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Pedro
Roque*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
El jueves 15 de septiembre lo viví en San Vicente, mi ciudad
natal, y digo lo viví, porque participé en diferentes
eventos que me llenaron de satisfacciones.
A las 11:00 de la mañana conocí a Karina Marinela Mejía,
una preciosa niña de 10 años que no oye y no habla y que
hasta ese día, siempre que necesitó moverse, lo hacía
en los brazos de su madre, pues Karina tampoco sabe andar.
Me emocionó ver cómo su madre, con todo amor, sencillez
y agradecimiento, la sentó con mucho cuidado en la silla de ruedas
para niños, que en nombre del Club Rotario San Salvador le entregué
en ese día.
Me conmovió la suave sonrisa de Karina, que no estoy muy seguro
de si entendía, cómo a partir de ese momento cambiaba su
vida, pues tendrá que aprender a moverse sola en su silla de ruedas
y se independizaba de su madre y, por otro lado, el sentimiento de agradecimiento
de su madre, el de un gran amigo y el del párroco de la Iglesia
del Calvario, quienes intervinieron para unir las necesidades de Karina
con el Club Rotario San Salvador.
Satisfechos por haber resuelto uno de los miles de problemas de esta naturaleza
que tenemos en El Salvador, vimos la última parte del desfile desde
el atrio de la Iglesia del Calvario, en el que participaban todos los
colegios y escuelas de San Vicente.
Cuando nosotros desfilábamos los 15 de septiembre en los 50 y60,
comentábamos con mi amigo, sólo había ocho escuelas
y el desfile era de tres cuadras y media. Hoy, tiene por lo menos dos
kilómetros de largo
Así han crecido las ciudades y
así se entiende el crecimiento galopante de nuestro pueblo, de
los dos y medio millones hace 40, a los seis y medio que tenemos en la
actualidad.
Los muchachos y muchachas de primaria y secundaria que desfilaban, unos
con más y otros con menos disciplina, se movían con armonía
siguiendo el ritmo de las bandas que ahora se llaman de paz, de algo que
parece marcha militar y que de pronto se convierte en música de
carnaval, que recuerda las escuelas de samba brasileñas.
Pasado el desfile, en medio de un gran calor, de por lo menos 35 grados,
almorzamos con una excelente paella y, luego de descansar y digerir también
las emociones en una hamaca suave, empezó a las 4:00 de la tarde
un rezo, en memoria de mi hermana mayor, fallecida hace dos años.
Cuando admiraba la fe de las amigas de mi hermana, que muy concentradas
rezaban el rosario, empezó el segundo desfile del día, el
de las escuelas parvularias y los kindergarten.
Como estaba poniendo atención a las oraciones, tuve que contener
mi curiosidad y de pronto me di cuenta de que entre más se acercaba
el desfile y más fuerte se escuchaban las trompetas, los timbales,
las campanas y los tambores, más se concentraban las rezadoras.
Llegó al grado que el ruido del desfile superaba en volumen a las
que rezaban, y fue maravilloso ver y sentir cómo por su fe, no
levantaron la cabeza y continuaron con oraciones.
Al terminar, me permití felicitarlas diciéndoles que este
rezo vale por lo menos por diez, por el grado de concentración
y el ambiente ruidoso en que lo realizaron, que continuamente invitaba
a salir a la calle para ver el desfile de los niños, pues todas
sabían qué es lo que sucedía y de dónde venían
los estruendos.
Al principio no entendía lo fuerte de la música hasta que
supe que las mismas bandas de por la mañana salen por la tarde
y acompañan a los niños pequeños en su propio desfile.
Terminado el rezo, salí a ver el desfile y, al recordar los impedimentos
de Karina, admiré la belleza y los movimientos graciosos de las
niñas y los niños vistiendo orgullosamente sus uniformes.
Cada escuela parvularia o kindergarten llevaba un gran cartel y los niños
iban correctamente uniformados. Me preguntaba al ver los uniformes, por
qué se insiste en que sean cerrados hasta el cuello y los colores
oscuros, cuando tanto los muchachos de la mañana como los niños
de la tarde tienen que desfilar en un ambiente tan caluroso.
El desfile de los niños tiene la particularidad de que sus padres
los rodean con unas cuerdas para delimitarles el espacio, protegerlos
de los espectadores y, al mismo tiempo, guiarles.
Además de sus propios uniformes, vimos desfilar a todos los personajes
de las aventuras animadas de Disney y los fantásticos como Superman
y el Hombre Araña.
Pensé, al ver a los padres tan orgullosos de sus hijos, que Dios
quiera que siempre los cuiden y guíen de esa forma para que sean
muchachos sanos, y cuando también sean mayores de edad, excelentes
ciudadanos salvadoreños.
Así pasé el 15 de septiembre en San Vicente, y mi mejor
deseo es que usted también lo haya pasado bien.
*Ingeniero y columnista de El Diario de Hoy.

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