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Rafael Rodríguez
Loucel*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Se asegura que en el país la clase media es reducida e incluso
tiende a ser cada vez menos representativa en la conformación absoluta
y porcentual de la estratificación social del país. Existe
una aseveración bastante generalizada de que así como existe
una polarización política, en materia de clases sociales
lo que básicamente existe es el pobre y el rico.
Una hipótesis con buena dosis de tecnicismo se basa en el hecho
de que el ingreso fijo de una importante supuesta clase media se ha estancado
y que, paralelamente al crecimiento de precios de productos básicos,
ha suscitado una deformación en los hábitos de consumo de
esta clase que persiste en adquirir algunos productos no necesariamente
primordiales, circunstancia que ha distorsionado la capacidad de pago
de estos ciudadanos y, por ende, su teórica categoría social,
empujándolos de manera indefectible a una clase que podríamos
denominarla clase media-baja.
Según algunos sociólogos, las categorías o estratos
de ingreso más reconocidos en una sociedad son: alta, media alta,
media, media baja y baja, las cuales suelen identificarse por sus niveles
de ingreso, pero también se pueden ubicar por sus patrones de consumo.
Esta última forma de percibirla a veces no es estricta o es engañosa,
por el simple comportamiento del ser humano identificado con la vanidad
o la apariencia. Personas en el afán de aprobación de los
demás, búsqueda de prestigio, distinción o de una
falsa autoestima, consumen en exceso a sus posibilidades, apariencia que
mueve al engaño en su ubicación en el escalafón socio-económico
del que hablamos.
Un fenómeno que podría no ser exclusivo de El Salvador es
el de las personas que adquieren productos y servicios a un precio elevado,
influenciados por sus preferencias más que por su racionalidad.
Fui testigo de ello en un reciente espectáculo en la Feria Internacional,
local donde se presentó Ana Gabriel, una conocida intérprete
mexicana de baladas y rancheras.
La apariencia de las personas que pagaron $45 por entrada era sencilla,
a juzgar por su vestuario. Se podría decir que eran fieles representantes
del sector informal o receptores de remesas. Sólo en unas pocas
mesas especiales estaban situados funcionarios de las empresas patrocinadoras
del evento.
Los que pueden pagar $45 por asistir a un evento musical podrían
ser calificados como clase media, no por su apariencia, sino por lo que
gastan. Laboran en el sector informal, viven en pequeñas y modestas
casas, visten ropa casual barata o pirateada de marca, se inclinan por
las joyas y sofisticados celulares, carros atractivos, visitan restaurantes
populares y pagan facturas más altas que los que presumen ser de
clase media.
Estos últimos, a veces irracionales, para mantener un alto estatus,
con pesadumbre pagan altas facturas en restaurantes de caché,
donde no hay combos ni mariachis, tal vez música de fondo.
Las entradas del menú son costosas, el aperitivo mucho más,
el plato principal no se diga y la etiqueta exige un sofisticado postre;
después hay dificultades para pagar la tarjeta de crédito,
la cuota del carro adquirido a préstamo y se quejan del aumento
de la gasolina y de las tarifas de los servicios básicos. Los primeros
podrían ser clase media o media alta por los ingresos que obtienen;
los segundos, por lo que gastan.
Una clasificación exacta y rigurosa que se intentase a manera de
censo sería difícil. El fenómeno de las remesas familiares
ha distorsionado en alguna manera la distribución del ingreso.
Sólo a manera de ejemplo, en Intipucá se observan dos o
tres casas que no tienen que envidiarle a las de la Escalón, cuando
menos, y cuyos habitantes toman el sol de la tarde en haraganas, como
se acostumbra en Nicaragua; se autodenominan de clase media baja.
El fenómeno socioeconómico del país ya no es tan
sencillo como antes; las remesas y el marketing han echado al suelo las
famosas motivaciones del consumo, basadas en la racionalidad de las personas,
la imitación es hoy en día lo que predomina y, si
la amiga o el vecino lo tiene, por qué no yo.
Un consumismo pasmoso es ostensible en un país que no ahorra, no
invierte, no produce, no exporta, pero subsiste en el presente sin que
la palabra planificación tenga sentido.
En todo este cuento, los profesionales, supuestamente fieles representativos
de la clase media, son perdedores natos, con tarifas profesionales o salarios
fijos, vendiendo barato y comprando caro, pagadores puntuales y exactos
de impuestos, subsidiarios de servicios públicos y pretendiendo
mantener niveles de consumo para conservar su prestancia, cuando ciertos
técnicos y personas con grado de bachiller o menos sin profesión,
pero sí con oficio obtienen más ingresos y hasta contratan
los servicios de los primeros a precios regateados.
El profesional es entonces un ciudadano distinguido y de mucho mérito,
pero de clase media a puras cachas.
*Vicerrector de la Universidad Tecnológica y colaborador de El
Diario de Hoy. rloucel@utec.edu.sv.

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