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Palabras
Los ríos trazados del destino

Nuestras vidas son ríos trazados que bajan desde lo alto de los montes, buscando el inmenso mar de su destino.

Publicada 13 de septiembre 2005, El Diario de Hoy

Carlos Balaguer
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Somos aquello que mejor hacemos y realizamos. Lo mejor que llegamos a consumar y alcanzar de nosotros mismos.

El cotidiano dolor de vivir es el precio de la felicidad de nuestra autorrealización. Será la dicha del árbol, creciendo a las constelaciones de su propio sino en las estrellas, en lo alto de la fronda de su dimensión natural y cósmica.

En fin, seremos los mansos riachuelos en busca del océano de nuestra conquista existencial. Los indómitos torrentes humanos, trazando su propio albur en medio de la creación. Las humanas vertientes de la gloria. Nuestros destinos, pues, serán los ríos que busquen su propio caudal, su límpida creciente, su fortuna fluvial. Corriendo constantes hacia los mares distantes del ideal y el anhelo.

Así, serpenteando en lo profundo de las selvas, iremos escribiendo nuestra propia historia. Si tu destino es cantar en las lumbreras de la fama, a lo mejor empieces cantando en la soledad de un risco. Si tu destino es vencer, lo lograrás saltando cuesta abajo en las cascadas de tu propio y desatado devenir.

Si no lo haces, serás un río interrumpido que quedó sin vivir en algún estanque del destino adverso. Si por el contrario lo logras, serás el afluente glorioso que alcance el más allá de su rivera.
(palabrasbalaguer@gmail.com)


Día a Día
Ley del consumidor

La Ley de Protección al Consumidor, la trampa en que cayó el Ejecutivo, llega a extremos aberrantes, como la medida “extrema” de cerrar un establecimiento hasta por seis meses, lo que equivale a sepultarlo para siempre.

El engendro establece mecanismos de “conciliación” que vendrán a ser extorsiones instantáneas: “o arreglamos aquí, o le cae el garrotazo de la compañera Comisionada”, como ya se vio en las “conciliaciones” de las víctimas con sus victimarios.

Es obvio que los redactores de la ley, todos “compañeros” de la Universidad Nacional, son gente que nunca ha manejado ni siquiera una tienda de barrio, nunca creó empleos, nunca entendió el sistema de producción e intercambio en una sociedad libre. La ley parte de un vil supuesto: que sólo a garrotazos se protege a los consumidores. Y garrotazos es lo que se receta: multas confiscatorias de cincuenta a cinco mil salarios mínimos, vale decir seiscientos mil dólares, lo que muy pocos negocios pueden resistir una vez.


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