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Pedro
Roque*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Son impresionantes las imágenes que estamos viendo sobre la gravedad
de los daños y la destrucción causada en Nueva Orleans por
el huracán Katrina.
De verdad debemos dar gracias a Dios porque el huracán Adrián
perdió fuerza y velocidad al encontrarse las montañas de
nuestro país, pues comparativamente y por el tipo de estructuras
que tenemos aquí, un huracán como el Katrina nos hubiera
arrasado sin ninguna misericordia.
Si Estados Unidos, con su gran poder económico, reservas para los
desastres, medios de rescate y tecnología, está teniendo
serios problemas y necesitando ayuda, imagínense cómo hubiéramos
quedado aquí después del paso de un huracán con vientos
de 200 km/h y fuertes lluvias.
Aún no están cuantificados, ni económicamente ni
en vidas, cuánto va a costar esta factura de la madre naturaleza,
cómo y en cuánto nos va a repercutir. Sí se sabe
que el precio de los combustibles seguirá subiendo, pues Katrina
ha cerrado 11 refinerías que entre todas procesan el 11 por ciento
de los combustibles que se utilizan en Estados Unidos.
Habiendo menos combustible y al mismo tiempo incrementándose la
demanda, en nuestro sistema económico el precio de manera automática
sube y puede hacerlo desmesuradamente si no se toman medidas estructurales
bien pensadas por los legisladores y los ejecutivos.
Por otro lado, parece que la madre naturaleza, para recobrar su equilibrio,
nos está pasando con más frecuencia estas facturas.
El cambio climático, tsunamis, deshielos en Europa, olas de calor
y de frío en la parte norte del planeta; ruptura de los grandes
icebergs en los polos Norte y Sur, sequías de cuatro y cinco años
seguidos en Europa, grandes incendios en Portugal y en España y
terremotos en diferentes zonas del planeta son ejemplos de desastres que
nos azotan, parece que en los últimos años con más
frecuencia.
Es un buen momento para reflexionar sobre las leyes que regulan la emergencia
nacional y los requerimientos en reservas para responder a una posible
manifestación de la madre naturaleza en El Salvador.
Lo más próximo nos lo está advirtiendo desde
hace algún tiempo, puede ser la erupción del Volcán
de Santa Ana, que Dios quiera siga desahogando la presión interna
poco a poco y no llegue a una gran erupción con sismos y terremotos
como el de Pompeya.
Pero volviendo a Nueva Orleans, era y ojalá que pronto vuelva
a ser, una ciudad muy especial, donde hay mucho que ver y en términos
de jazz, mucho qué aprender.
Personalmente conocí Nueva Orleans el 4 de enero de 1966, ya que
esta preciosa ciudad y Nueva York estaban en mi itinerario hacia Alemania,
antes de llegar a Frankfurt y Stuttgart. Esta vez, sin saber muy bien
dónde estaba, salí a dar un paseo y de pronto me encontré
en la Bourbon Street, donde por primera vez escuché jazz en vivo,
y admiré al mismo tiempo a una excelente bailarina, que armoniosamente
bailaba sobre una barra.
Como esto lo presencié desde afuera del local, ahí mismo
me prometí algún día volver a Nueva Orleans. Y lo
pude hacer desde España, en 1992, aprovechando una visita técnica.
Esta vez estuve tres días y conocí el aspecto turístico
de la ciudad y, naturalmente, visité algunos restaurantes, donde
además de la buena comida ofrecen conciertos de jazz.
La tercera fue la mejor visita, hace un par de años, en un encuentro
planificado desde El Salvador y España, cuyo objetivo principal
fue buscar líneas de reorientación en la carrera musical
de un joven que quería perfeccionar sus habilidades con la batería.
Escogimos el mejor lugar del mundo para admirar y aprender de los grandes
intérpretes del jazz, que en Nueva Orleans nacen, crecen, dedican
su vida a la música y no siempre son reconocidos.
Durante cuatro días analizamos los diferentes estilos de los músicos
de cada uno de los locales y restaurantes, donde además de la exquisita
Jambalaya, ofrecen continuamente conciertos de jazz diferentes
bandas
Lo que más nos impresionó fue el local con
el nombre Preservation Hall, que es como el palacio del jazz.
Es sencillo, pues lo conservan tal como era hace muchos años, y
es donde tocan los grandes músicos del jazz de Nueva Orleans y
del mundo.
Vimos un quinteto de músicos en el que el más joven posiblemente
tenía 60 años. El batería me lo imaginé entre
75 y 80 años, y que a pesar de su edad tocaba con una gran agilidad
y realizó un inolvidable solo de tres minutos, que aún me
resuena en la memoria al recordarlo.
Saben tanto estos músicos que sin partitura y con la mirada entre
ellos determinan los momentos exactos de entrada y de salida de cada instrumento.
Pero en Nueva Orleans hay y habrá pronto, cuando sea reconstruida,
muchas cosas interesantes. Museos, teatros, espectáculos, el famoso
carnaval Mardi Grass, el Carnaval Latino y muchos festivales todos los
días del año.
Mi reflexión final es que no importa ni el lugar ni la dimensión
ni las creencias religiosas o el sistema económico que se tenga
en un país, ninguno está a salvo de las fuerzas de la madre
naturaleza. Ojalá que aquí nos preparemos bien con el manejo
de la información y las medidas preventivas para lo que pueda suceder
con la inestabilidad que tiene en la actualidad el Volcán de Santa
Ana. Feliz domingo.
*Ingeniero y columnista de El Diario de Hoy.

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