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María A. de López Andreu*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Hace 184 años, un puñado de hombres valientes y patriotas,
acompañados por unas cuantas mujeres tanto o más valientes
que ellos, encendieron el ansia de independencia en sus contemporáneos
y, lanzándose a la lucha, conquistaron la libertad y formaron una
nación propia y soberana.
Por 184 años, hemos vivido usufructuando el legado que, con sangre
y sacrificio, forjaron nuestros próceres. Es de justicia, entonces,
que en este mes les honremos, recordando el invaluable suceso de haber
construido una patria.
A ellos les tocó la dura y peligrosa misión de obtener para
las futuras generaciones, para nosotros esa libertad. ¿Cuál
es, entonces, la misión que ahora nosotros deberíamos realizar?
Yo diría que los salvadoreños de hoy tenemos el deber de
conservar, profundizar y defender esa libertad que nos fue transmitida,
y la manera de hacerlo, es procurando el progreso y desarrollo de nuestro
país, a través de la superación de cada uno de nosotros.
¿Que es una misión difícil? Claro que sí.
Igualmente difícil (o mucho más) fue lograr la independencia.
Si unos cuantos patriotas triunfaron en su empeño, ¿por
qué no vamos a triunfar los seis o siete millones de salvadoreños
actuales en el nuestro? ¡Hacer de nuestro país uno desarrollado,
sí es posible, con el esfuerzo de todos!
Pero, ¿con qué recursos?, preguntarán. Con el más
valioso: ¡nuestra gente! Y, para comprobarlo, veamos lo siguiente.
Últimamente he tenido la oportunidad de alternar con ciudadanos
de los diferentes países que formamos nuestra región centroamericana.
Y es curioso cómo teniendo las mismas raíces y similares
problemas, compartiendo el mismo pequeño territorio y hablando
el mismo idioma tenemos tan marcadas y profundas diferencias.
Y, mientras el mundo se globaliza cada vez más, nosotros nos empeñamos
en continuar siendo cinco naciones separadas y, hasta cierto punto, antagónicas.
Nos llaman países hermanos, pero a veces no parecemos
tales.
Sin embargo, a pesar de divergir en diferentes conceptos, hay uno en el
que todos, sin excepción, están de acuerdo: coinciden en
su admiración hacia la gran capacidad de trabajo que tenemos los
salvadoreños.
¡Y usted y yo que pensábamos que nos estábamos haciendo
cada día más haraganes! ¡Qué alegría
escuchar lo contrario!
Porque, la verdad de las cosas es que nuestros problemas personales
o nacionales sólo los vamos a superar mediante trabajo duro
y constante, con el cumplimiento pleno de nuestras responsabilidades individuales.
Y durante el presente mes, sería conveniente pensar en ello: ¿Qué
hago yo (no los demás, no el Gobierno, sino yo) para que mi patria
sea mejor? ¿Cómo contribuyo a la solución de nuestros
problemas?
Me parece oír (por común) la respuesta de muchos: Es
que yo no puedo hacer nada.
¡Todo lo contrario! Todos podemos hacer mucho por nuestro país,
si verdaderamente lo amamos y trabajamos por él. Para empezar,
todos podemos y debemos cumplir a la letra con lo que la ley
nos manda. ¡Qué diferente sería! Imagínense:
Un El Salvador donde el respeto, la limpieza, el orden y la justicia reemplazaran
la realidad violenta y sucia que ahora tenemos.
Pues bien, es necesario que pongamos al servicio de la Patria nuestra
gran capacidad de trabajo. Tenemos por delante muchas tareas pendientes,
como la disminución de la pobreza, un mayor crecimiento económico,
elevar nuestro nivel educativo, mejorar la salud de toda la población,
cambiar nuestra mentalidad cortoplacista a una de prevención y
ahorro. Y, principalmente, recuperar nuestros principios y valores, volviendo
a privilegiar el ser, por encima del hacer y el
tener.
Y es precisamente en el tema de los valores los morales, los cívicos
donde encontramos las más grandes enseñanzas de nuestros
próceres. Es en la persecución hasta las últimas
consecuencias del ideal, donde su ejemplo nos arrastra y conmueve.
El hombre moderno, el salvadoreño del Siglo XXI, ¿es capaz
de sacrificarse y luchar en defensa de sus creencias?
Yo diría que aquellos que están habituados al trabajo diario,
productivo y constante, sí tienen la madera y los recursos para,
desde la trinchera del trabajo, convertirse en los próceres de
hoy, que hagan realidad la segunda independencia de nuestro país:
la que, incorporándonos al progreso, nos libere del subdesarrollo
y la ignorancia.
En tu día y siempre, ¡Dios te guarde, Patria sagrada!
*Columnista de El Diario de Hoy.

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