|
Carlos Balaguer
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Somos aquello que mejor hacemos y realizamos. Lo mejor que llegamos
a consumar y alcanzar de nosotros mismos.
El cotidiano dolor de vivir es el precio de la felicidad de nuestra autorrealización.
Será la dicha del árbol, creciendo a las constelaciones
de su propio sino en las estrellas, en lo alto de la fronda de su dimensión
natural y cósmica.
En fin, seremos los mansos riachuelos en busca del océano de nuestra
conquista existencial. Los indómitos torrentes humanos, trazando
su propio albur en medio de la creación. Las humanas vertientes
de la gloria. Nuestros destinos, pues, serán los ríos que
busquen su propio caudal, su límpida creciente, su fortuna fluvial.
Corriendo constantes hacia los mares distantes del ideal y el anhelo.
Así, serpenteando en lo profundo de las selvas, iremos escribiendo
nuestra propia historia. Si tu destino es cantar en las lumbreras de la
fama, a lo mejor empieces cantando en la soledad de un risco. Si tu destino
es vencer, lo lograrás saltando cuesta abajo en las cascadas de
tu propio y desatado devenir.
Si no lo haces, serás un río interrumpido que quedó
sin vivir en algún estanque del destino adverso. Si por el contrario
lo logras, serás el afluente glorioso que alcance el más
allá de su rivera.
(palabrasbalaguer@gmail.com)
Día a Día
Ley del consumidor
La Ley de Protección al Consumidor, la trampa en que cayó
el Ejecutivo, llega a extremos aberrantes, como la medida extrema
de cerrar un establecimiento hasta por seis meses, lo que equivale a sepultarlo
para siempre.
El engendro establece mecanismos de conciliación que
vendrán a ser extorsiones instantáneas: o arreglamos
aquí, o le cae el garrotazo de la compañera Comisionada,
como ya se vio en las conciliaciones de las víctimas
con sus victimarios.
Es obvio que los redactores de la ley, todos compañeros
de la Universidad Nacional, son gente que nunca ha manejado ni siquiera
una tienda de barrio, nunca creó empleos, nunca entendió
el sistema de producción e intercambio en una sociedad libre. La
ley parte de un vil supuesto: que sólo a garrotazos se protege
a los consumidores. Y garrotazos es lo que se receta: multas confiscatorias
de cincuenta a cinco mil salarios mínimos, vale decir seiscientos
mil dólares, lo que muy pocos negocios pueden resistir una vez.

|