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Federico Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Un extraño espécimen de varón se apareció
por San Salvador, hace un par de meses, invitado por la Fundación
Sí a la Vida, para disertar en el evento Familia:
núcleo de la sociedad. Aunque se trataba de una estrella
cinematográfica, nadie podía encasillarlo como un actor
más de Hollywood. Y aunque su última película le
granjeó la fama internacional, ahora le resulta más difícil
encontrar papeles protagónicos en la Meca del cine.
Convengamos primero en algo: de todas las expresiones artísticas
que caracterizan a las actuales culturas globales, el cine es una de las
más exitosas, y, en consecuencia, una de las más influyentes.
Especialmente en la vertiginosa época que vivimos, en la que parece
no haber tiempo para las elaboraciones complejas, las nuevas generaciones
encuentran en los sistemas audiovisuales, muchas veces, las únicas
fuentes de información.
A través de la televisión o el cine, los más jóvenes
se ven expuestos a un bombardeo iconográfico sin filtros ni procesamientos
valorativos. La recepción lineal de esta información precaria
contribuye al deterioro de la conciencia crítica, así como
a la adopción irreflexiva de simbologías en las que impera
la superficialidad. El resultado es que tenemos generaciones cuyo comportamiento
está definido por la distinción visual (facultad primaria)
y no por el ejercicio intelectivo (fuente de las distinciones más
profundas).
Todavía es temprano para saber si las nuevas simbologías
derivarán en inquietudes más trascendentes, o si los sistemas
de valores tradicionales se verán retribuidos, eventualmente, por
un rechazo espontáneo de los contenidos sin utilidad real. Lo que
de momento parece evidente es que el mundo se mueve al ritmo del espacio
y el tiempo que separan a una imagen de la siguiente.
En el caso particular del cine, la transmisión iconográfica
tiene dos características muy claras: es culturalmente sugestiva
y es altamente rentable. Entrenados en este vaivén, los productores
cinematográficos han descubierto, mucho antes que lo hicieran otras
industrias, que la identificación parcial con un valor determinado
activa, en el consumidor, una adhesión permanente a las diversas
formas que este valor asume en la realidad.
Dicho de otra manera, el valor belleza sumamente explotado
por los grandes estudios de Hollywood inundará la taquilla
de dinero si encuentra una adecuada representación iconográfica
en la pantalla. Y si a ese mismo valor (encarnado por el galán
o la diva de turno) se le suman valores periféricos como riqueza,
talento o éxito, la boletería reflejará
la adopción masiva de nuevas categorizaciones sociales, y, cabe
suponer, nuevas tendencias culturales.
Y aunque en el análisis de los fenómenos culturales no existen
formulismos que arrojen productos incuestionables, las evidencias expuestas
arriba corresponden a los patrones que están definiendo la conducta
de la juventud latinoamericana, por lo que con mayor razón se hace
necesario analizar el insólito caso del actor Jim Caviezel.
Nacido en Mount Vernon, Washington, en el seno de una familia católica
practicante, James
Patrick Caviezel es una fulgurante estrella de Hollywood que, por contradictorio
que esto pueda parecer, conoció las honduras de su fe a medida
que fue encontrando el éxito cinematográfico. Como hicieron
muy contados iconos del espectáculo mundial entre los que
cabría mencionar a Franco Zeffirelli o Alec Guiness, Caviezel
tomó la inusual decisión de permanecer fiel a su religión
y no dejarse tentar por los relativismos imperantes. De hecho, en un ambiente
donde el actor que no trata de seducir a su guapa co-estrella es considerado
gay, a él se le conoce como El caballero Jim.
En el evento de la Fundación Sí a la Vida, Caviezel,
tímido natural, hizo gala de una impresionante capacidad oratoria,
transformación que únicamente se explica por la fuerza de
sus convicciones. En el punto culminante de su exhortación, luego
de hacer resonar, en arameo, las palabras de Jesucristo que le tocó
interpretar en La Pasión, Jim se atrevió a cuestionar
a su emocionada audiencia: ¿Dónde estamos nosotros,
los que nos creemos buenos?. Era su forma de recordarnos que las
sociedades humanas no se transforman a control remoto, sino cuando los
hombres y mujeres que las componen deciden convertirse en agentes de transformación.
Estrellas de la pantalla que tuvieran conciencia de su responsabilidad
como referentes culturales le harían un favor enorme al planeta,
despertando en los jóvenes intereses más nobles y perdurables
que ganar millones de dólares o conquistar a miles de chicas. Jim
Caviezel lo está haciendo, y en uno de los mundos más mezquinos
que existen: el de Hollywood. La pregunta es: ¿Podemos hacer algo
nosotros también, allí donde estemos?
*Presidente de Concultura.

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