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La Nota del Día
Se progresa con la libertad

Con frecuencia la censura se ejerce a través de la “corrección política de las palabras” o las protestas de grupos y movimientos que pueden llegar a linchamientos de imagen


Publicada 28 de septiembre 2005, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

Al lado de la cuestión ética —reconocer un derecho humano fundamental —, la libertad de expresión prodiga enormes beneficios a los pueblos, por ser el más efectivo instrumento de progreso y cambio. Las sociedades culturalmente más ricas e innovadoras son aquellas en las que sus hombres y mujeres no vacilan en exponer sus pensamientos, en debatir asuntos y proponer nuevos o distintos rumbos para lo que se hace, se proyecta y se sueña.

Las verdades oficiales, los dogmas, las policías moralistas, los consejos de clérigos, los politburós y los secretariados del partido obran como pesadas compuertas que aprisionan al intelecto y a la espontaneidad colectiva. Desde la moda, asfixiada en cánones inviolables, hasta temas como las políticas de educación o la música, todo está sujeto a ser examinado, evaluado y censurado por quienes asumen el papel de mantener la pureza ideológica o el dogma religioso.

Dos posturas ejemplifican la condición humana en los pueblos libres y en los pueblos sometidos: prohibir determinados actos y conductas, o querer normar lo que la gente hace y hasta piensa. La civilización occidental se fundamenta en la primera, mientras los despotismos y las religiones excluyentes se basan en la segunda. En nuestras sociedades, al ciudadano se le señala con claridad aquello que le está vedado, dejando abierto un universo de otras posibilidades. En cambio, al siervo del totalitarismo y de creencias, se le indica cómo debe actuar y vivir, encadenándolo.

Lo usual es que al hablar de libertad de expresión se piense en la crítica política y la denuncia contra actos de fuerza y corrupción. Esto es, sin duda, lo más riesgoso y lo que, por lo general, acarrea las más duras represalias. Es, asimismo, lo más fácil de condenar, como se condena al gorila que arrasa con una imprenta o encarcela a un comentarista radiofónico.

La represión con lo “políticamente correcto”

Pero hay mucho que se dice y se escribe, y además tiene que decirse y escribirse, que choca contra verdades aceptadas, contra corrientes intelectuales, o que hace olas donde antes hubo aguas estancadas. Con frecuencia la censura se ejerce a través de la “corrección política de las palabras” o las protestas de grupos y movimientos que pueden llegar a linchamientos de imagen. Viera Altamirano hablaba de “los despotismos de arriba y los despotismos de abajo”, de coacciones y represalias montadas por grupos dentro y fuera del poder.

Un tanto de eso ocurre en nuestro país con los movimientos feministas, variantes de alcohólicos anónimos, con las facciones “verdes”, con sindicatos “populares”, con moralistas y sectas religiosas. Se ha dado el caso de jueces intimidados, de negocios que sufren boicots, de medios noticiosos a los que se hace blanco de iras pastorales.

En Estados Unidos cada vez es más difícil discutir temas relacionados con los negros, los “gays”, ciertas minorías, los sindicatos magisteriales y asuntos feministas. A esto se agrega la diatriba orquestada, como la que derrumbó a Nixon o viene persiguiendo a Pinochet, al mismo tiempo que nada se dice sobre Castro, las dictaduras árabes o respecto a la situación de los palestinos bajo Hamas.

Vale aquí la frase de Voltaire, de “no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho de decirlo”. Defender la libertad de expresión es defender la civilización.


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