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| Educación. Ernesto Ruano, de seis años,
estudia en la escuela del cantón Palo Seco, en Apulo. Se traslada
a su casa de Amatitán en lancha, porque los niveles del agua
ya no le permiten caminar por la playa. Foto
EDH/ Lssette Lemus |
Lorena Baires
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
El delgado cuerpo de Amalia Ardón temblaba bajo la tormenta de
ayer, en la playa Palo Seco, en el lago de Ilopango. Intentaba sacar de
su restaurante, bajo una ramada, las sillas y mesas donde solía
recibir a los clientes y turistas.
Me llevo todas las cosas porque no vaya a ser que se las lleve el
agua o me pique la madera. Tenemos serias pérdidas porque mi familia
vive del negocio y hace más de un mes que lo cerramos.
No sé qué vamos a hacer si el agua sigue subiendo, no van
a venir clientes, repite Amalia mientras ayuda a su madre a mover
los objetos.
Desde que inició la época lluviosa, los niveles del agua
en el lago suben muy rápido después de las tormentas. Sólo
ayer, luego de dos horas, el agua había subido unos 60 centímetros.
En la Calle El Cocalito, de la misma playa, están ubicados unos
20 restaurantes, entre formales y ramadas, cuyos propietarios vivían
de ese rubro.
La arena está muy saturada y en lugar de que el agua se filtre,
forma enormes charcos de varios centímetros de profundidad. La
tierra que sacan del deslave en el cantón Dolores Apulo es llevada
a la playa Palo Seco, para tapar las pozas que se forman.
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| Amelia Ardón recorre el lugar donde antes
estaban las mesas y sillas del comedor que tenía a orillas
del lago. Foto EDH/ Lssette
Lemus |
Paula Ramos, otra de las comerciantes, llegó a llenar sacos con
arena y ubicarlos frente al lago, para evitar que siga inundando la ramada
donde instaló su negocio.
Ramos vuelve la mirada hacia el lago y una lágrima gruesa rueda
por su mejilla al recordar aquéllos días de fiesta y conga.
Allí se sentaban mis clientes a ver el lago y se echaban
sus cervezas con los cocteles, dice.
A pesar del mal tiempo, Luz Bonilla, cocinera en el lago, corta la cebolla,
chile y tomate con mucho afán. Va de un lado a otro, trae la sal,
condimenta. Vierte agua en el arroz. Lava el pollo y lo pone en el fuego.
Quiere seguir vendiendo como antes. Sé que no es igual, pero
tampoco me puedo quedar sin hacer nada.
El agua del lago se mete con fuerza durante la lluvia, pareciera que frente
a ella bate la mar. Su esposo mantiene la esperanza en que sólo
se trata de una mala temporada y después volverán los clientes
de antes.
Las fiestas
El nueve de septiembre sería un día de algarabía
y fiesta para los que viven en Dolores Apulo. Celebrarían sus fiestas
patronales.
No pudieron hacerlo, ya que el lugar que siempre usan como campo de la
feria estaba anegado y las ruedas quedaron inundadas. Nadie asistió
a divertirse.
Ni modo, tenemos varadas las ruedas. Ya invertimos en traerlas y
no podemos llevarlas a otro lado así por así, vamos a esperar
a ver si las lluvias bajan en estos días, se queja uno de
los operadores de las ruedas, que no quiso identificarse.
Las ventas de churros españoles, papas fritas y elotes locos están
tapadas por carpas azules, negras y amarillas. No se observan a los dueños
y tampoco hay movimiento de turistas.
El famoso recorrido de la virgen de Dolores, que se efectuaba en la noche
del 14 de septiembre, tampoco se desarrolló por el mal tiempo.
La cantidad de turistas que solían presenciar el evento religioso
no llegaron. Los residentes miraron con tristeza cómo los niveles
del lago de Ilopango amenazaban sus casas esa noche.
La vida en Palo Seco se ha transformado, donde antes habían fiestas
hoy se siente tristeza. Dice mi mamá que los salvadoreños
no andamos con cosas, cuando esto pase vamos a reparar las cosas y la
vida seguirá igual, sentenció Ramos.

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