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Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Escribía el pasado lunes sobre Chile y los valores de su gente.
Después pensé que había omitido hablar de su estupendo
sentido del humor. Más tarde mi pensamiento derivó a los
distintos humorismos que conozco y a reflexionar sobre cuál o cuáles
serían los tipos de humor que denotan una mayor sabiduría
y calidad humana.
Existen muchos y muy distintos humorismos. Hay un tipo de humor pesimista
y demoledor, como el del español Chumy Chumez, donde un labriego
le muestra a un niño todo un páramo árido, reseco
y deforestado, bajo un sol dibujado en color negro, diciéndole:
Y el día de mañana, todo este desierto será
tuyo, hijo mío.
Existe el humor del mundo de los niños, también muy distintos
entre sí. Así el de Schultz y sus Peanuts, que
deriva casi en aspectos surrealistas con su perro Snoopy, es distinto
al de Mafalda, con una crítica social de la realidad argentina
que alcanza niveles universales y muy distintos ambos al del terrible
niño Calvin, modelo perfecto del tipo de monstruitos infantiles
que crea el niño único y el horror a las familias numerosas.
Existe el humor político, del que hay buenas muestras en nuestro
país. Existe el humor difícil, intelectualizado. Los humores
literarios de Pitigrilli, Wodehouse, Bruce Marshall o Guareschi. El humor
de carcajada de algunos chistes y el de los payasos; el siniestro de la
novela negra..., en fin, la familia del humor es prolífica en toda
clase de variantes.
¿Cuál es mejor? Difícil y muy opinable. Lo que me
atrevo a decir contra los sempiternos materialistas es que
el humorismo demuestra que los seres humanos somos entes espirituales.
Hay en nosotros una chispa divina. Ni la materia ni los animales tienen
sentido del humor. Y cuando algún individuo de nuestra especie
carece de ello, hay que temerle. Un individuo así es casi tan peligroso
como un delincuente, pues demuestra una enorme ceguera para entender a
sus semejantes. Todo lo quiere ver bajo los esquemas rígidos a
los que quiere que todo se ajuste. Y es que un exceso de lógica
puede ser tan fatal como la falta de ella. Los grandes criminales carecen
del sentido del humor o lo tienen de ese tipo siniestro propio de las
venganzas de Stalin, o de la mafia.
El humor que consiste en ironía, burla o sarcasmo, más o
menos sangrientos, con los que se pretende humillar o rebajar al prójimo,
subrayando o caricaturizando sus defectos, es un humor fácil, que
está dentro de las posibilidades de casi todo el mundo. El bueno
de Santo Tomás de Aquino escribió palabras terribles contra
el espíritu burlón, porque denota una falta
de amor al prójimo, y un autor espiritual muy posterior en siglos,
Robert de Langeac, sentencia que: el alma interior jamás
se burla de nada ni de nadie.
Aquí añado que uno de los ataques más eficaces contra
la religión y su moral es presentarlas como cosas sombrías,
severas, donde no cabe la sonrisa ni el buen humor. La historia demuestra
lo contrario. A favor del cristianismo católico está que
todos los países católicos son pueblos mucho más
alegres que los de corte protestante o puritano. Es evidente, además,
que muchos santos fueron mujeres y hombres de excelente sentido del humor.
No es necesario remontarse al mártir San Lorenzo, al que la tradición
atribuye un raro humorismo al decir mientras le estaban achicharrando
al fuego sobre una parrilla, como humana barbacoa que le dieran
la vuelta hacia el otro lado, porque del actual ya estaba bastante tostadito.
En el Siglo XVI, el italiano San Felipe Neri fue siempre un hombre alegre,
famoso por su buen humor, y la española Santa Teresa de Jesús,
lo mostró miles de veces, así durante un fatigoso viaje,
mientras cruzaba con mil penalidades un arroyo.
Allí oyó a Jesús que le decía: Así
trato yo a mis amigos, a lo que replicó rápidamente:
Por eso tienes tan pocos, Señor. Ya en nuestra época,
el fundador del Opus Dei, San Josemaría Escrivá, es ampliamente
conocido por su ingenio y su chispeante humorismo, para quien perder el
sentido del humor era cosa grave. Una vez que se había enojado
fuertemente, al pasar por uno de esos aparatos que entregan fotografías
al minuto, se fotografió tal como estaba. De las cuatro fotos,
botó tres y guardó una durante un cierto tiempo en la cartera,
para mirarla, ver la mala cara que tenía en ella y reírse
de sí mismo.
Pero, dirán algunos, ¿acaso tenía sentido del humor
Jesucristo? Quedé muy sorprendido al leer los argumentos más
o menos intrincados con los que un autor espiritual trataba de demostrar
que sí lo tenía. En los evangelios está la prueba
evidente, que ese autor no menciona: El apodo de Boanerges
hijos del Trueno con que Jesús llamaba
a los apóstoles Santiago y Juan. ¿Qué otro sentido
podría tener eso, sino una cariñosa y humorística
reconvención al carácter colérico y apasionado de
esos dos hijos de Zebedeo?
Carecer de sentido del humor es algo terrible. En Chile a este tipo de
individuos de voz solemne y campanuda, de tono académico, muy pagados
de su amor a sí mismos y de su supuesta dignidad, se les cataloga
de tontos graves o simplemente de graves y estoy
totalmente de acuerdo. Pero volvamos a la pregunta: De todos los posibles
humorismos ¿cuál podría ser el de mayor calidad humana?
Wenceslao Fernández Flórez, fino humorista español,
definía el humorismo como la sonrisa de una desilusión.
Yo añadiría que una suave y sonriente desilusión
de uno mismo, o más exactamente de la dosis de vanidad, narcisismo
y egolatría que, en mayor o menor dosis, todos padecemos. Me parece
que saber reírse de uno mismo es camino de humildad que habilita
para sonreír y comprender esos defectos de los otros que nos hermanan
con los propios.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de
Hoy. lfcuervo@telemovil.net.

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