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Reencuentro
Dos décadas separadas de su familia

Años 80. A Imelda y su hermana María las separaron y las enviaron con nuevos padres a EE.UU. Les dieron apellidos diferentes y fueron apartadas de todo lo que conocían de El Salvador


Publicada 16 de septiembre 2005, El Diario de Hoy

Fotos EDH / The New York Times


The New York Times
Yvonne Abraham
El Diario de Hoy

internacionales@elsalvador.com

La salvadoreña Imelda Auron repasó miles de veces sus recuerdos de aquella trágica noche. La mano de su hermano mayor sobre su boca. Una hermana a la que los sujetos armados de los que pretendía huir le dispararon dos veces. Sus padres muertos en el piso. Era el año 1980, en medio de la agresión armada. Sólo tenía cuatro años.

Unos años después, a Imelda y su hermana María Cebollero las enviaron con nuevos padres a EE.UU. Imelda, de 7 años, fue adoptada por una mujer de Hyde Park. María, de 3, fue con una pareja de Long Island. Les dieron apellidos diferentes y fueron apartadas de todo lo que conocían de El Salvador.

Veintiún años después de salir de su tierra natal, Imelda era feliz, pero sentía una inquietud persistente: sin ser totalmente estadounidense, tampoco se identifica con los salvadoreños.

“Así me he sentido toda mi vida”, dijo. “Como una marginada”.
Ahora maestra de preescolar en Jamaica Plain, anhelaba saber si sus recuerdos eran reales.

María no tuvo el consuelo de siquiera tener recuerdos vagos. Llevada de hogares comunitarios a familias de acogida desde que tenía 12 años, terminó en Dorchester y ahora trabaja como bailarina desnudista. Ya que había pasado toda su vida en EE.UU., anhelaba algo que la amarrara.

“Cuando estaba sola en algún lugar, sólo quería el abrazo de una madre de verdad”, confesó María. “Le rezaba a Dios que mandara el espíritu de mi madre para que pudiera ver su rostro”.

Fotos EDH / The New York Times

Las preguntas acosaban a las hermanas, que habían estado en contacto desde que eran niñas: “¿Por qué asesinaron a sus padres? ¿Quién quedaba de su familia? Crecieron sin saber cosas fundamentales: ¿En qué trabajaba su padre? ¿Cómo sonreía su madre? De pronto, las respuestas estaban a su alcance.
Imelda envió un correo electrónico a la Asociación Pro-Búsqueda de Niñas y Niños
Desaparecidos, un organismo en El Salvador que busca a niños adoptados durante los 12 años de conflicto armado. Cuando el 13 de junio recibió respuesta, apenas podía creerlo. Pro Búsqueda había encontrado a la familia de las hermanas. De inmediato se fijó un reecuentro familiar para el 2 de julio.

Conforme se acercaba el viaje a El Salvador, los correos electrónicos del organismo ponían en el centro a su familia. Había dos hermanos sobrevivientes y una hermana, 14 sobrinas y sobrinos. La familia es muy pobre y vive en el municipio de Apopa, en un área peligrosa, invadida por pandillas.

Los días anteriores a la reunión, Imelda, de 29 años, y María, de 25, estaban emocionadas y nerviosas. Se preguntaban qué aspecto tendría su familia. Les preocupa no estar a la altura de sus expectativas.

“Es enorme”, manifestó Imelda antes de salir de Boston. “Mi mente está saturada de tantos pensamientos. Siento que esto me va a completar. ¿Pero y después, qué va a pasar?

La emotiva reunión

Las hermanas se agarraban con fuerza las manos en la parte trasera de una camioneta que daba tumbos por el camino de terracería lleno de surcos en una colina, pasaba chozas con pollos y mujeres atentas que vendían naranjas a un lado del camino. Se detuvieron afuera de una de las casas más grandes del pueblo, prestada para la reunión.

Fotos EDH / The New York Times

Ambas pisaron el patio de enfrente y de inmediato su pasado se les vino encima. Cecilia, de 33 años, parecida mucho a Imelda, corrió hacia ellas. Salvador, de 38 años, abrió los brazos y abrazó a las dos hermanas al mismo tiempo.

Docenas de niños de pelo negro las rodearon. Todos se abrazaban entre sí, llorando de alegría y tristeza, se hacían para atrás para revisar las caras unos de otros y volvían a abrazarse fuerte.
Al principio, nadie podía decir nada. Después, todos hablaban al mismo tiempo.

“No lloren, mis hijas”, dijo Maura Sandoval Ávalos, de 63 años, una prima que cuidó a las hermanas después del asesinato de sus padres. “Ahora están en casa”.

“Es una emoción indescriptible verlas otra vez”, expresó Cecilia. “Siempre quise tener una hermana que se pareciera a mí”.

“No saben cuánto las he extrañado”, manifestó Carlos. “Todos estos años me he preguntado: ¿dónde estarán? ¿Dónde estarán?”.

Los traductores se acercaron a los parientes que se abrazaban para ayudar a Imelda, que habla algo de español, y a María, que no lo habla, a entender lo que decía su familia.

Parientes ayudaron a las hermanas a reconstruir imágenes más completas de ellas mismas gritando recuerdos de un lado a otro del vehículo. Uno de los niños trajo una fotografía enmarcada y desdibujada de sus padres y dos hermanas mayores. Imelda y María se quedaron mirándola en silencio, viendo por primera vez los rostros jóvenes y serios de sus progenitores. La fotografía había sido tomada poco antes de que murieran Antonia Marroquín, Salvador Ávalos y sus dos hijas mayores.

“¿Por qué mataron a nuestros padres?, preguntó por fin Imelda. “¿Fue porque se dedicaban a la política?”.

Salvador Ávalos fue un católico evangelista, que en repetidas ocasiones denunció actos de barbarie.

“Mi padre solía decir: ‘Un día me van a matar’”, recordó Salvador. “Y los mataron como a perros”.

A las 11:30 de la noche del 31 de julio de 1980, sujetos armados irrumpieron en la casa. Diez minutos después, estaban muertos el padre, la madre embarazada y las hermanas mayores. Salvador, de 13 años, salió corriendo y logró salvarse.

El pasado

Salvador y Carlos mostraron a sus hermanas su casa.
- Al entrar, ambas retrocedieron perturbadas. “No soporto esto”, explicó Imelda.
- Ellas no tenían ni idea de lo que significa ser pobre hasta ahora.
- Salvador y Carlos entraron al ejército para ganar dinero.
- Pero durante los últimos diez años más o menos, Salvador ha empujado un carrito de paletas por toda la capital, con lo que en los meses buenos saca alrededor de 200 dólares.
- Gran parte de ese dinero lo ha gastado en vodka, confesó a las hermanas, para tratar de quitarse el sufrimiento que le causa que se haya ahogado su hija de 11 años.
- Carlos formó parte del Batallón Atlacatl y resultó herido cuando pisó una mina terrestre. Él está atormentado por sus experiencias en la guerra, dijo Salvador. Ahora, el saber de sus hermanas le hacía olvidar sus penas.

Extrañas en su terruño

La mañana después de la reunión, Imelda y María caminaron al centro comercial de San Salvador para reunirse con Salvador, Cecilia y tres de sus hijas. Imelda caminó lentamente, temiendo otro día con su familia. No tenía nada que decir. Deseaba tan sólo poder irse.

“Te digo, no sé qué hacer con ellos”, dijo a Marco Navarrete, el sicólogo de Pro Búsqueda que ayudaba a la familia a conocerse.
Imelda estaba aceptando una realidad incómoda: a pesar de ser una familia, a pesar de lo que pasaron juntos 25 años atrás, eran desconocidos.

Al fin, el grupo pasó por una zapatería, donde las hermanas estadounidenses eligieron y compraron zapatos para Salvador y Cecilia y las tres niñas. Salvador se puso sus nuevos tenis café claro.

Salvador pensaba en Carlos, quien se perdió el viaje de compras, porque no pudieron localizarlo.

“Salvador aprecia todo lo que están haciendo por él”, manifestó Navarrete a las hermanas cuando salían de la zapatería. “Pero está preocupado por Carlos. Dice que los zapatos especiales que necesita cuestan 30 dólares”. “Los compramos”, dijo Imelda contrariada.

María quería saber todo lo que se habían perdido en estos años. En una comida de pollo frito y pizza, con Navarrete como traductor, Salvador les contó de la vez que lo robaron cuando vendía paletas. Se levantó la manga para mostrar el lugar del brazo donde el ladrón lo hirió con un machete. María tocó la profunda cicatriz morada.

El alcohol hizo que engordara, le contó Salvador. “Bebo mucho a causa de mi pasado”, expresó.

“Pero ahora tienes un nuevo comienzo”, le dijo ella.
Mientras sus dos hermanas y su hermano estaban sentados a la mesa inmersos en la conversación, Imelda atendía a las niñas. Cuando dieron las dos de la tarde, ella concluyó la visita antes de tiempo. Quería salir del centro comercial. Quería salir del país.

No era sólo por la pobreza, expresó después. Sus hermanos parecían dulces por momentos y, de alguna forma, siniestros en otros. Sus hermanos la vieron como una especie de madre, buscándola para arbitrar sus discusiones, escuchar sus quejas y proveerlos. Al haberse reunido ahora, sintió que había cedido más de lo que había obtenido.

“Pensó que los iba a encontrar después, cuando hubiese hecho todas las cosas que quería hacer en mi vida. Sé que es realmente egoísta, pero mi vida anterior se ha esfumado, y es difícil saber que ya no será lo mismo”.

La despedida


Antes de salir del centro comercial, Imelda dio a Salvador 30 dólares para los zapatos de Carlos.

La mañana siguiente, las hermanas tomaron un taxi para ver a su familia en Las Flores, antes de que María regresara a Boston e Imelda fuera a una misión voluntaria en La Libertad.
Llegaron para encontrar a Salvador con una terrible “goma”. Se sentía apenado. Se sentía avergonzado. Se había gastado en alcohol todo el dinero que las hermanas le mandaron a Carlos. “Por favor, no le digan a Carlos”, suplicó.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




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