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| La lucha. Soldados, de un Grupo de Tarea Conjunta,
intentan capturar a un pandillero en Ciudad Delgado. |
Texto: Óscar Tenorio y Geraldine Varela
Diseño: Juan Durán
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Esa es la consigna, lapidaria y desafiante, con la que cientos de pandilleros
salen a las calles a pelear, a sobrevivir en medio del caos.
Como que si se tratase de una guerra, acaso la que vivió El Salvador
o conflictos más distantes y complicados, los de la Mara Salvatrucha
y de la 18 dicen luchar por el control de un territorio, de un barrio.
Así, en colonias de Soyapango, una calle de tan sólo cinco
metros de ancho, es la frontera imaginaria que divide los dominios entre
ambos grupos. Es en un punto, por ejemplo entre las Margaritas (en poder
de la MS) y la Campanera (en poder de la 18), donde frecuentemente se
enfrentan para no ceder ni un milímetro del territorio controlado.
El fenómeno, en el fondo, no tiene ninguna connotación ni
ganancia político-ideológica. Simplemente, se trata del
orgullo y del honor de mantener bajo control una zona.
Hasta el momento, no existe una cifra precisa del número de pandilleros
que hay en el país (según las últimas estimaciones
oficiales, son unos 12 mil mareros). Lo que si es seguro es que la mayoría
de jóvenes pertenecen a la Mara Salvatrucha 13 (la MS), mientras
que la 18 tiene un menor número de adeptos. Otros grupos como la
Mao-Mao y otras tienen una membresía menor de jóvenes, cuyas
edades oscilan entre los 12 y los 30 años.
El poder de estos grupos es tal que las autoridades penitenciarias han
colocado a los pandilleros según su denominación en determinadas
cárceles, para que no se mezclen y no ocurran hechos violentos.
El bautizo
Por su principio y sus fines, las pandillas son estructuras violentas,
definidas por los sociológos como agrupaciones de jóvenes
que se organizan para objetivos comunes, entre ellos generar violencia.
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| De los crimenes cometidos en el último
año, fueron atribuidos a los pandilleros. |
Sólo el ingreso a una de esas pandillas, es un proceso traumático.
Por ejemplo, sin un joven quiere ingresar a la MS 13, debe soportar una
páliza que dura trece segundos.
Aunque son estructuras organizadas, no existe un liderazgo hegemónico
y central, como el del secretario general de un partido político
o el de un general en el ejército, tal como se ha hecho creer en
algunas ocasiones.
Sí existen liderazgos que controlan sectores. Al jefe, todos lo
mareros lo conocen y le llaman el palabrero, porque es el
que dicta las órdenes por medio de la palabra durante los
mirin (meeting, reuniones).
Cuando un jefe falta, otro le sucede, aunque el primero no pierde el poder,
aún estando en la cárcel. Muerto el palabrero es otra
cosa.
En todos los lugares en donde operan, los pandilleros se distribuyen y
se organizan en clicas, que son grupos de entre 20 y 30 muchachos.
El dominio también es comprensible por medio de los grafittis con
las inscripciones de ambas pandillas. Entre más limpios se mantengan
las pintadas, más fuerte es el control. De la misma manera, el
joven que tiene más tatuajes en su cuerpo, es más respetado
y temido.
De acuerdo a diversos estudios, la mayoría de jóvenes ingresan
a las pandillas con un solo objetivo: vacilar, es decir, vivir
de manera frívola, de fiesta en fiesta.
Estos excesos provocan que se dediquen a los asaltos y al cobro de impuestos,
para tener el dinero suficiente que les permita comprar alcohol, drogas
y sufragar otros gastos, como el pago de abogados para defender a los
que están en las cárceles.
Ya en la pandilla, la mayoría de jóvenes pierden el vínculo
con sus familias. Al irse de sus hogares, se instalan en las casas Destroyer
(por lo general, viviendas abandonadas), en donde conviven con los demás
compañeros y con sus hainas (novias).
Allí, los pandilleros son solidarios y leales entre sí,
disciplinados, imitadores de conductas y valores (de los que vienen deportados
de los Estados Unidos) y viven despreocupados del futuro, de acuerdo a
un estudio que realizaron los psicólogos de la División
de Servicios Juveniles de la Policía.
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Los menores pandilleros no son ningunos angelitos.
Tenemos que tratarlos como delincuentes
René Figueroa /Ministro de Gobernación
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Otra característica de estos grupos es que se desarrollan en los
estratos más bajos de la sociedad; sin embargo, la pobreza no es
la única causante del ingreso a las pandillas, sino también
las condiciones en las que viven los jóvenes.
Miguel Cruz, del Instituto de Opinión Pública de la Universidad
Centroamericana (UCA), tiene una explicación interesante acerca
del surgimiento y apogeo de las pandillas: Éstas se desarrollan
en una franja de los sectores pobres que gozan de ciertos recursos, viven
en viviendas mixtas y han tenido oportunidades para estudiar. Tienen acceso
a ciertos recursos como la televisión o a los centros comerciales.
Los estudios también revelan que muchos jóvenes intentan
abandonar las pandillas, cuando cumplen más de 20 años y
han formado familias. No obstante, salirse de esas estructuras es traumático.
Sólo pueden desertar aquellos que han guerreado
lo suficiente, es decir, que han cometido innumerables delitos.
Para los que lo logran, es muy difícil retomar el sendero de una
vida normal, ya que son perseguidos por las huellas que llevan impregnadas
en sus pieles y las sombras de un pasado violento. Este es el principio
y el fin de las maras.
El perfil del pandillero
Los dos principales grupos que operan en el país, la Salvatrucha
y la 18, están integradas, en su mayoría, por muchachos
y muchachas de entre 13 y 24 años, quienes han sido expulsados
del sistema escolar y tienen un vínculo muy débil con su
entorno familiar.
Así lo revelan diferentes estudios realizados por universidades
y por la misma Policía Nacional Civil (PNC).
Otra característica en común entre esos jóvenes
es que la mayoría son desempleados y desocupados, mientras una
minoría trabaja en oficios diversos. Lo que les importa a todos
es el vácil, es decir, vivir el presente sin preocuparse
del futuro.
Con respecto a la vestimenta, utilizan ropa holgada que caracteriza a
cada agrupación. Con los grafittis alusivos marcan los territorios
que controlan en diversos sectores.
En tanto, los tatuajes - y la cantidad que tienen impresos en sus cuerpos-
es reflejo de pertenencia y de posición en el interior de la mara.
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La Mara Salvatrucha
Es el grupo al que más pandilleros pertenecen. Tienen clicas
diseminadas en diferentes partes del país y, en especial,
en las ciudades.
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La Pandilla 18 Este
grupo aunque tiene un menor número de integrantes, según
los estudios, también tiene presencia en muchas partes del
territorio.
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Otros grupos Dentro
de estos se cuenta la Mao-Mao y la, que tienen conexiones con la
MS . La cantidad de adeptos es más reducida.
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