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El
Diario de Hoy
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Al lado de la cuestión ética reconocer un derecho
humano fundamental , la libertad de expresión prodiga enormes
beneficios a los pueblos, por ser el más efectivo instrumento de
progreso y cambio. Las sociedades culturalmente más ricas e innovadoras
son aquellas en las que sus hombres y mujeres no vacilan en exponer sus
pensamientos, en debatir asuntos y proponer nuevos o distintos rumbos
para lo que se hace, se proyecta y se sueña.
Las verdades oficiales, los dogmas, las policías moralistas, los
consejos de clérigos, los politburós y los secretariados
del partido obran como pesadas compuertas que aprisionan al intelecto
y a la espontaneidad colectiva. Desde la moda, asfixiada en cánones
inviolables, hasta temas como las políticas de educación
o la música, todo está sujeto a ser examinado, evaluado
y censurado por quienes asumen el papel de mantener la pureza ideológica
o el dogma religioso.
Dos posturas ejemplifican la condición humana en los pueblos libres
y en los pueblos sometidos: prohibir determinados actos y conductas, o
querer normar lo que la gente hace y hasta piensa. La civilización
occidental se fundamenta en la primera, mientras los despotismos y las
religiones excluyentes se basan en la segunda. En nuestras sociedades,
al ciudadano se le señala con claridad aquello que le está
vedado, dejando abierto un universo de otras posibilidades. En cambio,
al siervo del totalitarismo y de creencias, se le indica cómo debe
actuar y vivir, encadenándolo.
Lo usual es que al hablar de libertad de expresión se piense en
la crítica política y la denuncia contra actos de fuerza
y corrupción. Esto es, sin duda, lo más riesgoso y lo que,
por lo general, acarrea las más duras represalias. Es, asimismo,
lo más fácil de condenar, como se condena al gorila que
arrasa con una imprenta o encarcela a un comentarista radiofónico.
La represión con lo políticamente correcto
Pero hay mucho que se dice y se escribe, y además tiene que decirse
y escribirse, que choca contra verdades aceptadas, contra corrientes intelectuales,
o que hace olas donde antes hubo aguas estancadas. Con frecuencia la censura
se ejerce a través de la corrección política
de las palabras o las protestas de grupos y movimientos que pueden
llegar a linchamientos de imagen. Viera Altamirano hablaba de los
despotismos de arriba y los despotismos de abajo, de coacciones
y represalias montadas por grupos dentro y fuera del poder.
Un tanto de eso ocurre en nuestro país con los movimientos feministas,
variantes de alcohólicos anónimos, con las facciones verdes,
con sindicatos populares, con moralistas y sectas religiosas.
Se ha dado el caso de jueces intimidados, de negocios que sufren boicots,
de medios noticiosos a los que se hace blanco de iras pastorales.
En Estados Unidos cada vez es más difícil discutir temas
relacionados con los negros, los gays, ciertas minorías,
los sindicatos magisteriales y asuntos feministas. A esto se agrega la
diatriba orquestada, como la que derrumbó a Nixon o viene persiguiendo
a Pinochet, al mismo tiempo que nada se dice sobre Castro, las dictaduras
árabes o respecto a la situación de los palestinos bajo
Hamas.
Vale aquí la frase de Voltaire, de no estoy de acuerdo con
lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho de decirlo.
Defender la libertad de expresión es defender la civilización.

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