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Jesús Delgado A.*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Apenas vengo entrando al terruño desde Alemania. Por una bendición
de Dios, tuve la dicha de unirme a todos los jóvenes que se dieron
cita en la ciudad renana de Colonia. Más de un millón, procedentes
de 130 países del mundo católico. Ellos se dieron cita para
decir al Papa ¡presentes por nuestra Iglesia y contigo, Pedro, para
que el mundo sepa que Jesús vive y está joven!
Como a los Magos que vinieron en otro tiempo a adorar a Jesús guiados
por una estrella, estos jóvenes tuvieron como estrella el recuerdo
todavía vivo del Papa Juan Pablo II. Colonia se vio súbitamente
invadida por la juventud católica del mundo. Una ciudad característica
de Europa, humanamente envejecida por el bajo índice de natalidad
que impera en casi todo ese viejo continente. Una ciudad casi desierta.
Todas las tardes y durante casi toda la noche, los jóvenes invadían
los espacios que contornan la hermosa y gótica catedral de Colonia.
Allí cantaban, danzaban, pregonaban su alegría. Luego, por
grupos de naciones, enarbolando las banderas respectivas de sus países,
corrían de arriba para abajo, como locos de euforia, por las calles
vecinas del centro de la ciudad, cantando su alegría de encontrarse
juntos para testimoniar que Cristo es la estrella, llamado a guiar el
mundo, sin miedo, hasta la paz.
Qué diferente esta invasión de jóvenes de aquellas
paradas juveniles que desfilaban en tiempo de los nazis de Hitler. Aquellos
respiraban amenazas de muerte detrás de lindas melo-días,
que cantaban al son de marchas militares.
Los jóvenes venidos a Colonia, en cambio, parecían corrientes
de agua viva que hacían de las calles de la ciudad gótica,
verdaderos ríos de alegría pregonando la vida, la amistad,
el encuentro de todos sin distinción de razas, guiados por la misma
estrella: Jesús.
¿Lo que sucedió en Colonia? No es el Papa que vino y los
jóvenes a su encuentro. Más bien lo contrario. Los jóvenes
se hicieron presentes en esa proverbial ciudad de la Renania, y el Papa
vino a mezclarse entre ellos, a caminar con ellos y, como con frecuencia
lo hacía Juan Pablo II, a cantar con ellos, a danzar con ellos,
para alentarlos, como Jesús a los discípulos de Emaús,
a que sigan adelante en el camino del testimonio al mundo de que la vida
es más fuerte que la muerte, el compromiso más que el placer.
Dos grandes escenarios distinguieron la presencia del Papa, ambos inspirados
de las páginas del evangelio. Jesús sobre una barca y desde
allí, enseñando a la gente sentada o de pie en la orilla.
Así fue la entrada oficial de Benedicto XVI a la ciudad de Colonia.
¡Impresionante estampa!
Los jóvenes en las orillas del río Rhin recordaban las
multitudes del evangelio que se agolpaban para escuchar a Jesús.
Pero estos jóvenes superaron la experiencia del evangelio. Acostumbrados
por Juan Pablo II a estar cerca de ellos, percibían demasiada lejana
la presencia de Benedicto XVI. Muchos empezaron a prepararse para nadar
desde la orilla y abordar por asalto la barcaza del Papa. Pero la policía
se los impidió.
La otra escena calcada de los evangelios fue con ocasión de la
misa de clausura. En una explanada inmensa estaban congregados los jóvenes.
¡Un millón! Sobre la superficie plana de aquel terreno se
elevaba un montículo que recordaba el pequeño monte desde
donde Jesús pronunció el Sermón de la montaña.
De nuevo, los jóvenes sintieron físicamente al Papa muy
lejos de ellos. Lo que el espectáculo ganó en belleza, lo
perdió por la acostumbrada cercanía de Juan Pablo II con
sus jóvenes.
Pero los jóvenes se retiraron al final satisfechos de haber cumplido
con lo que se propusieron, hacerle sentir al Papa que la Iglesia Católica
es joven, que los jóvenes están con Cristo, en la Iglesia
que Jesús fundó sobre Pedro.
Día después de que todo terminó en Colonia, la policía
de esta ciudad declaró en público que los jóvenes
se fueron dejando una ciudad moralmente limpia, pues no encontraron ni
una tan sola jeringa ni condones ni nada que recordara la impudicia, el
vicio o la muerte.
Es normal. Estos jóvenes fueron a Colonia para decirle al mundo
que vale la pena luchar para vivir, para amar, para ser solidarios.
*Vicario Episcopal de Cultura del Arzobispado.
Email Edindel@navegante.co.sv

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