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Economía para todos
Indicadores, cegueras y… supersticiones

Veamos las inversiones. Sin dudas, el nivel de inversiones que existe en un país en un momento determinado, es un indicador vital para saber qué (¡y cuánto!) se producirá durante los próximos años

Publicada 13 de septiembre 2005, El Diario de Hoy


Alejandro Alle*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Se suele decir, con acierto, que un economista es el experto que nos explicará mañana, por qué no se han cumplido hoy sus predicciones de ayer (esto también aplica para los comentaristas deportivos). ¡Ah!, nos dicen que es porque se basan en estadísticas.

Justamente porque las estadísticas pueden ser manipuladas para demostrar casi cualquier cosa…, es que si queremos distinguir la información confiable de la que no lo es tanto, vale la pena entender qué son los indicadores económicos: qué “indican”, y qué limitaciones tienen.

¿Limitaciones? Claro, porque algunos de ellos, tomados en forma aislada, pueden dar resultados notablemente… falsos. Por lo tanto, para no tener sorpresas, siempre es importante analizar más de uno a la vez, reduciendo de tal modo las posibilidades de obtener conclusiones erróneas. Evitando de tal modo caer en supersticiosas numerologías astrológicas (sobre todo hoy. Mire la fecha…).

Por ejemplo, para conocer la tendencia económica de un país en el mediano y largo plazo, los indicadores más representativos son los que se refieren a tres temas claves: empleo, productividad e inversiones. Veamos qué dice cada uno de ellos.

Comencemos con el empleo, cuya medición es compleja, siendo las principales fuentes de datos los censos. Los relevamientos domiciliarios son generalmente los más confiables, pues los que se hacen directamente a los empleadores tienden a contabilizar doble a la gente con más de un empleo, y por tanto distorsionan las cifras.

¿Por qué es importante el empleo? En primer lugar, porque una persona sin empleo es una familia sin ingresos, lo cual es muy malo y debe evitarse. Y además, porque el nivel de producción de un país depende, entre otras cosas, de la cantidad de personas empleadas, de las horas trabajadas y de la educación y entrenamiento de los trabajadores.

Veamos en segundo lugar la productividad, que suele definirse como la producción total de un país en un año, dividida por alguna unidad que mida la cantidad de trabajo efectuado en dicho período. ¿Cuál? La cantidad de trabajadores, o el total de horas trabajadas.

¿Por qué normalmente sólo se habla de la productividad del trabajo? Porque es la más fácil de medir (y así nos evitamos trabajo…). Pero, ¿de qué otras podría hablarse? De la productividad de la tierra, que es básicamente fija, y de la productividad del capital, que es difícil de medir en forma directa, pero que está muy relacionada con la del trabajo.

En efecto, cuanto mayor capital exista en un país, mayor será la productividad por trabajador, lo cual se traduce en una mayor producción. Esto no se deberá a que la gente ponga más empeño ni se esfuerce más, sino simplemente a que sus tareas se verán favorecidas por la existencia de máquinas, o de sistemas automáticos. O quizás de autopistas de triple carril, si lo que estamos analizando es la productividad de un motorista.

La productividad se suele expresar en “números índices”, cuyas variaciones porcentuales a lo largo del tiempo pueden compararse con las de otros países. ¿Un ejemplo típico del resultado que ofrecen? Por ejemplo, que en promedio, en el período 1990-2000, los 30 países más industrializados del mundo incrementaron su productividad a razón de 2.1% anual.

Finalmente, veamos las inversiones. Sin dudas, el nivel de inversiones que existe en un país en un momento determinado, es un indicador vital para saber qué (¡y cuánto!) se producirá durante los próximos años. En términos generales, se dice que existe una inversión cuando se destinan recursos económicos para montar fábricas, construir maquinarias, diseñar software, fabricar equipos, hacer viviendas, etc.

Como suele ocurrir con las estadísticas (y van…), normalmente hay anomalías a la hora de identificar qué es consumo y qué es inversión. Ocurre que si bien es fácil establecer que las pupusas que usted compra el domingo por la noche son consumo, al igual que la ropa para que su hijo vaya a la escuela, no todos los bienes son tan fácilmente clasificables.

Más aún, no siempre se siguen reglas consistentes a la hora de contabilizarlos. Por ejemplo, los gastos que hacen los gobiernos en carreteras o en educación son registrados como consumo en muchos países, aun cuando algunos de ellos deberían ser considerados como inversión.

Asimismo, los automóviles comprados por las familias, pese a tener una duración superior a un año, son considerados en la mayoría de los países como consumo. En síntesis, los números que indican las estadísticas de consumo tienden a estar sobredimensionados, mientras que los que indican las estadísticas de inversión, subdimensionados.

Pero esto no es tan grave, ya que en casi todos los países ocurre lo mismo, razón por la cual las comparaciones no resultan ser tan distorsionadas. Lo concreto es que las estadísticas dicen (y tómelo como una referencia general, porque tampoco es cuestión de descreer de todo dato que vea…), que la inversión en los países desarrollados oscila alrededor de un 20% del total de su producción, mientras que en los países subdesarrollados que crecen mucho, como los del sudeste asiático, está en el orden del 30% del total de su producción.

Con los números de empleo, de productividad, y de inversiones, podrá conocer la tendencia económica de mediano y largo plazo de un país. Eso sí, interpretándolos en forma conjunta, y sin confiarse si alguno es “demasiado” bueno, o “demasiado” malo. De lo contrario hay peligro de que tanto numerito suelto nos deje ciegos, como Steve Wonder, el que cantaba “Superstition”.
Hasta la próxima.

*Ingeniero. Máster en Economía (ESEADE, Buenos Aires). Columnista de El Diario de Hoy. alejandro_alle@yahoo.com



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