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Eduardo Torres*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Recuerdo, por parte de analistas internacionales serios, haber escuchado
en el marco de las celebraciones del 50o. aniversario de la Organización
de las Naciones Unidas (ONU), que el principal logro de esa institución
internacional había sido evitar durante el contexto de la
Guerra Fría una confrontación nuclear.
Ciertamente, la Organización jugó un papel importante de
distensión, desde su creación luego de la Segunda
Guerra Mundial, hasta la caída del Muro de Berlín,
a pesar de las agendas institucionales y no institucionales surgidas desde
las entrañas mismas de su inflada burocracia internacional. Nadie
humanamente sabe, por lo tanto, lo que pudo haber sucedido de no haberse
mantenido canales abiertos para la diplomacia bajo el marco previsto
por la Carta de Naciones Unidas, durante los 50 años de confrontación
entre súper potencias.
Lástima entonces que tiranos como Sadam Hussein irrespetaran con
tanta desfachatez las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas, máxima instancia de la Organización, incumpliendo
desde el fin de la Guerra del Golfo en 1991, resolución
tras resolución sin efectivo costo real. Hay que recordar que siendo
de origen sunita, entre otras cosas, Sadam Hussein mandó a masacrar
a iraquíes kurdos y chiitas, por habérsele sublevado luego
de haber sido derrotado en Kuwait y supuestamente obligado
a capitular en Iraq sus aspiraciones expansionistas, por las tropas de
la coalición internacional.
En realidad lástima, porque hubo también expectativa positiva
con la Cumbre del Milenio, realizada hace cinco años
bajo total ropaje de la Organización. Pudo la ONU haberse reenfocado
al tomar como una de sus prioridades el combate a la pobreza, verdadero
flagelo de la humanidad. Empero, muy pocos parecerían estar conformes
con lo que hoy, en su 60o. aniversario, ofrece la Organización.
Peor aún: a la víspera del inicio de la actual Cumbre en
Nueva York, en palabras de la revista británica The Economist,
el comité independiente que investigó la administración
en Iraq del programa de Naciones Unidas petróleo por alimentos
realizado durante el régimen de Sadam Hussein, castigó
virtualmente cada área de la institución internacional,
incluyendo al Consejo de Seguridad. El reporte, continúa
la revista, pinta un oscuro cuadro de corrupción, tanto dentro
como fuera del sistema de las Naciones Unidas, con evidencias de sobornos,
retornos, traspasos y otras negociaciones ilícitas ocurridas en
la vastedad del amplio programa.
Así, luego de meses de deliberaciones, se llegó a la actual
Cumbre de 60 años con un documento borrador que entre otras cosas
intentó entre las reformas propuestas, ampliar el Consejo de Seguridad
de la ONU, cuyos miembros permanentes, todos con derecho a veto de las
decisiones estratégicas, son Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña,
Francia y China.
Alemania, Japón, Brasil y la India formaron una alianza que, al
no haber conseguido el apoyo de la Unión Africana (53 votos), quedó
imposibilitada de lograr dos terceras partes (128 de los 191 estados miembros),
que se requiere para aprobar una reforma.
Hay, a su vez, diferentes criterios entre las naciones más industrializadas,
sobre cómo apoyar la lucha contra la pobreza, aunque parecería
ser que el compromiso de aportar el 0.7% del Producto Interno Bruto de
estas naciones, para el desarrollo de los países más pobres,
léase los africanos, continuará. Según The
Economist, la razón por la cual pobreza para el mundo
industrializado implica África, es porque en América
Latina, todos los países, a excepción de un par (Haití
y Nicaragua), están oficialmente clasificados como de renta
media, y todos (excepto Cuba) son democracias.
Afortunadamente, dice la revista, hay esperanza de que mejore la lucha
contra la pobreza, debido a que los gobiernos democráticos de América
Latina han iniciado grandes e innovadores esfuerzos para atacarla. Los
programas, se afirma en el artículo No siempre con nosotros,
publicado en el marco de la Cumbre en Nueva York, se centran en el pago
de efectivo para familias pobres, como condición, por ejemplo,
de que mantengan a sus hijos en las escuelas y que los lleven con regularidad
a citas médicas.
Cinco millones de familias reciben este tipo de pagos en México,
y 7.5 millones en Brasil. Este tipo de esquemas de transferencia
de efectivo, como se les denomina, entre otras diferencias con la
inversión social, van directamente hacia los más
pobres.
Válido el esfuerzo que El Salvador realiza por acceder a los fondos
del Milenio, a pesar de ser país de renta media. Siendo
imperiosa la necesidad de reformar Naciones Unidas, ojalá que,
aunque tímidos, los acuerdos alcanzados, puedan servir de base
para la modernización y eficiencia del máximo foro político
internacional.
*Lic. en Ciencias Jurídicas y columnista de El Diario de Hoy.

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