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Una lección
La tragedia de Nueva Orleans

Las situaciones extremas revelan la realidad del ser humano, tanto en el bien como en el mal. La tragedia de Nueva Orleans ha dejado grandes lecciones. Solidaridad, espíritu de servicio, caridad y generosidad.

Publicada 18 de septiembre 2005, El Diario de Hoy

Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Como ocurrió con el ataque terrorista a las Torres Gemelas en Nueva York, era difícil imaginarse que en EE.UU. un fenómeno natural pudiera hacer desaparecer una ciudad, y que esa nación no estaba preparada para hacer frente a una tragedia de semejante magnitud. El mundo entero ha presenciado con dolor cómo la fuerza destructora del agua barrió Nueva Orleans, una de las urbes más encantadoras, por la variedad de culturas y tradiciones representantes de un rico pasado histórico.

Las imágenes dantescas de los habitantes huyendo de la furia de los elementos, mientras el agua continuaba destruyendo cuanto a su paso encontraba; los intentos de los fugitivos por salvar lo más preciado de sus haberes, y la dramática situación de los ancianos, cuya vulnerabilidad no les permitía movilizarse a la velocidad que el caos demandaba.

Al inicio, los refugios establecidos de antemano parecieron ser la solución, pero a medida que los días fueron pasando y los damnificados aumentaban, los lugares se saturaron y hubo desesperación, quejas y acusaciones ante la imposibilidad de hacer frente a la tragedia.

Con el tiempo, el horror aumenta, ya que a medida que las aguas bajan, con desesperante lentitud, descubren su macabro secreto: las personas que no pudieron salir, sepultadas en sus casas, en estado de descomposición, son testigos mudos de la destrucción y un testimonio de la implacable acción de la naturaleza. Y así como los Estados Unidos han sido siempre los primeros en acudir a aliviar el dolor ajeno, el mundo entero se ha solidarizado con ellos.

Las situaciones extremas revelan la realidad del ser humano, tanto en el bien como en el mal. La tragedia de Nueva Orleans ha dejado grandes lecciones. Solidaridad, espíritu de servicio, caridad y generosidad, borrando diferencias e ideolo- gías para tratar de aliviar el dolor ajeno. Pero también la tragedia y el caos, que llevan a la desesperación, tienden a borrar las barreras que establecen las leyes, los principios y las conveniencias y el hombre se convierte en un ser primitivo y destructor. Comenzó el pillaje, el vandalismo, el abuso del fuerte sobre el más débil, el desacato al orden establecido y el olvido de la civilización, lo que llevó a las autoridades a tomar decisiones tan severas como disparar a matar.

Siempre Hollywood y el mundo del espectáculo toman un papel protagónico cuando de situaciones de emergencia nacional se trata, pronto aparecieron los famosos de la pantalla solidarizándose con la agonía de la ciudad ahogada. Algunas celebridades hicieron acto de presencia y ayudaron a repartir víveres y expresar sus sentimientos de pena con los afectados. Pero los montos de las donaciones económicas, como que no cuadran con la capacidad de las superestrellas.

No es novedad que un artista cobre 15, 20 ó 30 millones de dólares por una película y que la recaudación en un fin de semana del film en cartelera supere esas cifras. Las bodas y las fiestas de cumpleaños que ellos acostumbran celebrar cuestan siempre millones. Pero sus contribuciones para Nueva Orleans no están al mismo nivel, con lo que no se cumple el principio de justicia de que hay que dar, en la medida en que se recibe. Alguien donó su guitarra para que fuera subastada, otro dio un concierto para donar la recaudación y algunos aportaron sumas comparativamente modestas, como de 1 millón o $1.5 millones, de Stephen Spielberg, para iniciar una fundación. Nada que pudiera compararse con los millonarios ingresos que en ese gremio se suelen manejar.

Y es que la capacidad de dar es un don que poseen las almas escogidas, que se practica con elegancia de espíritu, sabiendo que da el que quiere, no el que tiene, porque es un privilegio de los seres nobles. Que es importante en la educación de los hijos el enseñarles a dar, así como enseñarles a recibir para que puedan combatir el egoísmo y logren establecer una correcta escala de valores en que el prójimo, en especial en los momentos de necesidad, ocupe un lugar especial. Lo dejó bellamente escrito San Francisco de Asís en su famosa oración: “Porque es dando, cuando verdaderamente recibimos”.

*Columnista de El Diario de Hoy.


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