elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

De mis recuerdos
El puesto de mando ¿dónde está hoy?

Resulta paradójico, pero la guerra, además de odios, genera un gran sentimiento de solidaridad y hermandad entre combatientes, como no ocurre en ninguna otra situación

Publicada 22 de septiembre 2005, El Diario de Hoy


Marvin Galeas*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

La noche era fresca y llena de estrellas en aquel mes de marzo de 1983, en las faldas del Cerro Colorado, en el norte del departamento de Morazán. La comandancia del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) había convocado para esa fecha una urgente reunión del comité central del partido, para analizar la coyuntura y planificar las próximas operaciones militares.

Llegaron desde los diferentes frentes de guerra los 15 ó 20 miembros del llamado “máximo organismo de conducción”. La mayoría de ellos no había cruzado aún la frontera de los 30 años. Unos eran campesinos que ha- bían iniciado su militancia en las comunidades eclesiales de base o en los llamados frentes de masas. Los que venían de la ciudad se habían forjado en los comités militares de las guerrillas urbanas. Pero los máximos jefes eran los siete miembros de la comandancia general del ERP, los que a su vez eran los miembros de la Comisión Política del Partido de la Revolución Salvadoreña, PRS, brazo político de la organización.

Ellos eran Joaquín Villalobos (Atilio), comandante en jefe de la fuerza militar y secretario general del partido; Jorge Meléndez (Jonás), jefe del frente nororiental; Juan Ramón Medrano (Balta), jefe del frente sur oriental; Claudio Armijo (Chico), jefe del frente central; Ana Guadalupe Martínez (María), miembro de la comisión político diplomática; Ana Sonia Medina (Mariana), jefa de inteligencia militar; Mercedes Letona (Luisa), responsable del sistema Radio Venceremos.

Además de la comandancia, el puesto de mando del ERP, que tenía como base Morazán, estaba conformado por las estructuras de comunicaciones estratégicas y operativas, la sección de inteligencia y contrainteligencia, Radio Venceremos, una unidad de logística y cocina y la fuerza militar de seguridad. Unas 150 personas, que constituían la estructura más buscada durante las operaciones contraguerrilleras.

Esa noche de marzo, había como una especie de receso en la reunión. La casona abandonada, donde se desarrollaban las reuniones, se fue animando. Algunos comandantes, como Federico y Ramón, consiguieron unas guitarras para cantar canciones de Silvio Rodríguez y Serrat. Otros se calentaban a la luz del fogón de la cocina, mientras contaban pasadas de combate y tomaban café. A mí me encantaba jugar cartas con Janeth Samour (Filomena), y con Maravilla, mientras hablábamos de encuentros y desencuentros.

Fue en una de esas noches cuando Ramón, a quien apodábamos El Caballo, cipote de barrio urbano, dijo entre canción y canción: “Sueño con que un día termine esta guerra, que salgamos vivos y nos volvamos a encontrar para hacer un gran parranda..., porque en esta guerra todos nos hemos llegado a querer como hermanos”.

Esas palabras de El Caballo, quien murió poco después combatiendo en la carretera Panamericana, le salieron de lo más profundo del corazón. Resulta paradójico, pero la guerra, además de odios, genera un gran sentimiento de solidaridad y hermandad entre combatientes, como no ocurre en ninguna otra situación.

¿Cómo eran los siete de la máxima dirección? ¿Cómo eran esos muchachos y muchachas considerados rebeldes o terroristas, según el lado donde se esté parado? Lo poco que se ha escrito sobre la guerra, casi es sólo de un lado y omiten los detalles humanos. Todo es epopeya y heroísmo sin límites. El mundo, como el Viejo Oeste, dividido radicalmente en buenos y malos. Blanco y negro. Pero la vida no es así. Sé que no es así. Por ello en este espacio he contado retazos de esa historia, tratando de concentrarme en los detalles humanos por encima de consideraciones políticas o ideológicas.

¿Cómo eran, pues, los siete que en algún momento llegaron a ser un dolor de cabeza, no digamos para el gobierno local, sino para la Casa Blanca y el mismo Kremlin?¿Dónde están ahora?¿Qué hacen?: Mercedes era la menor. De espíritu alegre y dicharachera. Parecía más bien una cipota universitaria haciendo ta- reas. Le encantaban las reuniones de colectivo, tomar café y hacer sentir su autoridad de comandante. Era la compañera de Joaquín. En la actualidad, es gerente de un banco de trabajadores.

Ana Sonia era voluntariosa, impecable en su aspecto, amaba su trabajo de inteligencia militar; nerviosa y apasionada. Sé de ella que está al frente de una ONG. Totalmente al margen de partidos políticos. Ana Guadalupe, una mujer de ideas básicas y radicales que cambió un poco, al menos en forma, viajando por el mundo. Con una gran afición para el juego político. Estuvo poco tiempo en los frentes de guerra. Siempre está en la víspera de algún gran acontecimiento político que nunca ocurre. Actualmente es parte de la dirección del PDC.

Claudio Armijo, el que estuvo donde asusta. El típico idealista. Con mil enfermedades, pero siempre en primera línea. Despistado y solidario. Nunca superó su sentimiento de compromiso con el partido o con lo poquito que queda de él. La paz lo agarró con ese sentimiento. Y allí está todavía esperando que algún día la historia y el mundo se acomoden a las cambiantes ideas del jefe.

Antes de continuar con los otros tres, que será, en la próxima columna, sólo tengo que decir que escribo estas cosas, porque yo estuve allí, porque tengo pasión periodística y porque también sé que la gente quiere saberlo. (Continuará).

*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv



elsalvador.com WWW