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Economía para todos
“The firm”: empresas…, y Bob Dylan

A quienes les gustaría que no hubiera empresas, habría que preguntarles cómo sería el mundo si no existieran estas figuras que ayudan a reducir los costos de transacción, sean empresas grandes o pequeñas

Publicada 27 de septiembre 2005, El Diario de Hoy


Alejandro Alle*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

“La firma” a la que me referiré hoy no es “The firm”, película en la cual Tom Cruise hace el papel de un joven abogado que súbitamente se encuentra en un mundo de dinero y de poder, al ser contratado por una oficina de asesores legales.

Dicha película describe a una “firma” que en realidad es sólo una fachada, ya que detrás de ella se esconde una operación de lavado de dinero de la mafia (¡ooops!). Y “Fachada” es justamente el nombre con el que se la tradujo.

Las “firmas” (o empresas, como más comúnmente se las denomina en español), suelen ser mucho menos cinematográficas que “The firm”, ya que se trata de organizaciones que buscan sus ganancias a través de métodos bastante más sanos: produciendo bienes y servicios que sean capaces de satisfacer las necesidades de los consumidores.

La imaginación popular, incentivada por el morbo de algunos (Hollywood incluído), siempre muestra a las empresas estereotipadas como antros de perdición…, dirigidas por Don Corleone. Y aunque conozco a algunos a quienes les gusta sentirse como Marlon Brando en El Padrino, más temprano que tarde los clientes se encargan de impedírselo.

La economía siempre había mostrado relativamente poco interés en estudiar el fenómeno de las empresas, hasta que el economista británico Ronald Coase, premio Nobel en 1991, escribió un breve ensayo llamado “La naturaleza de la firma”, con el cual dio origen a una nueva rama de esta ciencia.

Coase explicó, con fundamentos técnicos, el motivo por cual existen las empresas. Y luego sus seguidores profundizaron los estudios que les permitieron determinar por qué algunas empresas crecen a diferente ritmo que otras, cuál es el ciclo de vida promedio en las distintas industrias, o cuándo es conveniente para una empresa decidir subcontratar algunas actividades.

¡Ah!, ¿usted quiere saber por qué existen las empresas? Porque constituyen la forma más eficiente de reducir lo que los economistas llaman “costos de transacción”, los cuales son simplemente los costos en que hay que incurrir para hacer intercambios comerciales.

¿Ejemplo? Veamos lo que le pasaría a Pepe Nomegustanloscontratos (apellido largo. Llamémoslo simplemente Pepe). Se trata de un muchacho con alma quijotesca, y bastante confundido, pero de buen corazón.

Imagine que Pepe abre un restaurante, y que haciendo honor a su tremendo apellido, en vez de firmar un contrato de alquiler con el dueño de un local, decidiese salir todos los días a buscar un lugar distinto adonde atender a sus clientes….

Y que en vez de tener contratos laborales con los meseros y los cocineros, Pepe anduviese todos los días buscando personas nuevas que sepan hacer esos oficios…

Más aún, imagine que Pepe, en vez de tener contratos de abastecimiento con sus proveedores, aun cuando fueran de hecho, estuviese averiguando todos los días a quién comprarle los ingredientes para cocinar, y negociase los precios cada vez… (¡qué mal te veo!, Pepe).

Es que al final de cuentas, una empresa no es más que un simple (¡o complejo!, no importa) conjunto de arreglos contractuales entre los cuatro factores productivos: tierra, trabajo, capital y factor empresarial. En efecto, el empresario es quien aporta este “cuarto factor”, que consiste en coordinar a los tres primeros. Cabe asimismo destacar que el empresario no necesariamente el dueño del capital.

Las empresas no son entidades físicas con vida propia, y es por esa razón que a diferencia de las “personas naturales”, se las llama “personas jurídicas”. Todas estas cosas creemos saberlas muy bien…, pero la respuesta a la próxima pregunta suele dejarnos sorprendidos. Ahí va:

¿Quién paga los salarios de los trabajadores, las cuentas a los proveedores, los préstamos a los bancos, los impuestos al Gobierno, y todos los demás costos? Respuesta: los clientes (¡¿what!?).

Contrariamente a lo que muchas veces repetimos sin pensar, no es “la empresa” quien paga, ya que ésta es simplemente la entidad jurídica que coordina los desembolsos. Si los clientes no compran, no habrá pisto para pagar nada…

La forma más simple de verlo es con el ejemplo del restaurante (no el de Pepe, que quebró hace rato…, sino con otro que aún funcione). Cada vez que vamos a comer, con la cuenta no sólo estamos pagando los alimentos consumidos, sino también el alquiler del local, el salario de meseros y cocineros, y los impuestos que debe afrontar el negocio. ¿De dónde más podría obtener el dueño del restaurante el dinero para pagar todos esos costos, si no es de la cuenta que nos cobra?

Analicemos específicamente la forma en que se remunera a los cuatro factores productivos: a la tierra se la remunera con el alquiler del local, al trabajo con el salario pagado a los trabajadores. ¿Al capital y al factor empresarial? Con las ganancias, cuando las hay. Todo el dinero con que se pagan esas cuentas proviene de las ventas (¡vivan los clientes!).

A quienes les gustaría que no hubiera empresas, habría que preguntarles cómo sería el mundo si no existieran estas figuras que ayudan a reducir los costos de transacción, sean empresas grandes o pequeñas, porque para el caso es lo mismo.

Sin empresas todos estaríamos “on your own/with no direction home”, como dice la canción que pasan en una publicidad televisiva de Coca Cola. ¿El nombre? “Like a rolling stone”, de Bob Dylan, en versión de los Stones (¿How does it feel?).
Hasta la próxima.

*Ingeniero. Máster en Economía (ESEADE, Buenos Aires). Columnista de El Diario de Hoy. alejandro_alle@yahoo.com


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