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Roberto López-Geissmann*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Cuando hablamos de crédito, y decimos que tal o cual persona
es sujeto de crédito, entendemos que el susodicho califica, están
en la categoría de personas, naturales o jurídicas, que
han sido aceptadas para devenir sujetos de determinados contratos que
serán origen de derechos y obligaciones financieras.
Viene así la credibilidad personal, es decir, don Fulano, o la
empresa tal requiere de determinada cantidad y es reconocido como capaz,
honorable, de exitosas ejecutorias, o que, bien analizadas se perfilan
como factibles y retribuibles, ello les otorga de entrada, que se crea
en ellos. Esto se llama confianza.
El crédito también es de índole moral.
Pero esta confianza, que genera la posibilidad de acceder a recursos también
se basa en las ejecutorias personales, en los hechos y acciones de las
gentes a través de su vida en sociedad. Así, una persona
con una trayectoria de toda una vida de honorabilidad es más,
ejemplar- posee por sí una credibilidad ganada por sus mismas ejecutorias
en la sociedad.
El licenciado Luis Cardenal es una de las personas más honorables
que existen en nuestra sociedad y que, por ello, de acuerdo con lo anterior,
debe tener un verdadero caudal de crédito moral acumulado.
Las implicaciones de esto son una dosis robusta de seguridad en la comunidad
de que esta persona es decente, honrada y, como dice el Código
Civil, es un prudente padre de familia, al que se le puede confiar la
cartera sin temor.
Sin querer decir que por esto sea impune e inmune, y se deba por lo tanto
investigar, analizar y todo lo que fuere conducente según los casos,
pero sí será del caso bien ganado lo tiene el
de pensar bien en principio y darle de entrada el margen de la duda en
el peor caso.
Esto debe ser lo normal en una comunidad que no ha sido dominada por la
decadencia sensacionalista e inmoral del espec- táculo injurioso
y la exhibición descarada de los mejores hombres, ante individuos
que no pueden ponerse a la altura, sino rebajando lo superior.
La reacción lógica y sana al cuestionar a un verdadero prohombre
es la incredulidad ante la acusación y el salto a la defensiva
en función del hombre y del nombre que son los tesoros de los honestos.
Menos aún expresar inmediatos comentarios jocosos, estúpidos
y llenos de vilipendio, que no hacen, sino mal esconder una envidia que
exhibe el cobre de los que injuriando no hacen, sino demostrar su falta
de nobleza.
Cuando decidí escribir este artículo, la alternativa era
hablar de los detalles del caso en sí. De cómo se cumplieron
las bases de la licitación en forma total y jurídicamente
correctas de parte de la empresa Aserradero El Triunfo (no de la persona
de Luis Cardenal, lo que es pertinente legalmente, con abundantes precedentes);
de cómo la Comisión Evaluadora de Fundasal no objetó
en ningún momento dicha participación, de condiciones tan
difíciles que había sido declarada desierta y que no reporta
mayores márgenes de ganancia; de cómo, en fin, no hubo dolo
ni culpa ni daño a bien público y privado alguno, siendo
la única malicia la de algunos políticos y medios.
Pero prefiero dejar de lado el aspecto técnico o detallado
del asunto e insistir en el sentido moral. Es lamentable y penosa esta
situación.
Lástima por tu renuncia, y adelante Luis Cardenal, buen hombre,
buen amigo y gran caballero... el diamante no deja de serlo porque se
le arroje lodo. ¡Que Dios te bendiga!
*Lic. en Ciencias Políticas.

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