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Evangelina del Pilar de Sol*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
La destrucción causada por Katrina en la bella ciudad de Nueva
Orleans, considerada la mayor tragedia natural sufrida por Estados Unidos
en su historia, reflejaba un cuadro comparable al infierno de Dante con
cadáveres flotando por las calles inundadas, mujeres y niños
asesinados y/o violados en los refugios; millares de desplazados que han
quedado en absoluta miseria: sin hogar, sin trabajo y un sombrío
futuro, que de manera definitiva afectará a la economía
estadounidense y repercutirá de seguro en nuestro país.
Ahora, de nuevo la tragedia ha azotado a ese país con otro poderoso
huracán, que al momento de escribir este artículo estaría
entrando a las ciudades de Galveston y Houston.
Hace un año, Associated Press y National Geographic
reportaron detalladamente lo que ocurriría si un huracán
golpeaba directamente Nueva Orleans, por los problemas de evacuación
y la falta de preparación. Así sucedió.
No obstante en Galveston y Houston, con anticipación se preparó
la evacuación tecnificadamente. Pero tampoco funcionó, volviéndose
ésta un caos.
Una vez más podemos ver que la avanzada tecnología no nos
salva. Estamos en las manos de Dios. Sin embargo, en la actualidad, a
nadie parece importarle esta verdad, desestimando también las advertencias
de la Virgen en Fátima.
Un reciente correo-e me causó asombro al leerlo. Katrina, decía,
significa pura en griego y agregaba: Nueva Orleans de
antaño, bello y pintoresco, se había convertido en centro
del ocultismo y depravación sexual. El French Quarter, otrora orgullo
de la ciudad, se jactaba ahora de exhibir todos los vicios, hasta el punto
de que el 31 de agosto, dos días antes de entrar Katrina, iba a
comenzar una de las más grandes fiestas anuales, organizada por
el grupo llamado Orgullo gay.
La fiesta denominada Southern decadence (Decadencia
del sur), duraría todo el fin de semana. Su propósito sería
el masivo exhibicionismo callejero de toda clase de depravación
sexual.
Se hacía alarde de la gran multitud de participantes que esperaban,
superando los 125,000 del año anterior. Un día antes del
comienzo de la fiesta entró Katrina, rompiendo los diques de la
ciudad.
En Nueva Orleans, como en cualquier lugar del mundo, ante la podredumbre
moral generalizada, existen enormes multitudes con fe cristiana, que mediante
grupos de oración y apostolado piden la conversión para
su gente y la misericordia de Dios. Ellos también fueron víctimas
del huracán, que no sólo arrasó casinos, sino que
también iglesias. Ser cristianos no nos libera de la cruz, pues
justos y pecadores estamos en el mismo mundo, en las mismas ciudades,
y todos sufrimos la consecuencia del pecado que prolifera en la sociedad.
El arzobispo Hugh, de Nueva Orleans, dijo después del desastre:
Lo más importante es no dudar de la presencia de Dios y de
su gracia purificadora.
En el corto lapso de apenas 65 años, han ocurrido verdaderos dramas
mundiales que llevan a la reflexión: Dos monstruosos huracanes,
pocas veces vistos, uno tras otro; el huracán que nos amenazó
aquí que milagrosamente por la oración de los miles
que aún conservamos nuestra fe, se dispersó antes de tocar
tierra; el hambre de millones en Níger; los yacimientos petrolíferos
agotándose; el Sida; el recalentamiento del globo terráqueo;
la Segunda Guerra Mundial con pavorosos genocidios como el Holocausto
contra millones de judíos; las bombas atómicas contra Hiroshima
y Nagasaki; las Torres Gemelas; los trenes de España; la guerra
en Iraq; el tsunami, que igual que Nueva Orleans terminó con casinos
y prostíbulos, pero en donde también ocurrieron milagros,
como el que yo misma escuché en el CNN, narrado por la hermana
del fundador de un orfanato en Sri Lanka, Dayalan Sanders, quien, al entrar
la gigantesca ola, subió niños y monjas encargadas del asilo,
en una frágil lancha e increpando con fuerte grito a las aguas
les ordenó calmarse en el nombre de Jesús. Todos
se salvaron.
Las palabras de Jesús parecen actualizarse ante el ateísmo
generalizado y la decadencia moral que prevalece en el mundo, en el que
la vida humana perdió su valor y la familia, pilar de la sociedad,
se pretende destruir: Cuando oigan hablar de guerras y rumores de
guerra, no se turben, porque todo eso tiene que pasar. Una nación
luchará contra otra, habrá terremotos y hambre en diversos
lugares, es en esto que reconocerán el comienzo de los dolores;
habrá en aquellos días una tribulación tan
grande, como no hubo otra igual desde el principio de la creación
hasta ahora, ni la habrá; aprendan de la higuera esta
parábola, cuando sus ramas están tiernas y brotan las hojas
saben que el verano está cerca. Así también ustedes,
cuando vean que suceden estas cosas, comprendan que ya está cerca
que esto suceda; en cuanto se refiere a ese Día o a
esa Hora, no lo sabe nadie, ni los ángeles del Cielo, ni el Hijo,
sino sólo el Padre; estén preparados y vigilantes
ya que no saben cuál será el momento.
Jesús sólo nos pide estar preparados siempre, pues el fin
de cada uno, o bien, de todos, puede llegarnos en cualquier momento. Sólo
debemos creer en Él, amarle y seguir sus enseñanzas.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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