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Marcela
Sánchez*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Cuando el Presidente Bush prometió la semana pasada que la Costa
del Golfo se convertiría en uno de los esfuerzos de reconstrucción
más grandes que el mundo haya visto, sugería que la
inversión sin precedentes de miles de millones de dólares
en fondos federales transformaría a la región no sólo
física, sino socialmente.
Bush dijo que el mayor número de empleos posible debe destinarse
a los hombres y las mujeres que viven en Luisiana, Misisipi y Alabama.
En efecto, reconstruir la región diques, carreteras, redes
eléctricas, casas debe ser tarea de todos los afectados por
el huracán Katrina y sus secuelas.
Hasta ahora, sin embargo, la acción del Gobierno parecería
indicar que el trabajo ha de ser hecho por otros segmentos de la población
estadounidense. El 8 de septiembre, Bush emitió una orden Ejecutiva
que suspendía las reglas Davis-Bacon, según las cuales los
trabajadores de la construcción en contratos federales deben recibir
por lo menos el salario promedio de la región. A esa decisión
le siguió el anuncio, días después, del Departamento
de Seguridad Interna de que no aplicará sanciones a empleadores
que contraten personal sin documentos laborales apropiados.
Y esto podría convertir las secuelas de Katrina en un tema migratorio.
En años recientes, la industria de la construcción en Estados
Unidos se ha convertido en un imán de inmigrantes latinos, mucho
más que de otros grupos raciales o étnicos en este país.
Según el Pew Hispanic Center, los trabajadores latinos nacidos
en el exterior representaron el 40 por ciento del crecimiento laboral
total en la industria de la construcción el año pasado.
Antes de Katrina, los hispanos representaban sólo un dos por ciento
de la fuerza laboral, pero tenían más del cinco por ciento
de los trabajos en construcción en los estados del Golfo, Luisiana,
Misisipi y Alabama, de acuerdo con el Economic Policy Institute (EPI)
de Washington.
Más aún, según el Pew, del total de inmigrantes hispanos
que trabajaban en construcción el año pasado, casi dos terceras
partes estaban desautorizadas.
Especialistas labores afirman que dichos inmigrantes desautorizados
indocumentados o ilegales son precisamente los mismos dispuestos
a trabajar por debajo de los salarios establecidos y bajo peores condiciones
de las promedio, particularmente si no se les piden documentos.
La suspensión de las reglas Davis-Bacon y de los requisitos de
documentos apropiados los justifica el Gobierno como mecanismos para reducir
los costos federales, acelerar la reconstrucción y facilitar la
contratación de damnificados por Katrina que lo perdieron todo,
incluso sus papeles.
Pero grupos defensores de latinos e inmigrantes aseguran que el rumor
en la calle es que hay trabajo de sobra en la Costa del Golfo y los inmigrantes
ya están movilizándose. Medios de habla hispana y blogs
en Internet indican que compañías estadounidenses de limpieza
contratan rápidamente a latinos, sin hacer preguntas.
Algunos miembros del Congreso prometen convertir el esfuerzo de recuperación
en una oportunidad para implementar ideas tales como los vales educativos
e incentivos tributarios para la inversión empresarial. Bush mismo
ha propuesto la creación de una Zona de Oportunidad en el
Golfo, dentro de la cual el Gobierno proveerá incentivos
para que empresarios generen empleos y oportunidades que rompan
el ciclo de pobreza.
Curiosamente, nadie ha mencionado el desastre como una oportunidad para
responder a la inmigración ilegal. Desde 2001, Bush ha estado hablando
intermitentemente de la necesidad de un programa de trabajadores temporales,
que le permita a inmigrantes dispuestos a trabajar ser contratados legal
y ordenadamente por empleadores que acepten hacerlo. Por varias razones
esta propuesta no ha avanzado y algunos en el Congreso ya han dicho que
Katrina la pospondrá una vez más.
Los más cínicos en este país están convencidos
de que la falta de acción en la reforma al sistema de inmigración
es muy fácil de explicar: los empleadores ricos y poderosos se
benefician con el status quo. Las medidas del Gobierno después
de Katrina parecen reforzar ese punto de vista.
Katrina mostró cómo las autoridades federales, estatales
y locales pueden verse superadas por desastres naturales. La inmigración
no es tan distinta. Durante años, políticos a todo nivel
han estado luchando con las consecuencias sociales de cientos de miles
de hombres y mujeres indocumentados, que viven con temor a las autoridades
y acuden al Gobierno sólo como último recurso. Los estados,
en particular los fronterizos, se han sentido tan abrumados que recientemente
los gobernadores de Arizona y Nuevo México declararon estados de
emergencia a lo largo de sus fronteras con México.
Según la Oficina de Presupuesto del Congreso, Katrina arrebató
cerca de 400.000 empleos. Jared Bernstein, un eminente economista del
EPI, calculó que el costo de reconstrucción de $200 mil
millones de dólares creará entre 400.000 y 500.000 empleos.
Tal vez algunos piensen que los damnificados llenarán las vacantes,
pero de seguro no será así de simple. Los inmigrantes, muchos
de ellos ilegales, probablemente tengan un importante papel en el esfuerzo
de reconstrucción. Estos trabajadores indocumentados, por su parte,
posiblemente sean una carga extra para las autoridades estatales y locales
y tal vez exacerben la pobreza en una región ya deprimida.
*Columnista del Washington Post.

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