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Una travesía espiritual

Si de relajarse se trata, la opción es sumergirse en las aguas del Golfo de Fonseca y visitar sus islas

Publicada 9 de septiembre 2005, El Diario de Hoy

Amapala. Luis Escobar y su esposa disfrutan de la playa, que se encuentra a 18 millas náuticas de La Unión, con una elevación de 783 m.s.n.m. Puede hacer uso de los kayacs que le ofrece el Hotel Playas Negras. Foto EDH/Lissette Monterrosa

Leticia Serrano
letyserrano@elsalvador.com
El Diario de Hoy
vida@elsalvador.com


Éramos 10. Todos llegamos puntuales a la reunión: 9:30 de la mañana. La fatiga que nos dejó un recorrido en auto de 165 kilómetros pasó al olvido tras vislumbrar las bellezas del Golfo de Fonseca, en La Unión.

Atravesamos la ciudad para acceder a las embarcaciones, en el muelle de Multipesca. El deseo de navegar nos invadió.

Hubo quienes chequearon papeles en migración antes de zarpar. Otros éramos invitados especiales.

Fue Raúl Castro, guía del tour, quien anunció el inicio de la travesía: “La marea está seca”. ¿Y eso que significa ?, preguntamos. ¡Que la aventura empezó!, respondió.

Bajamos por una improvisada escalera hasta uno de los deteriorados barcos que yacen en la playa. De allí, saltamos hacia nuestra lancha.

El pánico se apoderó de Laura de Rodas, una de las del grupo, cuando trató de acercarse a la pequeña embarcación.

Descanso. El Hotel Playas Negras, en Amapala, ofrece todas las comodidades. Una piscina, discoteca, restaurante y 56 habitaciones. Foto EDH/Lissette Monterrosa

Calculó mal y se deslizó sobre los restos de la vieja nave.

Estuvo a punto de sumergirse a 12 metros de profundidad. Los demás compañeros estuvieron listos para ayudarla y evitar un accidente.

La meta era atravesar el golfo para apreciar sus islas en hora y media.

Luego, haríamos tiempo para visitar Meanguera, en aguas salvadoreñas, y Amapala, en territorio hondureño.

Sin fronteras


“Hasta aquí llega El Salvador, y acá empieza Honduras”, informó Castro al referirse a la Punta Chiquirín. Una bandada de pelícanos y gaviotas impresionó a los visitantes.

El recorrido a 65 kilómetros por hora nos permitió disfrutar de los paisajes que ofrecen las islas Zacatillo, Martín Pérez, Conchagüita y Meanguera del Golfo.

En un abrir y cerrar de ojos, nos encontramos en la Isla del Tigre, del municipio hondureño de Amapala. Cuenta la historia que ahí vivía un hombre apodado “pirata”, y no precisamente por sus hazañas marítimas. Más bien, por sanguinario.

Historia. Amapala, en Honduras, aún posee sus viviendas de madera. Sus calles son empedradas y ofrece al visitante un ambiente tranquilo. Foto EDH/Lissette Monterrosa

La aldea resguarda valiosos tesoros culturales. Aún sigue en pie, la casa donde vivió el generalísimo Maximino Gómez, dominicano libertador de Cuba, de 1878 a 1884; y el sitio donde se hospedó el científico Albert Einstein.

Para ser parte de la aventura

- Turismo Calle Real le proporciona transporte. El tour por un día le cuesta $35 por persona, con derecho a trámites migratorios, refrigerio, almuerzo, paseo por las islas, uso de las instalaciones del Hotel Playas Negras. Llame al: 2260-4314
- Si está interesado sólo en el paseo por lancha en el golfo, Dolphins Tour le ofrece el servicio. El valor es de $22. Para más información, llame al 2228-5789.

Historias nostálgicas, en el Golfo

“Casi me muero del susto”, exclamó Francisco Santos, al recordar que cuando tenía 13 años recorrió, por primera vez, el Golfo, en un cayuco. “Por poco y da vuelta, y es de lo único que me recuerdo”, remembró quien ahora cuenta con 56 años y es ciudadano estadounidense.

A mojarse. Si la marea está baja, hay que bajar al agua, debido a que la lancha no logra llegar a la orilla. Foto EDH/Lissette Monterrosa

A diferencia de ese incidente, hoy don Francisco regresó muy contento de su aventura. “Esto es lindo, me llena de mucha espiritualidad”, afirmó.

La que se escapó de su esposo fue la señora Laura Rodas. “A él no le gusta salir”, confesó. Ella opina que aunque el lugar no está explotado turísticamente, es bonito.

“Qué ironía que no conozcamos nuestra tierra” agregó. Fue su hija quien resultó una excelente compañera de viaje.

El último recorrido

Quienes llegaron a decir adiós a las “aguas salvadoreñas” fueron Patricia y Carolina Rivera.

Están a punto de emigrar a los Estados Unidos. “Allá sólo montañas voy a ver”, expresó Patricia con nostalgia.

El romanticismo no faltó. Luis Escobar, con su esposa Blanca, dedicaron el viaje para disfrutarse el uno al otro. También llegaron a conocer lugares para ofrecerlos a sus clientes.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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