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Gilligan: otro Chespirito generacional

La serie de la isla de Gilligan marcó toda una época. Nació después de la muerte de John F. Kennedy, en medio de la contracultura hippie del rock, las drogas y el sexo. Las mujeres caminaban por las calles mostrando sus muslos

Publicada 10 de septiembre 2005, El Diario de Hoy


Lafitte Fernández*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Cuando escuché la noticia, no tuve más opción que pararme frente a un espejo y dejar que me frisara un obligado repaso existencial.

Lo primero que tuve que reconocer es que, aunque no soy joven ni de la tercera edad, soy parte de una generación que nació en los 50, llegó a la adolescencia en los 60 y leyó sus primeros textos universitarios en los 70.

En otras palabras, bailé “Let’s twist again” cuando era niño a lo Chubby Checker; el torso desnudo de Brigitte Bardot puso a prueba mis primeras hormonas en la adolescencia y me empeñé en aprender, casi de memoria, los libros de Ernesto Sábato y Jorge Luis Borges, en los años 70, influenciado por un actor argentino que se largó de su país por temor a que los militares lo montaran en un helicóptero y lo lanzaran al mar.

Murió Gilligan, leí. Aquello sólo tiene un significado para mi generación: falleció nuestro “Chespirito”.

Esa muerte obligadamente me recordó los tiempos en que me sentaba frente a la televisión, en blanco y negro, a mirar a ese marinero atarantado que, al final, siempre arruinaba las posibilidades de un grupo de náufragos de abandonar una isla a la que llegaron, como Robinson Crusoe, en medio de una dura tormenta.

Gilligan (Bob Denver) no llegó solo a esa isla imaginaria a bordo del yate “Minaww”. Como advertía la mítica canción de la serie televisada que duró tres años y arrancó en 1964, ahí estaba con él Ginger Grant (Tina Louise), una coqueta empedernida que, con su sensualidad, siempre quería que los hombres hicieran las cosas a su modo.

Esa mujer fue la responsable de que, en más de una ocasión, se le pusieran las mejillas rojas a mi madre cuando le preguntaba por qué Ginger hablaba entre soplidos glamorosos para tratar que los hombres perdieran el juicio.

Y, si vieran las últimas fotografías de la sensual, aunque ahora septuagenaria Ginger Grant, en las que se mira que no le queda piel sin arrugas, tendrían, al igual que yo, otro fogonazo existencial y probarían el daño que nos hace el tiempo.

Ginger era todo lo contrario de la buena y dulce Mary Ann (Dawn Wells). Ésta siempre le ponía una dosis de sensatez al grupo de náufragos. La verdad es que de todos ellos, sólo Mary Ann y el profesor Hinkley (Russel Johnson), eran los únicos que parecían estar cuerdos en esa isla.

No sé si coincidirán conmigo, pero el capitán Grumby (Alan Hale), estaba tan trastornado como Gilligan tratando de corregirlo. Al millonario Thurston Howell III (Jim Backus), y a su esposa, no los vimos más que con sus ademanes aristocráticos tratando de sobornar, con su dinero, a quien se le parara al frente, para lograr favores personales. Eran los más oscuros representantes del capitalismo.

La serie de la isla de Gilligan marcó toda una época. Nació después de la muerte de John F. Kennedy, en medio de la contracultura hippie del rock, las drogas y el sexo. Las mujeres caminaban por las calles mostrando sus muslos con sus atrevidas minifaldas, y entre los hombres se habían puesto de moda las patillas largas.

Los Beatles se proclamaron más populares que Jesús, lo que provocó las quejas de mi abuela, que siempre me advertía que no escuchara a esos “sacrílegos” en mi pequeño tocadiscos (que amé hasta su literal muerte técnica), porque Dios me iba a “condenar”.

La serie de Gilligan nació cuando la forma de entender la vida dio un giro. El hombre conquistaba el espacio. Crecieron algunas utopías que a algunos les parecían relumbrantes.

El boom de escritores latinoamericanos (todavía no superado y con muchos periodistas natos, a la cabeza, que se pasaron a la literatura), nos enseñaba que un escritor podía reinventar la tradición porque ésta, no necesariamente, debía ser nacional.
Si eso no se hubiese comprendido en los 60, Vargas Llosa no hubiese existido sin Faulkner; García Márquez sin Hemingway o Carlos Fuentes sin Proust o Henry James.

De todo pasaba en aquella época: hasta el cine cambió cuando los franceses rompieron con el discurso canónico e inventaron el “Nouvelle vogue”. Le metieron todas las innovaciones lingüísticas y técnicas que pudieron. Por eso pudimos admirar a Jean Paul Belmondo, Alain Delon y a la propia Brigitte Bardot, quien nos sacaba suspiros a todos.
Murió Gilligan, pero su época nunca dejará de resonar. Eso sí: tenemos que reconocer que cada muerte de ésas nos hace más viejos.

*Periodista.

 



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