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El caso cardenal
Una vida debe generar un crédito moral

La reacción lógica y sana al cuestionar a un verdadero prohombre es la incredulidad ante la acusación y el salto a la defensiva en función del hombre y del nombre que son los tesoros de los honestos

Publicada 20 de septiembre 2005, El Diario de Hoy


Roberto López-Geissmann*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Cuando hablamos de crédito, y decimos que tal o cual persona es sujeto de crédito, entendemos que el susodicho califica, están en la categoría de personas, naturales o jurídicas, que han sido aceptadas para devenir sujetos de determinados contratos que serán origen de derechos y obligaciones financieras.

Viene así la credibilidad personal, es decir, don Fulano, o la empresa tal requiere de determinada cantidad y es reconocido como capaz, honorable, de exitosas ejecutorias, o que, bien analizadas se perfilan como factibles y retribuibles, ello les otorga de entrada, que se crea en ellos. Esto se llama confianza.
El crédito también es de índole moral.

Pero esta confianza, que genera la posibilidad de acceder a recursos también se basa en las ejecutorias personales, en los hechos y acciones de las gentes a través de su vida en sociedad. Así, una persona con una trayectoria de toda una vida de honorabilidad –es más, ejemplar- posee por sí una credibilidad ganada por sus mismas ejecutorias en la sociedad.

El licenciado Luis Cardenal es una de las personas más honorables que existen en nuestra sociedad y que, por ello, de acuerdo con lo anterior, debe tener un verdadero caudal de “crédito moral” acumulado.

Las implicaciones de esto son una dosis robusta de seguridad en la comunidad de que esta persona es decente, honrada y, como dice el Código Civil, es un prudente padre de familia, al que se le puede confiar la cartera sin temor.

Sin querer decir que por esto sea impune e inmune, y se deba por lo tanto investigar, analizar y todo lo que fuere conducente según los casos, pero sí será del caso –bien ganado lo tiene– el de pensar bien en principio y darle de entrada el margen de la duda en el peor caso.

Esto debe ser lo normal en una comunidad que no ha sido dominada por la decadencia sensacionalista e inmoral del espec- táculo injurioso y la exhibición descarada de los mejores hombres, ante individuos que no pueden ponerse a la altura, sino rebajando lo superior.

La reacción lógica y sana al cuestionar a un verdadero prohombre es la incredulidad ante la acusación y el salto a la defensiva en función del hombre y del nombre que son los tesoros de los honestos.

Menos aún expresar inmediatos comentarios jocosos, estúpidos y llenos de vilipendio, que no hacen, sino mal esconder una envidia que exhibe el cobre de los que injuriando no hacen, sino demostrar su falta de nobleza.

Cuando decidí escribir este artículo, la alternativa era hablar de los detalles del caso en sí. De cómo se cumplieron las bases de la licitación en forma total y jurídicamente correctas de parte de la empresa Aserradero El Triunfo (no de la persona de Luis Cardenal, lo que es pertinente legalmente, con abundantes precedentes); de cómo la Comisión Evaluadora de Fundasal no objetó en ningún momento dicha participación, de condiciones tan difíciles que había sido declarada desierta y que no reporta mayores márgenes de ganancia; de cómo, en fin, no hubo dolo ni culpa ni daño a bien público y privado alguno, siendo la única malicia la de algunos políticos y medios.

Pero prefiero dejar de lado el aspecto “técnico” o detallado del asunto e insistir en el sentido moral. Es lamentable y penosa esta situación.

Lástima por tu renuncia, y adelante Luis Cardenal, buen hombre, buen amigo y gran caballero... el diamante no deja de serlo porque se le arroje lodo. ¡Que Dios te bendiga!

*Lic. en Ciencias Políticas.


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