige que los que hayan resultado
beneficiados con el voto popular, den respuesta a las necesidades de los
ciudadanos. Pero no es menos cierto también que el Gobierno nada
puede hacer sin el concurso de la empresa privada y esta última
de igual forma, no podría ser competitiva si no contara con trabajadores
efectivos y altamente productivos.
Asimismo, la sociedad civil se vería imposibilitada de lograr sus
objetivos, si no existieran políticos que recogieran sus peticiones
y las transformaran en proyectos de ley o acciones de Gobierno concretas
y beneficiosas para la población en general.
No podemos quedarnos de brazos cruzados en un país donde el ataque
a la delincuencia necesita, por un lado, de un alto grado de profesionalismo
por parte de policías, jueces y fiscales y por el otro, de la denuncia
ciudadana y de la colaboración de victimas y testigos para el éxito
de los que tienen a su cargo la investigación de delito.
No es posible que los trabajadores, sindicalizados o no, exijan aumento
salarial, si por el otro, su grado de productividad es bajo, lo que pone
en riesgo la competitividad empresarial; es contraproducente que el Estado
se esfuerce por dinamizar la economía, sino vemos la suficientes
inversión privada. En fin, todo equilibrio necesita del esfuerzo
de dos partes.
Los binomios en El Salvador se encuentran a la orden del día y
éstos deben procurar que su funcionamiento sea sincronizado: empresarios
y trabajadores; gobierno y oposición política; funcionarios
y contribuyentes; crecimiento económico e inversión privada,
seguridad pública y denuncia ciudadana.
Cada uno tenemos nuestra propia visión de los problemas y la solución
para todos ellos. Sin embargo, el Estado es el obligado al final de cuentas
a procurar las condiciones necesarias para el crecimiento económico
y la paz social. Pero ello no significa una total ausencia de aquellos,
privilegiados o no, que integran a las elites políticas. Unos y
otros están llamados a contribuir con su trabajo, sus propuestas
y hasta con sus críticas, seguida de las respectivas recomendaciones,
al desarrollo nacional.
La semana pasada justamente viví una experiencia que me llamaba
a la reflexión de cómo algunos consideran que el Gobierno
es el llamado a solucionar todos los problemas; curiosamente, son aquellos
que más oportunidades les ha dado la vida.
Mientras dos buenos amigos que podría decirse se encuentran dentro
de los privilegiados, se quejaban conmigo de la economía, la seguridad,
la sobrepoblación, los drenajes y hasta de los problemas con sus
vecinos, otros menos privilegiados, que se encontraban en la misma reunión,
se congratulaban por haber conseguido un contrato más para amenizar
la fiesta siguiente y para servir como meseros.
Estos últimos me decían que gracias a la estabilidad
económica de familias como la oferente de la fiesta, ellos
podían alimentar a su familia. Ellos sabían que sus necesidades
son muchas y que el Gobierno debe darles respuestas, pero también
están concientes que deben contribuir a su mismo desarrollo trabajando
y esforzándose. Estos son los contrastes salvadoreños dentro
de nuestras elites políticas.
*Secretario de Asuntos Legislativos y Jurídicos
de la Presidencia de la República.

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