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Existe el chisme saludable

Hábito. A diferencia de las habladurías que arruinan reputaciones, este tipo de conversaciones, en muchos casos, pueden cambiar conductas en sentido positivo


Publicada 17 de septiembre 2005, El Diario de Hoy

The New York Times
Benedict Carey
El Diario de Hoy

internacionales@elsalvador.com

Los buenos chismes se propagan rápidamente, que pocos tienen tiempo de taparse los oídos, aunque quisieran hacerlo.

El chisme ha sido descartado durante mucho tiempo por los investigadores como poco más que ruido de fondo sin ninguna función útil. Pero algunos investigadores afirman hoy que juega un papel crucial en cualquier estudio de la interacción de un grupo.

Muchos encuentran irresistibles los chismes por buenas razones: no sólo ayudan a aclarar y hacer cumplir las reglas que mantienen en buenas relaciones a las personas que trabajan juntas, según sugieren diversos estudios, sino que hacen circular información crucial sobre la conducta de otros que no puede ser publicada en un manual de la oficina. Los sicólogos afirman que, con la misma frecuencia con que arruina reputaciones, los chismes ofrecen una entrada a los recién llegados a un grupo y una red de seguridad para miembros del grupo que se sienten en peligro de verse excluidos.

“Hay una tendencia a denigrar el chisme como negligente y poco confiable”, que no justifica un estudio serio, indicó David Sloan Wilson, profesor de biología y antropología de la Universidad Estatal de Nueva York en Brighamton y autor de “La Catedral de Darwin”, un libro sobre la evolución y la conducta de grupo. “Pero el chisme parece ser una sofisticada y multifuncional interacción que es importante para vigilar las conductas en un grupo y definir la membresía en el mismo”.

Cuando dos o más personas se reúnen para compartir información confidencial acerca de otra persona que está ausente, con frecuencia propagan noticias importantes, y llevan a cabo un ritual mutuamente protector que pudo haber evolucionado de antiguas conductas de aseo, según algunos biólogos.

Los estudios confirman que el contenido y la frecuencia de los chismes son universales: las personas dedican desde una quinta parte hasta dos terceras partes o más de sus conversaciones diarias al chisme, y los hombres parecen igual de ansiosos por escucharlos que las mujeres.

Actuar furtivamente, mentir y hacer trampa entre amigos o conocidos constituye el mejor material, desde luego, y la mayoría de las personas transmiten su mejor información a por lo menos dos personas más, según los sondeos.

Esta red se extiende casi por todos los grupos sociales y funciona, en parte, para impedir que las personas se desvíen demasiado de las reglas del grupo, escritas o no, según los sociólogos.

En la práctica

En un reciente experimento, Wilson dirigió a un equipo de investigadores que le pidieron a un grupo de 195 hombres y mujeres que evaluaran su aprobación o desaprobación de diversas situaciones en las que las personas hablaban a espaldas de un vecino.

En una, un ranchero se quejó ante otros colegas de que su vecino no arregló una cerca, permitiendo que el ganado vagara y comiera su pasto. El informe fue verídico, y los estudiantes no desaprobaron el chisme.

“Llana y simplemente, debió contar el problema para advertir a otros rancheros”, escribió un participante del estudio, expresando un sentimiento común de que, en este caso, la falta de chismes ponía en riesgo al grupo.

“Nos dicen que se supone que no debemos decir chismes, que nuestra reputación se desploma, pero en este contexto podría existir la expectativa de que contemos chismes: uno está obligado a decir, como una versión informal del código de honor en las academias militares”, aseveró Wilson.


Dada esta función de protección al grupo, muy pocos chismes podrían ser al menos tan peligrosos. Después de todo, el chisme es la moneda social más valuada que existe.

Saber que tu jefe engaña a su esposa, o que alguien tiene un problema con la bebida, podría ser de gran importancia, y en muchos casos cambiar la conducta de una persona en un sentido positivo.

“No participar en los chismes en cierto grado puede ser poco saludable, y anormal”, detalló Sarah Wert, psicóloga de Yale.

El chisme podría implicar humillar a otro para sentirse mejor por comparación. O podría ser simplemente una forma de establecer una conexión y compartir inseguridades. Pero el resultado final, según Wert, suele ser un desahogo saludable de la ansiedad social y profesional.

Los aficionados al chisme suelen sentir qué clase de pláticas discretas tienen más probabilidades de ser aceptadas por un grupo en particular. Por ejemplo, un equipo muy unido con valores claros -trabajar hasta tarde, por ejemplo-, tenderá a recibir bien a una persona que se queja en privado de un colega que se marcha temprano y rechazará a alguien que se queje de las jornadas nocturnas.

Pero, en el grado en que el chisme saludable evolucionó para proteger a grupos sociales, también expondrá finalmente a muchos de aquellos que engañan y traicionan. Cualquier chisme especialmente repugnante tiene uno o varios autores.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




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