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Alejandro Alle*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
La revista The Economist destaca en el editorial de su última
edición, que el huracán Katrina dejó en evidencia
tanto las debilidades personales, como las estructurales, del Gobierno
de los Estados Unidos, afirmación que es difícil de
refutar. El título de tapa es La vergüenza de América,
y debajo aparece la foto de una señora que llora desconsoladamente.
Lo notable es que ello ocurrió en los Estados Unidos, la sociedad
más próspera de la historia de la humanidad (y también
la más gorda
, pero ese es otro tema. ¡Nadie los obliga
a comer tanto!). Vale la pena revisar por qué llegaron a ser tan
ricos, así como entender por qué un desastre natural los
golpeó como si fuera un país subdesarrollado.
Si bien es verdad que son varias las razones que explican el grado de
desarrollo económico alcanzado por los Estados Unidos durante los
siglos XIX y XX, no es menos cierto que algunas causas han sido mucho
más determinantes que otras. La principal, sin dudas, es que sus
primeros líderes tenían conceptos muy claros en materia
económica.
De ello da fe una carta que Thomas Jefferson (el de los billetes de dos
dólares, y además tercer Presidente en orden cronológico)
le envió a Andrew Jackson (el de los billetes de veinte dólares,
y séptimo Presidente).
Allí decía que un buen Gobierno, inteligente y austero,
será el que impida que los hombres se dañen unos a otros,
el que los deje libres para buscar sus propios fines económicos,
y el que no le quite el pan de la boca a quien se lo haya ganado trabajando.
Bueno, eso lo dicen todos los políticos, en todas partes del mundo
,
pero la diferencia es que aquéllos early gringos, los
que gobernaron en la primera mitad del Siglo XIX, lo cumplieron.
Este tema fue estudiado por James Buchanan, un economista (¡de igual
nombre que otro Presidente estadounidense del Siglo XIX!, el antecesor
de Lincoln). Claro que el Buchanan al cual me refiero es contemporáneo,
ganador del premio Nobel de Economía en 1986 (año en que
Maradona levantó la copa del mundo).
Entre los trabajos más importantes (de Buchanan, no de Diego) se
destaca la clara definición que hizo de las dos funciones que debe
cumplir un Estado moderno: la protectora y la productiva.
La función protectora del Estado (que nada tiene qué
ver con proteccionismo, ni con proteger industrias
),
consiste simplemente en mantener el orden y la seguridad, incluyendo la
misión de hacer cumplir las reglas que protegen a los ciudadanos
de la delincuencia, de los robos, de la violencia, y del incumplimiento
de los contratos.
La importancia económica de esta función es vital, ya que
cuando el Estado la cumple bien, los ciudadanos sienten confianza en que
pueden crear riqueza, sin que el fruto de su trabajo vaya a ser robado
por otros (¡ni tampoco por el mismo Estado!).
En términos simples, cuando el Estado cumple en forma adecuada
con su función protectora, está creando un fuerte incentivo
para que los ciudadanos siembren, porque les otorga la seguridad de que
no se les impedirá cosechar. En tales casos, tanto la siembra como
la cosecha suelen ser muy abundantes. Y no sólo estoy hablando
de agricultura
Es importante destacar que un Estado que cumple bien con su función
protectora, sólo se limita a garantizar que no se impedirá
cosechar. Pero de ninguna manera debería garantizar una
buena cosecha, es decir, unos buenos precios de venta.
Y de nuevo, no sólo estoy hablando de agricultura
(¡ooops!).
La función productiva del Estado (que nada tiene qué
ver con las empresas estatales
), consiste en la provisión
de lo que los economistas llaman bienes públicos, como
los diques de contención para controlar las inundaciones en ciertas
ciudades.
Es imposible impedir que alguien que allí vive, se beneficie del
uso de los diques, aun si no paga, pues si el dique está
construido para Juan, también lo estará para Pedro. La solución
suele ser que el Estado produzca los servicios de contención,
encargándose de cobrárselos, vía impuestos, a todos
los ciudadanos.
Pero esto no significa que dicha función productiva no pueda ser
concesionada, bajo reglas claras y transparentes, a empresas privadas
que se sometan a una adecuada supervisión del Estado, el cual deberá
verificar que los concesionarios cumplan con las obligaciones asumidas
por contrato.
En la reciente inundación de Nueva Orleans, el Estado falló
gravemente en sus dos misiones. No cumplió con su función
protectora, porque no fue capaz de garantizar ni la seguridad ni los bienes
de sus ciudadanos. En muchos casos ni siquiera la vida. No fue el Superman
que se esperaba.
Y también falló en su función productiva, pues se
suponía que había diseñado y construido adecuados
diques de contención. Pero los organismos oficiales, llenos de
burocracia, se habían comportado como Homero Simpson.
Hasta ahora sólo conocíamos a Katrina and the Waves,
la de Walking on Sunshine. Esta nueva Katrina, además
de obligarnos a olvidar por un tiempo de la Luna sobre Bourbon Street,
de Sting, nos mostró el tremendo fracaso del Estado, aun en la
sociedad más rica del mundo.
¿Qué queda para nosotros, con estados mucho más pobres?
Ni siquiera tenemos la excusa de decir que no lo vimos, porque a esto
lo vio hasta Mr. Magoo.
Hasta la próxima.
*Ingeniero. Máster en Economía (ESEADE, Buenos Aires). Columnista
de El Diario de Hoy. alejandro_alle@yahoo.com

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