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Marvin Galeas*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Desde hace ya varios años, apareció para quedarse la televisión
en colores. Pero algunos quedaron atrapados, como televisores en blanco
y negro, en una visión de mundo en la que sólo hay, cuando
mucho, una escala de grises.
Argumentar que el socialismo y sus variantes es un esquema fracasado no
implica estar en favor de las cárceles clandestinas, de hacer desaparecer
personas por motivos políticos, del fraude electoral, ni de los
abusos de grupos económicos que se aprovechan de los favores gubernamentales
para prosperar, o que tratan a los empleados sin el menor respeto a la
dignidad humana.
Tanto daño puede hacerle a un país, sobre todo a los más
pobres, un grupo de matones de botas y pistolas en alianza con grupos
mercantilistas, como un partido marxista empeñado en la delirante
idea de hacer el paraíso en la tierra. Fue tan repudiable la dictadura
militar argentina de los años 70, como hoy el despiadado gobierno
de Fidel Castro en Cuba.
Creo que el liberalismo es la corriente ideológica que a lo largo
de la historia de los últimos siglos ha demostrado que es la que
mejor se adapta a la naturaleza humana. Ello explica por qué las
naciones que se han forjado a la luz de estas ideas son ahora las más
desarrolladas y las más prósperas del mundo.
Contrario al marxismo y a sus variantes socialistas, incluyendo al nacional-socialismo,
el liberalismo no es una ideología cerrada, llena de verdades absolutas
o recetas mágicas tendientes a programar a los seres humanos para
ser felices y perfectos. La esencia del pensamiento liberal es la libertad
individual. De esa libertad se desprenden los valores y las actitudes
organizadas que giran en torno a la convicción de que mientras
hay más libertad para el individuo, hay más oportunidades
para la colectividad de progresar y vivir en armonía.
Pero esa libertad individual implica una responsabilidad. En una sociedad
libre, cada individuo en capacidad de trabajar es responsable de sí
mismo. Es responsable de sus actos y sus consecuencias. El límite
de su acción es, o debe ser, el derecho de los demás.
Por ello existe el Estado de Derecho, creación de factura liberal,
para regular, no para planificar, la sociedad. Del Estado de Derecho,
emanan leyes neutrales que evitan los privilegios para personas, partidos
o grupos determinados.
Para los liberales debe existir la igualdad. Pero es la igualdad de oportunidades.
Sin embargo, como los seres humanos somos todos diferentes el uno del
otro, nada puede garantizar, que todos aprovecharán de igual forma
esas oportunidades. En un sistema que garantiza la libertad económica,
y donde funciona de manera razonable el Estado de Derecho, todos podemos
hacer realidad nuestros sueños, sin más límites que
nuestra propia capacidad de soñar, de trabajar y de inventar.
No se trata de un sistema perfecto, pero la vida ha demostrado que es
el más perfecto de los sistemas. Los liberales no pueden ser ni
fanáticos ni ortodoxos, puesto que sus creencias no se basan en
verdades absolutas que se deben imponer a sangre y fuego, sean éstas
políticas, religiosas o de cualquier tipo.
El pensamiento liberal, escribió uno de los clásicos de
esta corriente, genera dos actitudes fundamentales: la tolerancia y la
confianza en la fuerza de la razón.
Un sistema de libertades premia siempre al trabajador con iniciativa,
al honrado, al transparente, al previsor, al rebelde, a la mediocridad.
No es un premio que una persona, un gobierno o un partido otorgue, sino
es el resultado de un esfuerzo.
En un sistema estatista es el comandante en jefe, el presidente o el partido
el que privilegia al resentido, al envidioso, al holgazán, al incapaz,
al intrigante, al labioso, que, sin embargo, siempre muestra o finge una
lealtad perruna a prueba de bombas.
Estoy convencido de que las variantes socialistas son, por excelencia,
el sistema favorito de los mediocres. Del que siempre espera, inamovible,
que el gobierno le resuelva sus problemas; del que culpa a los ricos de
su pobreza; del que nunca disfruta de lo que tiene por vivir amargado
por lo que otros poseen; de aquel que, al analizar sus fracasos, siempre
hace responsables a otros. El socialismo es la religión de los
cortos de espíritu y escasa imaginación. Los demagogos son
sus profetas.
Mi crítica al marxismo revolucionario y corrientes es porque creo
en el sistema de libertad y porque tengo los suficientes argumentos y
experiencias vitales para defenderlo. Estar en contra de gobiernos como
el de Hugo Chávez y Fidel Castro, no implica, como insinúan
algunos, estar de acuerdo con las injusticias, la corrupción y
los abusos de grupos poderosos.
Mucho hemos avanzado en El Salvador por el sendero de la libertad. Pero
hay tanto por hacer. Hay millares de cosas que no están bien en
el funcionamiento de las instituciones. Los cuadros de pobreza estremecen
el alma. Y, sin embargo, lejos de caer en la tentación de apartarnos
de ese camino, debemos mantenernos con mucha perseverancia.
*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv

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