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Tema para meditar
¿Sabía usted que “Cristo” vino?

Estrellas de la pantalla que tuvieran conciencia de su responsabilidad como referentes culturales le harían un favor enorme al planeta, despertando en los jóvenes intereses más nobles y perdurables

Publicada 13 de septiembre 2005, El Diario de Hoy


Federico Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Un extraño espécimen de varón se apareció por San Salvador, hace un par de meses, invitado por la Fundación “Sí a la Vida”, para disertar en el evento “Familia: núcleo de la sociedad”. Aunque se trataba de una estrella cinematográfica, nadie podía encasillarlo como un actor más de Hollywood. Y aunque su última película le granjeó la fama internacional, ahora le resulta más difícil encontrar papeles protagónicos en la Meca del cine.
Convengamos primero en algo: de todas las expresiones artísticas que caracterizan a las actuales culturas globales, el cine es una de las más exitosas, y, en consecuencia, una de las más influyentes.

Especialmente en la vertiginosa época que vivimos, en la que parece no haber tiempo para las elaboraciones complejas, las nuevas generaciones encuentran en los sistemas audiovisuales, muchas veces, las únicas fuentes de información.

A través de la televisión o el cine, los más jóvenes se ven expuestos a un bombardeo iconográfico sin filtros ni procesamientos valorativos. La recepción lineal de esta información precaria contribuye al deterioro de la conciencia crítica, así como a la adopción irreflexiva de simbologías en las que impera la superficialidad. El resultado es que tenemos generaciones cuyo comportamiento está definido por la distinción visual (facultad primaria) y no por el ejercicio intelectivo (fuente de las distinciones más profundas).

Todavía es temprano para saber si las nuevas simbologías derivarán en inquietudes más trascendentes, o si los sistemas de valores tradicionales se verán retribuidos, eventualmente, por un rechazo espontáneo de los contenidos sin utilidad real. Lo que de momento parece evidente es que el mundo se mueve al ritmo del espacio y el tiempo que separan a una imagen de la siguiente.

En el caso particular del cine, la transmisión iconográfica tiene dos características muy claras: es culturalmente sugestiva y es altamente rentable. Entrenados en este vaivén, los productores cinematográficos han descubierto, mucho antes que lo hicieran otras industrias, que la identificación parcial con un valor determinado activa, en el consumidor, una adhesión permanente a las diversas formas que este valor asume en la realidad.

Dicho de otra manera, el valor “belleza” —sumamente explotado por los grandes estudios de Hollywood— inundará la taquilla de dinero si encuentra una adecuada representación iconográfica en la pantalla. Y si a ese mismo valor (encarnado por el galán o la diva de turno) se le suman valores periféricos como “riqueza”, “talento” o “éxito”, la boletería reflejará la adopción masiva de nuevas categorizaciones sociales, y, cabe suponer, nuevas tendencias culturales.

Y aunque en el análisis de los fenómenos culturales no existen formulismos que arrojen productos incuestionables, las evidencias expuestas arriba corresponden a los patrones que están definiendo la conducta de la juventud latinoamericana, por lo que con mayor razón se hace necesario analizar el insólito caso del actor Jim Caviezel.

Nacido en Mount Vernon, Washington, en el seno de una familia católica practicante, James
Patrick Caviezel es una fulgurante estrella de Hollywood que, por contradictorio que esto pueda parecer, conoció las honduras de su fe a medida que fue encontrando el éxito cinematográfico. Como hicieron muy contados iconos del espectáculo mundial —entre los que cabría mencionar a Franco Zeffirelli o Alec Guiness—, Caviezel tomó la inusual decisión de permanecer fiel a su religión y no dejarse tentar por los relativismos imperantes. De hecho, en un ambiente donde el actor que no trata de seducir a su guapa co-estrella es considerado “gay”, a él se le conoce como “El caballero Jim”.

En el evento de la Fundación “Sí a la Vida”, Caviezel, tímido natural, hizo gala de una impresionante capacidad oratoria, transformación que únicamente se explica por la fuerza de sus convicciones. En el punto culminante de su exhortación, luego de hacer resonar, en arameo, las palabras de Jesucristo que le tocó interpretar en “La Pasión”, Jim se atrevió a cuestionar a su emocionada audiencia: “¿Dónde estamos nosotros, los que nos creemos buenos?”. Era su forma de recordarnos que las sociedades humanas no se transforman a control remoto, sino cuando los hombres y mujeres que las componen deciden convertirse en agentes de transformación.

Estrellas de la pantalla que tuvieran conciencia de su responsabilidad como referentes culturales le harían un favor enorme al planeta, despertando en los jóvenes intereses más nobles y perdurables que ganar millones de dólares o conquistar a miles de chicas. Jim Caviezel lo está haciendo, y en uno de los mundos más mezquinos que existen: el de Hollywood. La pregunta es: ¿Podemos hacer algo nosotros también, allí donde estemos?

*Presidente de Concultura.



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