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Un gran espectáculo
Colonia: Los jóvenes y el Papa

Qué diferente esta invasión de jóvenes de aquellas paradas juveniles que desfilaban en tiempo de los nazis de Hitler. Aquellos respiraban amenazas de muerte detrás de lindas melodías

Publicada 9 de septiembre 2005, El Diario de Hoy


Jesús Delgado A.*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Apenas vengo entrando al terruño desde Alemania. Por una bendición de Dios, tuve la dicha de unirme a todos los jóvenes que se dieron cita en la ciudad renana de Colonia. Más de un millón, procedentes de 130 países del mundo católico. Ellos se dieron cita para decir al Papa ¡presentes por nuestra Iglesia y contigo, Pedro, para que el mundo sepa que Jesús vive y está joven!

Como a los Magos que vinieron en otro tiempo a adorar a Jesús guiados por una estrella, estos jóvenes tuvieron como estrella el recuerdo todavía vivo del Papa Juan Pablo II. Colonia se vio súbitamente invadida por la juventud católica del mundo. Una ciudad característica de Europa, humanamente envejecida por el bajo índice de natalidad que impera en casi todo ese viejo continente. Una ciudad casi desierta.

Todas las tardes y durante casi toda la noche, los jóvenes invadían los espacios que contornan la hermosa y gótica catedral de Colonia.

Allí cantaban, danzaban, pregonaban su alegría. Luego, por grupos de naciones, enarbolando las banderas respectivas de sus países, corrían de arriba para abajo, como locos de euforia, por las calles vecinas del centro de la ciudad, cantando su alegría de encontrarse juntos para testimoniar que Cristo es la estrella, llamado a guiar el mundo, sin miedo, hasta la paz.

Qué diferente esta invasión de jóvenes de aquellas paradas juveniles que desfilaban en tiempo de los nazis de Hitler. Aquellos respiraban amenazas de muerte detrás de lindas melo-días, que cantaban al son de marchas militares.

Los jóvenes venidos a Colonia, en cambio, parecían corrientes de agua viva que hacían de las calles de la ciudad gótica, verdaderos ríos de alegría pregonando la vida, la amistad, el encuentro de todos sin distinción de razas, guiados por la misma estrella: Jesús.

¿Lo que sucedió en Colonia? No es el Papa que vino y los jóvenes a su encuentro. Más bien lo contrario. Los jóvenes se hicieron presentes en esa proverbial ciudad de la Renania, y el Papa vino a mezclarse entre ellos, a caminar con ellos y, como con frecuencia lo hacía Juan Pablo II, a cantar con ellos, a danzar con ellos, para alentarlos, como Jesús a los discípulos de Emaús, a que sigan adelante en el camino del testimonio al mundo de que la vida es más fuerte que la muerte, el compromiso más que el placer.

Dos grandes escenarios distinguieron la presencia del Papa, ambos inspirados de las páginas del evangelio. Jesús sobre una barca y desde allí, enseñando a la gente sentada o de pie en la orilla. Así fue la entrada oficial de Benedicto XVI a la ciudad de Colonia. ¡Impresionante estampa!

Los jóvenes en las orillas del río Rhin recordaban las multitudes del evangelio que se agolpaban para escuchar a Jesús. Pero estos jóvenes superaron la experiencia del evangelio. Acostumbrados por Juan Pablo II a estar cerca de ellos, percibían demasiada lejana la presencia de Benedicto XVI. Muchos empezaron a prepararse para nadar desde la orilla y abordar por asalto la barcaza del Papa. Pero la policía se los impidió.

La otra escena calcada de los evangelios fue con ocasión de la misa de clausura. En una explanada inmensa estaban congregados los jóvenes. ¡Un millón! Sobre la superficie plana de aquel terreno se elevaba un montículo que recordaba el pequeño monte desde donde Jesús pronunció el Sermón de la montaña.

De nuevo, los jóvenes sintieron físicamente al Papa muy lejos de ellos. Lo que el espectáculo ganó en belleza, lo perdió por la acostumbrada cercanía de Juan Pablo II con sus jóvenes.

Pero los jóvenes se retiraron al final satisfechos de haber cumplido con lo que se propusieron, hacerle sentir al Papa que la Iglesia Católica es joven, que los jóvenes están con Cristo, en la Iglesia que Jesús fundó sobre Pedro.

Día después de que todo terminó en Colonia, la policía de esta ciudad declaró en público que los jóvenes se fueron dejando una ciudad moralmente limpia, pues no encontraron ni una tan sola jeringa ni condones ni nada que recordara la impudicia, el vicio o la muerte.

Es normal. Estos jóvenes fueron a Colonia para decirle al mundo que vale la pena luchar para vivir, para amar, para ser solidarios.

*Vicario Episcopal de Cultura del Arzobispado. Email Edindel@navegante.co.sv


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