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“Por mi madre vivo, por mi barrio muero”

Los principales grupos en el país son la Salvatrucha y la 18, aunque existen otros movimientos menores


Publicada 27 de septiembre 2005 , El Diario de Hoy

La lucha. Soldados, de un Grupo de Tarea Conjunta, intentan capturar a un pandillero en Ciudad Delgado.


Texto: Óscar Tenorio y Geraldine Varela
Diseño: Juan Durán
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

Esa es la consigna, lapidaria y desafiante, con la que cientos de pandilleros salen a las calles a pelear, a sobrevivir en medio del caos.

Como que si se tratase de una guerra, acaso la que vivió El Salvador o conflictos más distantes y complicados, los de la Mara Salvatrucha y de la 18 dicen luchar por el control de un territorio, de un barrio.

Así, en colonias de Soyapango, una calle de tan sólo cinco metros de ancho, es la frontera imaginaria que divide los dominios entre ambos grupos. Es en un punto, por ejemplo entre las Margaritas (en poder de la MS) y la Campanera (en poder de la 18), donde frecuentemente se enfrentan para no ceder ni un milímetro del territorio controlado.

El fenómeno, en el fondo, no tiene ninguna connotación ni ganancia político-ideológica. Simplemente, se trata del orgullo y del honor de mantener bajo control una zona.

Hasta el momento, no existe una cifra precisa del número de pandilleros que hay en el país (según las últimas estimaciones oficiales, son unos 12 mil mareros). Lo que si es seguro es que la mayoría de jóvenes pertenecen a la Mara Salvatrucha 13 (la MS), mientras que la 18 tiene un menor número de adeptos. Otros grupos como la Mao-Mao y otras tienen una membresía menor de jóvenes, cuyas edades oscilan entre los 12 y los 30 años.

El poder de estos grupos es tal que las autoridades penitenciarias han colocado a los pandilleros según su denominación en determinadas cárceles, para que no se mezclen y no ocurran hechos violentos.

El bautizo

Por su principio y sus fines, las pandillas son estructuras violentas, definidas por los sociológos como agrupaciones de jóvenes que se organizan para objetivos comunes, entre ellos generar violencia.

De los crimenes cometidos en el último año, fueron atribuidos a los pandilleros.

Sólo el ingreso a una de esas pandillas, es un proceso traumático. Por ejemplo, sin un joven quiere ingresar a la MS 13, debe soportar una páliza que dura trece segundos.

Aunque son estructuras organizadas, no existe un liderazgo hegemónico y central, como el del secretario general de un partido político o el de un general en el ejército, tal como se ha hecho creer en algunas ocasiones.

Sí existen liderazgos que controlan sectores. Al jefe, todos lo mareros lo conocen y le llaman “el palabrero”, porque es el que dicta las órdenes por medio de la palabra durante “los mirin” (meeting, reuniones).

Cuando un jefe falta, otro le sucede, aunque el primero no pierde el poder, aún estando en la cárcel. “Muerto el palabrero es otra cosa”.

En todos los lugares en donde operan, los pandilleros se distribuyen y se organizan en “clicas”, que son grupos de entre 20 y 30 muchachos.

El dominio también es comprensible por medio de los grafittis con las inscripciones de ambas pandillas. Entre más limpios se mantengan las pintadas, más fuerte es el control. De la misma manera, el joven que tiene más tatuajes en su cuerpo, es más respetado y temido.

De acuerdo a diversos estudios, la mayoría de jóvenes ingresan a las pandillas con un solo objetivo: “vacilar”, es decir, vivir de manera frívola, de fiesta en fiesta.

Estos excesos provocan que se dediquen a los asaltos y al cobro de impuestos, para tener el dinero suficiente que les permita comprar alcohol, drogas y sufragar otros gastos, como el pago de abogados para defender a los que están en las cárceles.

Ya en la pandilla, la mayoría de jóvenes pierden el vínculo con sus familias. Al irse de sus hogares, se instalan en las casas “Destroyer” (por lo general, viviendas abandonadas), en donde conviven con los demás compañeros y con sus “hainas” (novias).

Allí, los pandilleros son solidarios y leales entre sí, disciplinados, imitadores de conductas y valores (de los que vienen deportados de los Estados Unidos) y viven despreocupados del futuro, de acuerdo a un estudio que realizaron los psicólogos de la División de Servicios Juveniles de la Policía.

Los menores pandilleros no son ningunos angelitos. Tenemos que tratarlos como delincuentes
René Figueroa /Ministro de Gobernación

Otra característica de estos grupos es que se desarrollan en los estratos más bajos de la sociedad; sin embargo, la pobreza no es la única causante del ingreso a las pandillas, sino también las condiciones en las que viven los jóvenes.

Miguel Cruz, del Instituto de Opinión Pública de la Universidad Centroamericana (UCA), tiene una explicación interesante acerca del surgimiento y apogeo de las pandillas: “Éstas se desarrollan en una franja de los sectores pobres que gozan de ciertos recursos, viven en viviendas mixtas y han tenido oportunidades para estudiar. Tienen acceso a ciertos recursos como la televisión o a los centros comerciales”.

Los estudios también revelan que muchos jóvenes intentan abandonar las pandillas, cuando cumplen más de 20 años y han formado familias. No obstante, salirse de esas estructuras es traumático.

Sólo pueden “desertar” aquellos que “han guerreado” lo suficiente, es decir, que han cometido innumerables delitos.

Para los que lo logran, es muy difícil retomar el sendero de una vida normal, ya que son perseguidos por las huellas que llevan impregnadas en sus pieles y las sombras de un pasado violento. Este es el principio y el fin de las maras.

El perfil del pandillero

Los dos principales grupos que operan en el país, la Salvatrucha y la 18, están integradas, en su mayoría, por muchachos y muchachas de entre 13 y 24 años, quienes han sido expulsados del sistema escolar y tienen un vínculo muy débil con su entorno familiar.

Así lo revelan diferentes estudios realizados por universidades y por la misma Policía Nacional Civil (PNC).

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Otra característica en común entre esos jóvenes es que la mayoría son desempleados y desocupados, mientras una minoría trabaja en oficios diversos. Lo que les importa a todos es el “vácil”, es decir, vivir el presente sin preocuparse del futuro.

Con respecto a la vestimenta, utilizan ropa holgada que caracteriza a cada agrupación. Con los grafittis alusivos marcan los territorios que controlan en diversos sectores.
En tanto, los tatuajes - y la cantidad que tienen impresos en sus cuerpos- es reflejo de pertenencia y de posición en el interior de la mara.

La Mara Salvatrucha Es el grupo al que más pandilleros pertenecen. Tienen clicas diseminadas en diferentes partes del país y, en especial, en las ciudades.
La Pandilla 18 Este grupo aunque tiene un menor número de integrantes, según los estudios, también tiene presencia en muchas partes del territorio.
Otros grupos Dentro de estos se cuenta la Mao-Mao y la, que tienen conexiones con la MS . La cantidad de adeptos es más reducida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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