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Nueva Orleans, la ciudad del jazz

Ojalá que aquí nos preparemos bien con el manejo de la información y las medidas preventivas para lo que pueda suceder con la inestabilidad que tiene en la actualidad el Volcán de Santa Ana.

Publicada 4 de septiembre 2005, El Diario de Hoy

Pedro Roque*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Son impresionantes las imágenes que estamos viendo sobre la gravedad de los daños y la destrucción causada en Nueva Orleans por el huracán Katrina.

De verdad debemos dar gracias a Dios porque el huracán Adrián perdió fuerza y velocidad al encontrarse las montañas de nuestro país, pues comparativamente y por el tipo de estructuras que tenemos aquí, un huracán como el Katrina nos hubiera arrasado sin ninguna misericordia.

Si Estados Unidos, con su gran poder económico, reservas para los desastres, medios de rescate y tecnología, está teniendo serios problemas y necesitando ayuda, imagínense cómo hubiéramos quedado aquí después del paso de un huracán con vientos de 200 km/h y fuertes lluvias.

Aún no están cuantificados, ni económicamente ni en vidas, cuánto va a costar esta factura de la madre naturaleza, cómo y en cuánto nos va a repercutir. Sí se sabe que el precio de los combustibles seguirá subiendo, pues Katrina ha cerrado 11 refinerías que entre todas procesan el 11 por ciento de los combustibles que se utilizan en Estados Unidos.

Habiendo menos combustible y al mismo tiempo incrementándose la demanda, en nuestro sistema económico el precio de manera automática sube y puede hacerlo desmesuradamente si no se toman medidas estructurales bien pensadas por los legisladores y los ejecutivos.

Por otro lado, parece que la madre naturaleza, para recobrar su equilibrio, nos está pasando con más frecuencia estas facturas.

El cambio climático, tsunamis, deshielos en Europa, olas de calor y de frío en la parte norte del planeta; ruptura de los grandes icebergs en los polos Norte y Sur, sequías de cuatro y cinco años seguidos en Europa, grandes incendios en Portugal y en España y terremotos en diferentes zonas del planeta son ejemplos de desastres que nos azotan, parece que en los últimos años con más frecuencia.

Es un buen momento para reflexionar sobre las leyes que regulan la emergencia nacional y los requerimientos en reservas para responder a una posible manifestación de la madre naturaleza en El Salvador.

Lo más próximo — nos lo está advirtiendo desde hace algún tiempo—, puede ser la erupción del Volcán de Santa Ana, que Dios quiera siga desahogando la presión interna poco a poco y no llegue a una gran erupción con sismos y terremotos como el de Pompeya.

Pero volviendo a Nueva Orleans, era —y ojalá que pronto vuelva a ser—, una ciudad muy especial, donde hay mucho que ver y en términos de jazz, mucho qué aprender.

Personalmente conocí Nueva Orleans el 4 de enero de 1966, ya que esta preciosa ciudad y Nueva York estaban en mi itinerario hacia Alemania, antes de llegar a Frankfurt y Stuttgart. Esta vez, sin saber muy bien dónde estaba, salí a dar un paseo y de pronto me encontré en la Bourbon Street, donde por primera vez escuché jazz en vivo, y admiré al mismo tiempo a una excelente bailarina, que armoniosamente bailaba sobre una barra.

Como esto lo presencié desde afuera del local, ahí mismo me prometí algún día volver a Nueva Orleans. Y lo pude hacer desde España, en 1992, aprovechando una visita técnica. Esta vez estuve tres días y conocí el aspecto turístico de la ciudad y, naturalmente, visité algunos restaurantes, donde además de la buena comida ofrecen conciertos de jazz.

La tercera fue la mejor visita, hace un par de años, en un encuentro planificado desde El Salvador y España, cuyo objetivo principal fue buscar líneas de reorientación en la carrera musical de un joven que quería perfeccionar sus habilidades con la batería.

Escogimos el mejor lugar del mundo para admirar y aprender de los grandes intérpretes del jazz, que en Nueva Orleans nacen, crecen, dedican su vida a la música y no siempre son reconocidos.

Durante cuatro días analizamos los diferentes estilos de los músicos de cada uno de los locales y restaurantes, donde además de la exquisita “Jambalaya”, ofrecen continuamente conciertos de jazz diferentes bandas… Lo que más nos impresionó fue el local con el nombre “Preservation Hall”, que es como el palacio del jazz. Es sencillo, pues lo conservan tal como era hace muchos años, y es donde tocan los grandes músicos del jazz de Nueva Orleans y del mundo.

Vimos un quinteto de músicos en el que el más joven posiblemente tenía 60 años. El batería me lo imaginé entre 75 y 80 años, y que a pesar de su edad tocaba con una gran agilidad y realizó un inolvidable solo de tres minutos, que aún me resuena en la memoria al recordarlo.

Saben tanto estos músicos que sin partitura y con la mirada entre ellos determinan los momentos exactos de entrada y de salida de cada instrumento.

Pero en Nueva Orleans hay y habrá pronto, cuando sea reconstruida, muchas cosas interesantes. Museos, teatros, espectáculos, el famoso carnaval Mardi Grass, el Carnaval Latino y muchos festivales todos los días del año.

Mi reflexión final es que no importa ni el lugar ni la dimensión ni las creencias religiosas o el sistema económico que se tenga en un país, ninguno está a salvo de las fuerzas de la madre naturaleza. Ojalá que aquí nos preparemos bien con el manejo de la información y las medidas preventivas para lo que pueda suceder con la inestabilidad que tiene en la actualidad el Volcán de Santa Ana. Feliz domingo.  

*Ingeniero y columnista de El Diario de Hoy.


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