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Emergencia en Apulo

Pérdidas. Más de 20 restaurantes en la playa Palo Seco se encuentran inundados. Sus dueños no tienen otro empleo


Publicada 23 de septiembre 2005 , El Diario de Hoy

Educación. Ernesto Ruano, de seis años, estudia en la escuela del cantón Palo Seco, en Apulo. Se traslada a su casa de Amatitán en lancha, porque los niveles del agua ya no le permiten caminar por la playa. Foto EDH/ Lssette Lemus


Lorena Baires
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

El delgado cuerpo de Amalia Ardón temblaba bajo la tormenta de ayer, en la playa Palo Seco, en el lago de Ilopango. Intentaba sacar de su restaurante, bajo una ramada, las sillas y mesas donde solía recibir a los clientes y turistas.

“Me llevo todas las cosas porque no vaya a ser que se las lleve el agua o me pique la madera. Tenemos serias pérdidas porque mi familia vive del negocio y hace más de un mes que lo cerramos.

No sé qué vamos a hacer si el agua sigue subiendo, no van a venir clientes”, repite Amalia mientras ayuda a su madre a mover los objetos.

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Desde que inició la época lluviosa, los niveles del agua en el lago suben muy rápido después de las tormentas. Sólo ayer, luego de dos horas, el agua había subido unos 60 centímetros.

En la Calle El Cocalito, de la misma playa, están ubicados unos 20 restaurantes, entre formales y ramadas, cuyos propietarios vivían de ese rubro.

La arena está muy saturada y en lugar de que el agua se filtre, forma enormes charcos de varios centímetros de profundidad. La tierra que sacan del deslave en el cantón Dolores Apulo es llevada a la playa Palo Seco, para tapar las pozas que se forman.

Amelia Ardón recorre el lugar donde antes estaban las mesas y sillas del comedor que tenía a orillas del lago. Foto EDH/ Lssette Lemus

Paula Ramos, otra de las comerciantes, llegó a llenar sacos con arena y ubicarlos frente al lago, para evitar que siga inundando la ramada donde instaló su negocio.

Ramos vuelve la mirada hacia el lago y una lágrima gruesa rueda por su mejilla al recordar aquéllos días de fiesta y conga. “Allí se sentaban mis clientes a ver el lago y se echaban sus cervezas con los cocteles”, dice.

A pesar del mal tiempo, Luz Bonilla, cocinera en el lago, corta la cebolla, chile y tomate con mucho afán. Va de un lado a otro, trae la sal, condimenta. Vierte agua en el arroz. Lava el pollo y lo pone en el fuego. Quiere seguir vendiendo como antes. “Sé que no es igual, pero tampoco me puedo quedar sin hacer nada”.

El agua del lago se mete con fuerza durante la lluvia, pareciera que frente a ella bate la mar. Su esposo mantiene la esperanza en que sólo se trata de una mala temporada y después volverán los clientes de antes.

Las fiestas

El nueve de septiembre sería un día de algarabía y fiesta para los que viven en Dolores Apulo. Celebrarían sus fiestas patronales.

No pudieron hacerlo, ya que el lugar que siempre usan como campo de la feria estaba anegado y las ruedas quedaron inundadas. Nadie asistió a divertirse.

“Ni modo, tenemos varadas las ruedas. Ya invertimos en traerlas y no podemos llevarlas a otro lado así por así, vamos a esperar a ver si las lluvias bajan en estos días”, se queja uno de los operadores de las ruedas, que no quiso identificarse.

Las ventas de churros españoles, papas fritas y elotes locos están tapadas por carpas azules, negras y amarillas. No se observan a los dueños y tampoco hay movimiento de turistas.

El famoso recorrido de la virgen de Dolores, que se efectuaba en la noche del 14 de septiembre, tampoco se desarrolló por el mal tiempo.

La cantidad de turistas que solían presenciar el evento religioso no llegaron. Los residentes miraron con tristeza cómo los niveles del lago de Ilopango amenazaban sus casas esa noche.

La vida en Palo Seco se ha transformado, donde antes habían fiestas hoy se siente tristeza. “Dice mi mamá que los salvadoreños no andamos con cosas, cuando esto pase vamos a reparar las cosas y la vida seguirá igual”, sentenció Ramos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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