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Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Se han publicado recientemente sendas encuestas patrocinadas por los
principales periódicos. En ambas el Presidente Saca resulta con
un nivel muy alto de popularidad. En los dos medios de comunicación
y en las entrevistas televisadas, se analizan los resultados.
En todos los planteamientos ha persistido una duda: ¿Cómo,
si los problemas económicos, el precio del petróleo y la
falta de seguridad preocupan a la ciudadanía, el Presidente resulta
con índices de popularidad tan altos?
Entre todas las respuestas que he oído y leído, la que me
parece más convincente es la que aventura que, aunque los problemas
son reales, la población ve en el modo de trabajar de Saca, en
su modo de ser, una esperanza.
Parecería que el mensaje que el Gobierno ha logrado dar a la gente
es el siguiente: ahí están los problemas, no los vamos a
solucionar de la noche a la mañana, pero estamos trabajando en
las soluciones. En definitiva, parece que la máquina de propaganda
ha logrado su misión: hacer que la gente se sienta identificada
con los valores y propósitos que el Presidente tiene como importantes.
Como contraste, en casi todas las democracias occidentales, parece estar
sucediendo lo contrario: los políticos habitan en un mundo y los
pueblos que gobiernan en otro. Bush, por ejemplo, ha ido perdiendo poco
a poco popularidad en temas tan importantes para su gestión como
la guerra de Iraq.
En Francia hubo el primer no sonado a los planes de integración
europea: Chirac dijo sí, pero la gente dijo no. En España
el Gobierno socialista ha impuesto una ley impopular, y manifestaciones
de millones de personas en las calles no le ha hecho cambiar de rumbo
en la consideración legal que dan al matrimonio.
La distancia se origina, según un analista, en que no aciertan
con lo que realmente vale: tienden a defender intereses o gustos, resultados,
cuando lo que realmente importa a sus electores son los valores.
El interés, tal como lo define el diccionario: provecho,
utilidad, ganancia, es un beneficio habitualmente material y a corto
plazo: bajar los precios, la seguridad ciudadana, mejorar la microeconomía
(poner al alcance de los ciudadanos la oportunidad de mejorar realmente).
El valor, en cambio, implica una manera de obrar que los electores juzgan
como acertada, y que hace estimables o no a quienes actúan basándose
en él. Son valores la firmeza, la honestidad, la laboriosidad,
el respeto. El valor es valioso siempre, y sus resultados no responden
siempre al interés.
En resumen: en muchos sitios parece que hay un divorcio entre los valores
de los políticos y los valores de la población. Pero aquí,
no. La gente lo sabe, lo nota y por eso el Presidente mantiene popularidad.
Ésta es una interesante conclusión para meditar cuando uno
piensa que sólo los resultados califican o descalifican un Gobierno.
Hay más en la relación gobierno-pueblo. Hay una relación
mediada por las empresas informativas, que transmite no sólo logros,
sino actitudes, valores, aptitudes y, por supuesto, resultados.
La solución de los problemas económicos, de seguridad, de
salud y educación es importantísima, pero, en definitiva,
sólo una actitud ética razonable satisface la dignidad de
la persona. Al final no se trata sólo de un asunto de resultados,
sino de valores. Se va más allá del Producto Interno Bruto
y de la microeconomía y nos movemos en el terreno en el que población
y gobernantes deben compartir puntos de vista.
Que el Presidente proyecte que para él son valiosos unos valores
que comparte con su gente: laboriosidad, sensatez, integridad, etc. Le
vale para ser popular. Si eso es así, el reto es todavía
mayor: ahora el mandatario debe demostrar que vale la pena ser honesto,
que ser laborioso paga, que proyectar una imagen de integridad pasa la
factura. Pues esa honestidad, laboriosidad e integridad deben estar al
servicio de sus electores, y no de algún interés personal.
Asunto de valores, actitudes y trabajo. No tanto de resultados. Echando
mano a un símil académico, podríamos aventurarnos
a afirmar que la gente le ha calificado favorablemente el procedimiento
en la resolución de los problemas, aunque todavía y
ese todavía es muy importante, no haya alcanzado el resultado.
Precisamente en ese todavía está la clave: se
da un voto de confianza porque se cree en él, en el Presidente,
como persona, no como gestor. Aunque, en último término,
en el mediano plazo, si los resultados no son satisfactorios, la popularidad
debería tender a la baja.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de
Hoy.

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