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Lafitte Fernández*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Cuando escuché la noticia, no tuve más opción que
pararme frente a un espejo y dejar que me frisara un obligado repaso existencial.
Lo primero que tuve que reconocer es que, aunque no soy joven ni de la
tercera edad, soy parte de una generación que nació en los
50, llegó a la adolescencia en los 60 y leyó sus primeros
textos universitarios en los 70.
En otras palabras, bailé Lets twist again cuando
era niño a lo Chubby Checker; el torso desnudo de Brigitte Bardot
puso a prueba mis primeras hormonas en la adolescencia y me empeñé
en aprender, casi de memoria, los libros de Ernesto Sábato y Jorge
Luis Borges, en los años 70, influenciado por un actor argentino
que se largó de su país por temor a que los militares lo
montaran en un helicóptero y lo lanzaran al mar.
Murió Gilligan, leí. Aquello sólo tiene un significado
para mi generación: falleció nuestro Chespirito.
Esa muerte obligadamente me recordó los tiempos en que me sentaba
frente a la televisión, en blanco y negro, a mirar a ese marinero
atarantado que, al final, siempre arruinaba las posibilidades de un grupo
de náufragos de abandonar una isla a la que llegaron, como Robinson
Crusoe, en medio de una dura tormenta.
Gilligan (Bob Denver) no llegó solo a esa isla imaginaria a bordo
del yate Minaww. Como advertía la mítica canción
de la serie televisada que duró tres años y arrancó
en 1964, ahí estaba con él Ginger Grant (Tina Louise), una
coqueta empedernida que, con su sensualidad, siempre quería que
los hombres hicieran las cosas a su modo.
Esa mujer fue la responsable de que, en más de una ocasión,
se le pusieran las mejillas rojas a mi madre cuando le preguntaba por
qué Ginger hablaba entre soplidos glamorosos para tratar que los
hombres perdieran el juicio.
Y, si vieran las últimas fotografías de la sensual, aunque
ahora septuagenaria Ginger Grant, en las que se mira que no le queda piel
sin arrugas, tendrían, al igual que yo, otro fogonazo existencial
y probarían el daño que nos hace el tiempo.
Ginger era todo lo contrario de la buena y dulce Mary Ann (Dawn Wells).
Ésta siempre le ponía una dosis de sensatez al grupo de
náufragos. La verdad es que de todos ellos, sólo Mary Ann
y el profesor Hinkley (Russel Johnson), eran los únicos que parecían
estar cuerdos en esa isla.
No sé si coincidirán conmigo, pero el capitán Grumby
(Alan Hale), estaba tan trastornado como Gilligan tratando de corregirlo.
Al millonario Thurston Howell III (Jim Backus), y a su esposa, no los
vimos más que con sus ademanes aristocráticos tratando de
sobornar, con su dinero, a quien se le parara al frente, para lograr favores
personales. Eran los más oscuros representantes del capitalismo.
La serie de la isla de Gilligan marcó toda una época. Nació
después de la muerte de John F. Kennedy, en medio de la contracultura
hippie del rock, las drogas y el sexo. Las mujeres caminaban por las calles
mostrando sus muslos con sus atrevidas minifaldas, y entre los hombres
se habían puesto de moda las patillas largas.
Los Beatles se proclamaron más populares que Jesús, lo que
provocó las quejas de mi abuela, que siempre me advertía
que no escuchara a esos sacrílegos en mi pequeño
tocadiscos (que amé hasta su literal muerte técnica), porque
Dios me iba a condenar.
La serie de Gilligan nació cuando la forma de entender la vida
dio un giro. El hombre conquistaba el espacio. Crecieron algunas utopías
que a algunos les parecían relumbrantes.
El boom de escritores latinoamericanos (todavía no superado y con
muchos periodistas natos, a la cabeza, que se pasaron a la literatura),
nos enseñaba que un escritor podía reinventar la tradición
porque ésta, no necesariamente, debía ser nacional.
Si eso no se hubiese comprendido en los 60, Vargas Llosa no hubiese existido
sin Faulkner; García Márquez sin Hemingway o Carlos Fuentes
sin Proust o Henry James.
De todo pasaba en aquella época: hasta el cine cambió cuando
los franceses rompieron con el discurso canónico e inventaron el
Nouvelle vogue. Le metieron todas las innovaciones lingüísticas
y técnicas que pudieron. Por eso pudimos admirar a Jean Paul Belmondo,
Alain Delon y a la propia Brigitte Bardot, quien nos sacaba suspiros a
todos.
Murió Gilligan, pero su época nunca dejará de resonar.
Eso sí: tenemos que reconocer que cada muerte de ésas nos
hace más viejos.
*Periodista.

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