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Llegó septiembre
La Patria está de fiesta

Septiembre debe movernos a todos a hacer un examen de conciencia de cómo se refleja externamente nuestro amor a la Patria. Cumpliendo, en primer lugar, con nuestros deberes cívicos.

Publicada 4 de septiembre 2005, El Diario de Hoy

Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Los salvadoreños tenemos muchísimos defectos, pero entre las cualidades con que el Creador nos dotó, está un profundo amor a nuestra Patria. Lo llevamos en el alma y en la sangre y lo demostramos con heroicidad en los momentos de prueba y con bayuncada en otros.

En bocacalles y semáforos encontramos el recordatorio que ya viene el 15 de septiembre, nuestra Fiesta Nacional, y los postes de la luz (innumerables, incontables e insoportables, que crecen como la mala hierba) se han vestido de azul y blanco con banderitas de todos tamaños y precios. Plásticas en un palito, o de tela en un sofisticado aparato para poner en el carro.

Porque en septiembre todos los carros proclaman que sus conductores son salvadoreños honrando a su Patria. Los periódicos pusieron en sus páginas centrales la bandera que adornará las puertas de todos los hogares, símbolo del orgullo de ser salvadoreños y del respeto por esta Patria tan herida, tan golpeada y tan querida.

Los compatriotas en el extranjero tampoco olvidan y las efemérides nacionales, como el 6 de agosto y el 15 de septiembre, se celebran con la procesión y la bajada del Divino Salvador del Mundo y con un tradicional desfile que en Nueva York y Los Ángeles alcanza ya grandes proporciones.

Las celebraciones incluyen bailes folclóricos, en que la nueva generación que ya nació en EE.UU., y que a lo mejor no habla español, viste trajes regionales, baila al son de El Carbonero y consume toneladas de pupusas, tamales y toda comida típica imaginable.

Es amor a la Patria la sabia decisión de las dos mujeres que son ministras de Economía y Educación, que con mucho sentido común y responsabilidad ciudadana no permitirán desfiles ni el cierre de calles en días laborables, por el alto costo que los embotellamientos suponen para los automovilistas, por el alza de la gasolina. La ciudadanía agradece profundamente esta medida, aunque también suenen las voces de los eternos descontentos, que alegan derechos cuando no han sabido nunca cumplir deberes y creen ser dueños de las calles.

Septiembre debe movernos a todos a hacer un examen de conciencia de cómo se refleja externamente nuestro amor a la Patria. Cumpliendo, en primer lugar, con nuestros deberes cívicos; realizando a conciencia nuestro trabajo profesional, para que sea técnicamente bien hecho y con sentido ético. Practicar en nuestra vida diaria virtudes morales y humanas: un estricto sentido de la justicia pagando salarios justos, devengando el que ganamos y cumpliendo con la sagrada obligación de pagar impuestos. Obedecer a las leyes de tránsito, tener paciencia con los cafres del volante. Tener prudencia en el actuar, pensando siempre antes de emitir un juicio. Para lograrlo todos debíamos leer el magnífico ensayo de Masferrer: “El elogio del silencio”.

Respetar la naturaleza es una de las grandes responsabilidades del hombre, y una muestra evidente de amor a su Patria. ¡Qué tierra más bella la que nos dio el Señor, poniendo en un espacio tan pequeño mares, ríos y volcanes, pintados de intensos verdes, con un clima amable todo el año! ¡Y qué triste que la estemos convirtiendo en un gran basurero! Esto sería lo mejor que en el mes de la independencia los salvadoreños debíamos hacer: aprender a poner la basura en su lugar. Entender que la separación de desechos es una señal de progreso y fuente de trabajo para muchas personas que no lo tienen, además de una contribución decisiva al cuidado del medio ambiente y de la salud.

Que no veamos más que se tiran latas de gaseosa, cáscaras de fruta ni bolsas plásticas de las ventanas de los buses, y menos de automóviles lujosos. Estamos ensuciando nuestra propia tierra y nos estamos convirtiendo en los enemigos del turismo, que es la fuente de ingresos más grande y la esperanza de un mejor futuro para tantos ciudadanos en el Siglo XXI: los hoteles, los restaurantes, las nuevas industrias, los centros de recreación en el mar y en la montaña tienen ambiciosos proyectos para El Salvador: pero necesitan de la cooperación y buena voluntad de todos los ciudadanos, para presentar al visitante extranjero la mejor cara de nuestro país. No seamos un obstáculo hoy que la Patria necesita de nosotros.

*Columnista de El Diario de Hoy.


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