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Manuel Hinds*
(Segunda parte)
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
En el artículo anterior mencioné que el TLC, que en general
es un instrumento de liberalización económica, ha generado
espacios para la creación de sinecuras privilegios otorgados
por el Gobierno a personas específicas sin que éstas tengan
que hacer nada para gozar de ellos. Estos espacios se generan por
la manera en la que el Tratado manejó la liberalización
del comercio en algunos productos.
En general, el Tratado redujo los aranceles de importación. Esta
manera de liberalizar es eficiente, ya que los consumidores reciben un
beneficio inmediato: los precios de los productos liberalizados bajan
en la proporción de la reducción de los aranceles. Es decir,
si a un producto que vale $10 internacionalmente se le quita un arancel
de 40%, el precio en el mercado doméstico cae de $14 a $10. Esto
también beneficia a los productores que usan materiales cuyos aranceles
han sido reducidos.
El otro instrumento de liberación usado en el TLC es el de las
cuotas. En esencia, en dicho sistema el país permite que se importe
una cantidad fija de estos productos pagando cero aranceles. El resto
del consumo tiene que ser producido localmente. Nadie más puede
importar. Desde el punto de vista del comercio internacional, esto es
una liberación, ya que permite el acceso a un mercado que antes
estaba cerrado.
Desde el punto de vista del país, sin embargo, tiene dos problemas.
El primero es que no proporciona ningún beneficio al consumidor,
porque no resultan en una reducción de los precios. Como explico
más adelante, todo el beneficio de la liberalización la
gana el que tenga el permiso de importación.
El segundo problema es que, siendo que el permiso de importación
cuando la importación en general está prohibida es claramente
una sinecura, es necesario decidir a quién se le da.
Para ver estos puntos claramente, el lector puede imaginar que recibe
un permiso para importar sin aranceles cinco millones de unidades de un
producto X del que se consumen 20 millones al año. Nadie más
puede importar el producto. Sin aranceles, el producto le cuesta $10,
mientras que el local se vende a $14. ¿A qué precio vendería
usted el producto? Obviamente a $14, porque la mayor parte del producto
se produce en el país y se vende a ese precio.
Note entonces que, siendo que el país tiene el beneficio de comprar
el producto X a $10 en vez de a $14, la totalidad del beneficio ($20 millones)
se la embolsaría usted. Lo fantástico del negocio es que
no requeriría ningún esfuerzo de parte suya. Sus utilidades
no tendrían que ver con eficiencia económica ni con darle
un beneficio a los consumidores.
Lo único que tendría que hacer, una vez al año, es
visitar a un mayorista y venderle toda su cuota. Luego podría retirarse
a vivir en la Riviera Francesa por el resto del año.
La pregunta es: ¿A quiénes debe dársele estas sinecuras?
Hay dos maneras en las que el Gobierno puede manejar la asignación
de ellas. Una de ellas es dársela, total o parcialmente, a ciertas
personas específicas, nombradas de una manera genérica.
Una idea común es darle las licencias a los que habían importado
el producto X en los tres años previos (por ejemplo, dándoles
el 80% a éstos y el 20% a nuevos importadores). Los importadores
previos son unos señores específicos, que en realidad podrían
nombrarse en la ley o el decreto que les transfiera la sinecura si no
fuera porque hacer esto es inconstitucional.
En realidad, aun si no se les menciona de nombre, el otorgamiento arbitrario
de un privilegio tan marcado es claramente inconstitucional. Además,
¿cómo se van a escoger a los que formen parte del otro 20%?
Tengo la plena seguridad de que en este Gobierno no podría haber
corrupción, pero otorgar una licencia de este tipo claramente abre
las puertas para que la haya en el futuro.
Mucha gente estaría dispuesta a pagar mucho dinero por una firma
otorgando una licencia. Y sería corrupción impune, porque
¿cómo se podría probar que hubo pago? Puede haber
muchas otras fórmulas similares, pero todas son totalmente arbitrarias.
No hay razón alguna para que no se la den a usted, estimado lector,
o a su vecino, o a su jardinero.
La segunda manera, la solución a este problema tanto desde el punto
de vista de equidad como de eficiencia económica, es que el Gobierno
venda las licencias de importación en subastas públicas
y use los ingresos así percibidos en desarrollar actividades en
beneficio de la comunidad.
En este caso, por ejemplo, podría establecer un fondo para ayudar
a las empresas pequeñas a ingresar al mercado de los Estados Unidos
o para mejorar la educación de los adultos en maneras que los ayuden
a establecer negocios. De esta forma, los beneficios del Tratado en estos
rubros se esparcirían a la comunidad entera. Esta acción
del Gobierno sería mucho más justa y eficiente económicamente
que pagar un retiro temprano en la Riviera.
*Ingeniero y columnista de El Diario de Hoy.

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