elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Tragedias mundiales
Huracanes, tsunami, crisis petrolera...

La avanzada tecnología no nos salva. Estamos en las manos de Dios. Sin embargo, en la actualidad, a nadie parece importarle esta verdad, desestimando también las advertencias de la Virgen en Fátima

Publicada 26 de septiembre 2005, El Diario de Hoy


Evangelina del Pilar de Sol*

El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

La destrucción causada por Katrina en la bella ciudad de Nueva Orleans, considerada la mayor tragedia natural sufrida por Estados Unidos en su historia, reflejaba un cuadro comparable al infierno de Dante con cadáveres flotando por las calles inundadas, mujeres y niños asesinados y/o violados en los refugios; millares de desplazados que han quedado en absoluta miseria: sin hogar, sin trabajo y un sombrío futuro, que de manera definitiva afectará a la economía estadounidense y repercutirá de seguro en nuestro país.

Ahora, de nuevo la tragedia ha azotado a ese país con otro poderoso huracán, que al momento de escribir este artículo estaría entrando a las ciudades de Galveston y Houston.

Hace un año, Associated Press y “National Geographic” reportaron detalladamente lo que ocurriría si un huracán golpeaba directamente Nueva Orleans, por los problemas de evacuación y la falta de preparación. Así sucedió.

No obstante en Galveston y Houston, con anticipación se preparó la evacuación tecnificadamente. Pero tampoco funcionó, volviéndose ésta un caos.

Una vez más podemos ver que la avanzada tecnología no nos salva. Estamos en las manos de Dios. Sin embargo, en la actualidad, a nadie parece importarle esta verdad, desestimando también las advertencias de la Virgen en Fátima.

Un reciente correo-e me causó asombro al leerlo. Katrina, decía, significa “pura” en griego y agregaba: “Nueva Orleans de antaño, bello y pintoresco, se había convertido en centro del ocultismo y depravación sexual. El French Quarter, otrora orgullo de la ciudad, se jactaba ahora de exhibir todos los vicios, hasta el punto de que el 31 de agosto, dos días antes de entrar Katrina, iba a comenzar una de las más grandes fiestas anuales, organizada por el grupo llamado “Orgullo gay”.

“La fiesta denominada ‘Southern decadence’ (Decadencia del sur), duraría todo el fin de semana. Su propósito sería el masivo exhibicionismo callejero de toda clase de depravación sexual.

Se hacía alarde de la gran multitud de participantes que esperaban, superando los 125,000 del año anterior. Un día antes del comienzo de la fiesta entró Katrina, rompiendo los diques de la ciudad”.

En Nueva Orleans, como en cualquier lugar del mundo, ante la podredumbre moral generalizada, existen enormes multitudes con fe cristiana, que mediante grupos de oración y apostolado piden la conversión para su gente y la misericordia de Dios. Ellos también fueron víctimas del huracán, que no sólo arrasó casinos, sino que también iglesias. Ser cristianos no nos libera de la cruz, pues justos y pecadores estamos en el mismo mundo, en las mismas ciudades, y todos sufrimos la consecuencia del pecado que prolifera en la sociedad. El arzobispo Hugh, de Nueva Orleans, dijo después del desastre: “Lo más importante es no dudar de la presencia de Dios y de su gracia purificadora”.

En el corto lapso de apenas 65 años, han ocurrido verdaderos dramas mundiales que llevan a la reflexión: Dos monstruosos huracanes, pocas veces vistos, uno tras otro; el huracán que nos amenazó aquí —que milagrosamente por la oración de los miles que aún conservamos nuestra fe, se dispersó antes de tocar tierra—; el hambre de millones en Níger; los yacimientos petrolíferos agotándose; el Sida; el recalentamiento del globo terráqueo; la Segunda Guerra Mundial con pavorosos genocidios como el “Holocausto” contra millones de judíos; las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki; las Torres Gemelas; los trenes de España; la guerra en Iraq; el tsunami, que igual que Nueva Orleans terminó con casinos y prostíbulos, pero en donde también ocurrieron milagros, como el que yo misma escuché en el CNN, narrado por la hermana del fundador de un orfanato en Sri Lanka, Dayalan Sanders, quien, al entrar la gigantesca ola, subió niños y monjas encargadas del asilo, en una frágil lancha e increpando con fuerte grito a las aguas les ordenó calmarse “en el nombre de Jesús”. Todos se salvaron.

Las palabras de Jesús parecen actualizarse ante el ateísmo generalizado y la decadencia moral que prevalece en el mundo, en el que la vida humana perdió su valor y la familia, pilar de la sociedad, se pretende destruir: “Cuando oigan hablar de guerras y rumores de guerra, no se turben, porque todo eso tiene que pasar. Una nación luchará contra otra, habrá terremotos y hambre en diversos lugares, es en esto que reconocerán el comienzo de los dolores”; “habrá en aquellos días una tribulación tan grande, como no hubo otra igual desde el principio de la creación hasta ahora, ni la habrá”; “aprendan de la higuera esta parábola, cuando sus ramas están tiernas y brotan las hojas saben que el verano está cerca. Así también ustedes, cuando vean que suceden estas cosas, comprendan que ya está cerca que esto suceda”; “en cuanto se refiere a ese Día o a esa Hora, no lo sabe nadie, ni los ángeles del Cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre”; “estén preparados y vigilantes ya que no saben cuál será el momento”.

Jesús sólo nos pide estar preparados siempre, pues el fin de cada uno, o bien, de todos, puede llegarnos en cualquier momento. Sólo debemos creer en Él, amarle y seguir sus enseñanzas.

*Columnista de El Diario de Hoy.


elsalvador.com WWW