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Comentando
Del humorismo y sus clases

El humor que consiste en ironía, burla o sarcasmo, más o menos sangrientos, con los que se pretende humillar o rebajar al prójimo, subrayando o caricaturizando sus defectos, es un humor fácil

Publicada 26 de septiembre 2005, El Diario de Hoy


Luis Fernández Cuervo*

El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Escribía el pasado lunes sobre Chile y los valores de su gente. Después pensé que había omitido hablar de su estupendo sentido del humor. Más tarde mi pensamiento derivó a los distintos humorismos que conozco y a reflexionar sobre cuál o cuáles serían los tipos de humor que denotan una mayor sabiduría y calidad humana.

Existen muchos y muy distintos humorismos. Hay un tipo de humor pesimista y demoledor, como el del español Chumy Chumez, donde un labriego le muestra a un niño todo un páramo árido, reseco y deforestado, bajo un sol dibujado en color negro, diciéndole: “Y el día de mañana, todo este desierto será tuyo, hijo mío”.

Existe el humor del mundo de los niños, también muy distintos entre sí. Así el de Schultz y sus “Peanuts”, que deriva casi en aspectos surrealistas con su perro Snoopy, es distinto al de Mafalda, con una crítica social de la realidad argentina que alcanza niveles universales y muy distintos ambos al del terrible niño Calvin, modelo perfecto del tipo de monstruitos infantiles que crea el niño único y el horror a las familias numerosas.

Existe el humor político, del que hay buenas muestras en nuestro país. Existe el humor difícil, intelectualizado. Los humores literarios de Pitigrilli, Wodehouse, Bruce Marshall o Guareschi. El humor de carcajada de algunos chistes y el de los payasos; el siniestro de la novela negra..., en fin, la familia del humor es prolífica en toda clase de variantes.

¿Cuál es mejor? Difícil y muy opinable. Lo que me atrevo a decir —contra los sempiternos materialistas— es que el humorismo demuestra que los seres humanos somos entes espirituales. Hay en nosotros una chispa divina. Ni la materia ni los animales tienen sentido del humor. Y cuando algún individuo de nuestra especie carece de ello, hay que temerle. Un individuo así es casi tan peligroso como un delincuente, pues demuestra una enorme ceguera para entender a sus semejantes. Todo lo quiere ver bajo los esquemas rígidos a los que quiere que todo se ajuste. Y es que un exceso de lógica puede ser tan fatal como la falta de ella. Los grandes criminales carecen del sentido del humor o lo tienen de ese tipo siniestro propio de las venganzas de Stalin, o de la mafia.

El humor que consiste en ironía, burla o sarcasmo, más o menos sangrientos, con los que se pretende humillar o rebajar al prójimo, subrayando o caricaturizando sus defectos, es un humor fácil, que está dentro de las posibilidades de casi todo el mundo. El bueno de Santo Tomás de Aquino escribió palabras terribles contra “el espíritu burlón”, porque denota una falta de amor al prójimo, y un autor espiritual muy posterior en siglos, Robert de Langeac, sentencia que: “el alma interior jamás se burla de nada ni de nadie”.

Aquí añado que uno de los ataques más eficaces contra la religión y su moral es presentarlas como cosas sombrías, severas, donde no cabe la sonrisa ni el buen humor. La historia demuestra lo contrario. A favor del cristianismo católico está que todos los países católicos son pueblos mucho más alegres que los de corte protestante o puritano. Es evidente, además, que muchos santos fueron mujeres y hombres de excelente sentido del humor.

No es necesario remontarse al mártir San Lorenzo, al que la tradición atribuye un raro humorismo al decir —mientras le estaban achicharrando al fuego sobre una parrilla, como humana barbacoa— que le dieran la vuelta hacia el otro lado, porque del actual ya estaba bastante tostadito. En el Siglo XVI, el italiano San Felipe Neri fue siempre un hombre alegre, famoso por su buen humor, y la española Santa Teresa de Jesús, lo mostró miles de veces, así durante un fatigoso viaje, mientras cruzaba con mil penalidades un arroyo.

Allí oyó a Jesús que le decía: “Así trato yo a mis amigos”, a lo que replicó rápidamente: “Por eso tienes tan pocos, Señor”. Ya en nuestra época, el fundador del Opus Dei, San Josemaría Escrivá, es ampliamente conocido por su ingenio y su chispeante humorismo, para quien perder el sentido del humor era cosa grave. Una vez que se había enojado fuertemente, al pasar por uno de esos aparatos que entregan fotografías al minuto, se fotografió tal como estaba. De las cuatro fotos, botó tres y guardó una durante un cierto tiempo en la cartera, para mirarla, ver la mala cara que tenía en ella y reírse de sí mismo.

Pero, dirán algunos, ¿acaso tenía sentido del humor Jesucristo? Quedé muy sorprendido al leer los argumentos más o menos intrincados con los que un autor espiritual trataba de demostrar que sí lo tenía. En los evangelios está la prueba evidente, que ese autor no menciona: El apodo de “Boanerges” —“hijos del Trueno”— con que Jesús llamaba a los apóstoles Santiago y Juan. ¿Qué otro sentido podría tener eso, sino una cariñosa y humorística reconvención al carácter colérico y apasionado de esos dos hijos de Zebedeo?
Carecer de sentido del humor es algo terrible. En Chile a este tipo de individuos de voz solemne y campanuda, de tono académico, muy pagados de su amor a sí mismos y de su supuesta dignidad, se les cataloga de “tontos graves” o simplemente de “graves” y estoy totalmente de acuerdo. Pero volvamos a la pregunta: De todos los posibles humorismos ¿cuál podría ser el de mayor calidad humana?

Wenceslao Fernández Flórez, fino humorista español, definía el humorismo como “la sonrisa de una desilusión”. Yo añadiría que una suave y sonriente desilusión de uno mismo, o más exactamente de la dosis de vanidad, narcisismo y egolatría que, en mayor o menor dosis, todos padecemos. Me parece que saber reírse de uno mismo es camino de humildad que habilita para sonreír y comprender esos defectos de los otros que nos hermanan con los propios.

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net.


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