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Economía para todos
Estado: ¿Superman?, ¿Simpson?…, (¿o Mr. Magoo?)

La “función productiva” del Estado (que nada tiene qué ver con las “empresas estatales”…), consiste en la provisión de lo que los economistas llaman “bienes públicos”, como los diques de contención

Publicada 20 de septiembre 2005, El Diario de Hoy


Alejandro Alle*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

La revista The Economist destaca en el editorial de su última edición, que “el huracán Katrina dejó en evidencia tanto las debilidades personales, como las estructurales, del Gobierno de los Estados Unidos”, afirmación que es difícil de refutar. El título de tapa es “La vergüenza de América”, y debajo aparece la foto de una señora que llora desconsoladamente.

Lo notable es que ello ocurrió en los Estados Unidos, la sociedad más próspera de la historia de la humanidad (y también la más gorda…, pero ese es otro tema. ¡Nadie los obliga a comer tanto!). Vale la pena revisar por qué llegaron a ser tan ricos, así como entender por qué un desastre natural los golpeó como si fuera un país subdesarrollado.

Si bien es verdad que son varias las razones que explican el grado de desarrollo económico alcanzado por los Estados Unidos durante los siglos XIX y XX, no es menos cierto que algunas causas han sido mucho más determinantes que otras. La principal, sin dudas, es que sus primeros líderes tenían conceptos muy claros en materia económica.

De ello da fe una carta que Thomas Jefferson (el de los billetes de dos dólares, y además tercer Presidente en orden cronológico) le envió a Andrew Jackson (el de los billetes de veinte dólares, y séptimo Presidente).

Allí decía que “un buen Gobierno, inteligente y austero, será el que impida que los hombres se dañen unos a otros, el que los deje libres para buscar sus propios fines económicos, y el que no le quite el pan de la boca a quien se lo haya ganado trabajando”. Bueno, eso lo dicen todos los políticos, en todas partes del mundo…, pero la diferencia es que aquéllos “early gringos”, los que gobernaron en la primera mitad del Siglo XIX, lo cumplieron.

Este tema fue estudiado por James Buchanan, un economista (¡de igual nombre que otro Presidente estadounidense del Siglo XIX!, el antecesor de Lincoln). Claro que el Buchanan al cual me refiero es contemporáneo, ganador del premio Nobel de Economía en 1986 (año en que Maradona levantó la copa del mundo).

Entre los trabajos más importantes (de Buchanan, no de Diego) se destaca la clara definición que hizo de las dos funciones que debe cumplir un Estado moderno: la “protectora” y la “productiva”.

La “función protectora” del Estado (que nada tiene qué ver con “proteccionismo”, ni con “proteger industrias”…), consiste simplemente en mantener el orden y la seguridad, incluyendo la misión de hacer cumplir las reglas que protegen a los ciudadanos de la delincuencia, de los robos, de la violencia, y del incumplimiento de los contratos.

La importancia económica de esta función es vital, ya que cuando el Estado la cumple bien, los ciudadanos sienten confianza en que pueden crear riqueza, sin que el fruto de su trabajo vaya a ser robado por otros (¡ni tampoco por el mismo Estado!).

En términos simples, cuando el Estado cumple en forma adecuada con su función protectora, está creando un fuerte incentivo para que los ciudadanos siembren, porque les otorga la seguridad de que no se les impedirá cosechar. En tales casos, tanto la siembra como la cosecha suelen ser muy abundantes. Y no sólo estoy hablando de agricultura…

Es importante destacar que un Estado que cumple bien con su función protectora, sólo se limita a garantizar que “no se impedirá cosechar”. Pero de ninguna manera debería garantizar “una buena cosecha”, es decir, unos “buenos precios de venta”. Y de nuevo, no sólo estoy hablando de agricultura… (¡ooops!).

La “función productiva” del Estado (que nada tiene qué ver con las “empresas estatales”…), consiste en la provisión de lo que los economistas llaman “bienes públicos”, como los diques de contención para controlar las inundaciones en ciertas ciudades.

Es imposible impedir que alguien que allí vive, se beneficie del “uso” de los diques, aun si no paga, pues si el dique está construido para Juan, también lo estará para Pedro. La solución suele ser que el Estado “produzca” los servicios de contención, encargándose de cobrárselos, vía impuestos, a todos los ciudadanos.

Pero esto no significa que dicha función productiva no pueda ser concesionada, bajo reglas claras y transparentes, a empresas privadas que se sometan a una adecuada supervisión del Estado, el cual deberá verificar que los concesionarios cumplan con las obligaciones asumidas por contrato.

En la reciente inundación de Nueva Orleans, el Estado falló gravemente en sus dos misiones. No cumplió con su función protectora, porque no fue capaz de garantizar ni la seguridad ni los bienes de sus ciudadanos. En muchos casos ni siquiera la vida. No fue el Superman que se esperaba.

Y también falló en su función productiva, pues se suponía que había diseñado y construido adecuados diques de contención. Pero los organismos oficiales, llenos de burocracia, se habían comportado como Homero Simpson.

Hasta ahora sólo conocíamos a “Katrina and the Waves”, la de “Walking on Sunshine”. Esta nueva Katrina, además de obligarnos a olvidar por un tiempo de la “Luna sobre Bourbon Street”, de Sting, nos mostró el tremendo fracaso del Estado, aun en la sociedad más rica del mundo.

¿Qué queda para nosotros, con estados mucho más pobres? Ni siquiera tenemos la excusa de decir que no lo vimos, porque a esto lo vio hasta Mr. Magoo.
Hasta la próxima.

*Ingeniero. Máster en Economía (ESEADE, Buenos Aires). Columnista de El Diario de Hoy. alejandro_alle@yahoo.com


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