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José Miguel Cruz*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
La violencia que afecta a nuestra sociedad no sólo constituye
una amenaza directa para la salud y la calidad de vida de la población,
no sólo se ha convertido en una amenaza para el crecimiento y el
desarrollo económicos del país, y no sólo es la fuente
más manifiesta de inseguridad y de riesgo para muchos salvadoreños,
sino que también constituye una amenaza muy seria para la construcción
y la consolidación de la democracia en El Uno puede tener diversas
opiniones sobre la naturaleza, los alcances y la calidad del régimen
político que tenemos en la actualidad en el país, pero lo
cierto es que la violencia amenaza de manera directa las posibilidades
de que éste se convierta en una democracia institucional más
o menos funcional.
El Salvador es parte de un grupo de países que intentan construir,
consolidar y mantener un régimen democrático por primera
vez en su historia. La violencia constituye una amenaza a esos intentos,
por varias razones.
En primer lugar, porque, comenzando con lo más obvio, los elevados
índices de violencia y criminalidad destruyen las condiciones para
una convivencia pacífica entre los ciudadanos: deterioran la confianza
entre las personas, anulan las actitudes de tolerancia y solidaridad entre
muchos ciudadanos y establecen la sospecha como la norma fundamental en
las relaciones entre las personas. Para que la democracia funcione, necesitamos
niveles básicos de tolerancia y de solidaridad basados en la confianza
mutua entre los ciudadanos.
La violencia constituye una amenaza para la construcción de la
democracia, porque aquélla destruye también la confianza
de los ciudadanos en las instituciones fundamentales de orden y seguridad.
Las personas que viven en un entorno en el que reinan la violencia y la
inseguridad, están menos dispuestas a confiar en las instituciones
y, por lo tanto, utilizan menos los mecanismos institucionales para resolver
conflictos, para facilitar la seguridad de la comunidad y para reclamar
justicia.
Al final de cuentas, la gente se ve más tentada a obtener seguridad
por sus propios medios y a tomarse la justicia por su propia mano, que
a demandar que las instituciones cumplan con su trabajo. En esa búsqueda
de seguridad, muchos salvadoreños han comprado armas para defenderse,
han estimulado la creación de ejércitos privados y han promovido
directa o indirectamente grupos de limpieza social, como forma de obtener
justicia por mano propia. Esto no hace sino aumentar las condiciones para
el ejercicio de la violencia y erosiona la capacidad del Estado para poner
orden y administrar la seguridad pública de la población.
En tercer lugar, la violencia erosiona las posibilidades de construir
un régimen democrático en El Salvador, porque la misma convence
a muchos ciudadanos de que la única manera de combatir efectivamente
al crimen y la inseguridad es pasando por alto o ignorando los derechos
humanos y las libertades fundamentales de los ciudadanos.
Inducidos por un discurso político populista y anclados en una
tradición de cultura política autoritaria, varios salvadoreños
han llegado a pensar que la única manera de combatir la delincuencia
es pasando por alto el debido proceso y las normas fundamentales de un
Estado de Derecho. Lamentablemente, algunos salvadoreños han llegado
a pensar que se vale que la policía torture a sospechosos o ejecute
a delincuentes con tal de obtener seguridad, sin tomar en cuenta las repercusiones
que eso puede tener para el respeto de los derechos y las libertades fundamentales
de toda la gente.
Muchas personas han celebrado la facultad recientemente adquirida de la
PNC de allanar viviendas sin pensar que la misma constituye un retroceso
en el sistema de garantías para el respeto de los derechos ciudadanos.
Lo peor de ello es que ni ésa ni otras medidas del mismo corte
han sido capaces de controlar los niveles de violencia existentes en el
país.
Además, la inseguridad fomenta los llamados a los militares por
parte de los civiles para que aquéllos vuelvan al terreno de la
seguridad pública, favorece las condiciones políticas para
la remilitarización de la sociedad y traslada la solución
de un problema complejo a las respuestas que favorecen exclusivamente
el uso de la fuerza estatal. La decisión de sacar a los militares
a las calles no resolverá el problema de la violencia y sólo
contribuirá a la remilitarización de nuestra sociedad.
Finalmente, uno de los mayores riesgos para la construcción de
la democracia es el hecho de que la violencia favorece y estimula liderazgos
populistas, que ofrecen soluciones autoritarias como las únicas
efectivas para hacer frente al crimen y la violencia. En la búsqueda
desesperada de seguridad, muchos ciudadanos están dispuestos a
apoyar alternativas políticas autoritarias y antidemocráticas,
que ofrecen medidas represivas y militares para resolver el problema de
la violencia.
Esos liderazgos políticos son los que, al final de cuentas, debilitan
el carácter democrático de las instituciones, destruyen
el marco de respeto a los derechos ciudadanos, desbaratan los mecanismos
de solución racional a los problemas y, antes que resolverlos,
deterioran de manera significativa las condiciones de gobernabilidad democrática
de nuestra sociedad.
*Director del IUDOP de la UCA y columnista de El Diario de Hoy.

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