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Punto de vista
El valor y el interés fueron a pasear un día…

En muchos sitios parece que hay un divorcio entre los valores de los políticos y los valores de la población. Pero aquí, no. La gente lo sabe, lo nota y por eso el Presidente mantiene popularidad

Publicada 10 de septiembre 2005, El Diario de Hoy


Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Se han publicado recientemente sendas encuestas patrocinadas por los principales periódicos. En ambas el Presidente Saca resulta con un nivel muy alto de popularidad. En los dos medios de comunicación y en las entrevistas televisadas, se analizan los resultados.

En todos los planteamientos ha persistido una duda: ¿Cómo, si los problemas económicos, el precio del petróleo y la falta de seguridad preocupan a la ciudadanía, el Presidente resulta con índices de popularidad tan altos?

Entre todas las respuestas que he oído y leído, la que me parece más convincente es la que aventura que, aunque los problemas son reales, la población ve en el modo de trabajar de Saca, en su modo de ser, una esperanza.

Parecería que el mensaje que el Gobierno ha logrado dar a la gente es el siguiente: ahí están los problemas, no los vamos a solucionar de la noche a la mañana, pero estamos trabajando en las soluciones. En definitiva, parece que la máquina de propaganda ha logrado su misión: hacer que la gente se sienta identificada con los valores y propósitos que el Presidente tiene como importantes.

Como contraste, en casi todas las democracias occidentales, parece estar sucediendo lo contrario: los políticos habitan en un mundo y los pueblos que gobiernan en otro. Bush, por ejemplo, ha ido perdiendo poco a poco popularidad en temas tan importantes para su gestión como la guerra de Iraq.

En Francia hubo el primer “no” sonado a los planes de integración europea: Chirac dijo sí, pero la gente dijo no. En España el Gobierno socialista ha impuesto una ley impopular, y manifestaciones de millones de personas en las calles no le ha hecho cambiar de rumbo en la consideración legal que dan al matrimonio.

La distancia se origina, según un analista, en que no aciertan con lo que realmente vale: tienden a defender intereses o gustos, resultados, cuando lo que realmente importa a sus electores son los valores.

El interés, tal como lo define el diccionario: “provecho, utilidad, ganancia”, es un beneficio habitualmente material y a corto plazo: bajar los precios, la seguridad ciudadana, mejorar la microeconomía (poner al alcance de los ciudadanos la oportunidad de mejorar realmente).

El valor, en cambio, implica una manera de obrar que los electores juzgan como acertada, y que hace estimables o no a quienes actúan basándose en él. Son valores la firmeza, la honestidad, la laboriosidad, el respeto. El valor es valioso siempre, y sus resultados no responden siempre al interés.

En resumen: en muchos sitios parece que hay un divorcio entre los valores de los políticos y los valores de la población. Pero aquí, no. La gente lo sabe, lo nota y por eso el Presidente mantiene popularidad.

Ésta es una interesante conclusión para meditar cuando uno piensa que sólo los resultados califican o descalifican un Gobierno. Hay más en la relación gobierno-pueblo. Hay una relación mediada por las empresas informativas, que transmite no sólo logros, sino actitudes, valores, aptitudes y, por supuesto, resultados.

La solución de los problemas económicos, de seguridad, de salud y educación es importantísima, pero, en definitiva, sólo una actitud ética razonable satisface la dignidad de la persona. Al final no se trata sólo de un asunto de resultados, sino de valores. Se va más allá del Producto Interno Bruto y de la microeconomía y nos movemos en el terreno en el que población y gobernantes deben compartir puntos de vista.

Que el Presidente proyecte que para él son valiosos unos valores que comparte con su gente: laboriosidad, sensatez, integridad, etc. Le vale para ser popular. Si eso es así, el reto es todavía mayor: ahora el mandatario debe demostrar que vale la pena ser honesto, que ser laborioso paga, que proyectar una imagen de integridad pasa la factura. Pues esa honestidad, laboriosidad e integridad deben estar al servicio de sus electores, y no de algún interés personal.

Asunto de valores, actitudes y trabajo. No tanto de resultados. Echando mano a un símil académico, podríamos aventurarnos a afirmar que la gente le ha calificado favorablemente el procedimiento en la resolución de los problemas, aunque todavía —y ese todavía es muy importante—, no haya alcanzado el resultado.

Precisamente en ese “todavía” está la clave: se da un voto de confianza porque se cree en él, en el Presidente, como persona, no como gestor. Aunque, en último término, en el mediano plazo, si los resultados no son satisfactorios, la popularidad debería tender a la baja.

*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.

 



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