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Marcela
Sánchez*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Hace casi un cuarto de siglo, poco después de su elección,
el Presidente Ronald Reagan se refirió a México como uno
de nuestros dos vecinos en América del Norte. Esas
pocas palabras pueden parecer tan insignificantes hoy como lo fueron para
muchos de los que las escucharon en aquel entonces. Pero para México
se convirtieron en un símbolo de un cambio dramático en
las relaciones entre Estados Unidos y México. Ellas representaban
el momento en que Estados Unidos reconocía a México como
algo más que simplemente parte de América Latina.
En unos 25 años, los mexicanos probablemente recuerden de manera
similar los eventos que ocurrieron esta semana. En Gulfport, Miss., el
Presidente Bush personalmente les agradeció a tropas mexicanas
por trabajar juntos, con sus contrapartes estadounidenses,
en ayudar a reconstruir una escuela primaria devastada por el Huracán
Katrina. Frente a reporteros y fotógrafos, Bush estrechó
la mano de los militares mexicanos cuyos uniformes enarbolaban visiblemente
la palabra MARINA en su pecho.
El fotografiado encuentro fue el punto culminante en una semana de orgullo
para México, que por primera vez en 159 años envió
tropas a territorio estadounidense. Además de los marinos en Misisipi,
un convoy militar con cerca de 200 soldados marchó orgullosamente
ante el júbilo de quienes los aplaudieron entre Laredo y San Antonio,
Texas, donde establecieron un campamento y empezaron a proveer asistencia
dental y médica; aunque lo más memorable ha sido la repartición
de casi 35.000 comidas calientes a damnificados y voluntarios de Katrina.
El legado de Reagan en América Latina es polémico. Pero
en 1981, por lo menos para México, su gesto inicial ayudó
a generar un nuevo optimismo y a cambiar el tono en las contenciosas relaciones
bilaterales. Como ahora, la inmigración estaba entonces al centro
de la atención. Durante el segundo período presidencial
de Reagan, Washington encaró el tema y suscribió una substancial
reforma migratoria que incluyó la amnistía a miles de inmigrantes
ilegales.
La imagen de Bush con los marinos mexicanos podría considerarse
la segunda oportunidad, durante su mandato, de un momento simbólico
para México. El primero llegó y se fue en los primeros meses
de Bush cuando el Presidente mexicano Vicente Fox hizo la primera visita
de Estado de un mandatario a la Casa Blanca. Como Reagan antes, Bush había
desarrollado una excelente relación personal con su contraparte
mexicano y parecía estar sinceramente comprometido con cambiar
la forma en que Estados Unidos y México interactuaban. Pero el
optimismo y las sonrisas engendradas por los dos cowboys no sobrevivió
a los ataques del 11 de septiembre, cuando México se tardó
en mostrar su apoyo. El tono de la relación ha sido tensa desde
entonces; ambos lados intercambian críticas que van desde la seguridad
fronteriza hasta problemas raciales.
Si bien todos están reacios a elevar las expectativas prematuramente
en México, el reconocimiento a la ayuda humanitaria por parte de
Bush y el deseo de Washington de aceptarla es bien recibido en los medios
mexicanos. Al igual que la breve, pero significativa frase de Reagan,
el gesto de Bush se ve como una muestra de cortesía y humildad,
características que normalmente pocos asocian con Washington y
en particular no con la actual administración.
El Embajador estadounidense en México, Antonio O. Garza, llevó
esta impresión aún más lejos en una carta abierta
al pueblo mexicano el martes en la que ofreció el respeto,
la gratitud y el reconocimiento sincero del pueblo de los Estados Unidos
a la asistencia mexicana. Garza insistió en que los Estados
Unidos nunca olvidarán la generosidad de México durante
estos tiempos difíciles.
Entre tanto, Ana María Salazar, una ex funcionaria del Pentágono
y actual comentarista en medios mexicanos, en una columna en el diario
mexicano El Universal dijo que confía en que la asistencia militar
mexicana abra espacio para que Fox pueda reanudar el debate con
Washington en temas más allá de la violencia fronteriza.
En otra columna, Jeffrey Davidow, ex embajador estadounidense en México,
escribió que la importancia histórica de la
asistencia mexicana a los damnificados de Katrina no debe ser subestimada
en ningún lado de la frontera. En una comparación
entre la respuesta inicial de México a los damnificados de Katrina
y su vulgar e indiferente manifestación de falta de compasión
y de interés después de los ataques del 11 de septiembre,
Davidow afirmó que México ha demostrado que aunque manejar
la relación con Washington es difícil no es imposible.
Hubo algunos en México que estuvieron reacios a responder con ayuda
después de Katrina, temerosos de que el envío de tropas
mexicanas al norte del Río Bravo estableciera un precedente peligroso
que Estados Unidos pudiera usar como pretexto para enviar sus propias
tropas al sur. Dicho sentimiento es real, pero afortunadamente esta vez
no interfirió con la cooperación mexicana. Tal vez, como
lo dijo el ex embajador mexicano y presidente del Consejo Mexicano de
Asuntos Internacionales, Andrés Rozental, aquellos que abrigan
esos temores mantienen vivo el bagaje histórico de hechos
que ocurrieron hace ya demasiados años.
Tanto la ayuda mexicana como el reconocimiento de ésta por parte
de Bush son avances muy bien recibidos que debieran servir para recordar
cuán lejos puede llegar la diplomacia estadounidense con sólo
tratar a sus vecinos del sur de igual a igual.
*Columnista del Washington Post.

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