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Marvin Galeas*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Un coronel me contó una vez que antes de la guerra (no sé
si todavía es así) los estudiantes de último año
en la Escuela Militar se hacían llamar los dioses del Olimpo.
Los demás alumnos tenían que obedecerles no sólo
las órdenes reglamentarias, sino también en cualquier capricho.
Era una tradición, hasta cierto punto lógica, si se toma
en cuenta que al militar se le educa para obedecer y mandar, sin rechistar.
En América Latina, la mayoría de militares que se convirtieron
en presidentes encabezó gobiernos autoritarios. Algunos de ellos
fueron verdaderos tiranos de muy triste recordación.
Y, sin embargo, no es necesario ser militar o presidente de nación
para convertirse en tirano. Con ser jefe en una oficina pública
o privada, maestro o padre de familia basta.
Hay sujetos que, por alguna razón, adquirieron algún poder
y van por la vida haciéndole la vida de cuadritos a sus semejantes.
Sé de jefes que gozan perversamente con el sufrimiento de sus subalternos.
Escaparse de ellos el viernes por la tarde o el sábado al mediodía
es la máxima felicidad de los empleados. Y por supuesto es la máxima
angustia el domingo por la noche.
Conozco de mujeres progresistas, directoras de ONG, que se
gastan una labia de muy liberación femenina y muy justicia social,
pero viven humillando sus empleadas domésticas o secretarias. O
de maestros sádicos a los que les fascina asustar a los alumnos
anunciando, en tono apocalíptico, terribles exámenes llenos
de logaritmos peludos y horrorosas hipotenusas. Después, les causa
verdadero placer anunciar en voz alta los nombres de los que aplazaron
la materia.
Y qué decir de ese papá verdugo de sus hijos.
Cobarde en la calle, pero muy macho con la esposa y los hijos, a quienes
literalmente tortura con golpes, palabras e indiferencia. El típico
macho que pelea por pagar la cuenta en el bar y arma el alboroto cuando
en casa se le pide dinero para calzado, comida, ropa o una salidita a
pasear.
El autoritarismo no es exclusivamente un fenómeno político,
patrimonio de dictadores y estamentos militares. Es un fenómeno
cultural que aparece en todos los ámbitos de la vida cotidiana,
de manera fundamental en sociedades como la nuestra, donde el autoritarismo
se asentó por décadas. Además, vivimos todavía
las secuelas de la guerra. Sin embargo, no estamos condenados a ser para
siempre una sociedad con ese tipo de problemas. Algún día
tendremos que superarlos.
Pero la cura no es sólo tener gobiernos civiles, partidos de oposición
y elecciones libres. La democracia política es uno solo de los
muchos componentes de la convivencia democrática y pacífica.
De nada sirve, pues, la conquista de la democracia política sin
andan sueltos por allí en las escuelas, en los centros de trabajo,
en las casas tiranuelos que oprimen a los pocos o muchos que caen bajo
su mando.
La convivencia democrática trasciende la esfera de lo político.
Es en realidad una manera de vivir la vida en sociedad. Es un concepto
que no tiene límites, se ensancha cada día. La actitud democrática
consiste en aceptar la diversidad, en entender que no hay verdades absolutas
que imponerle a los demás. La democracia no es la cultura del consenso,
sino más bien la del sagrado derecho a disentir.
Son múltiples las causas del autoritarismo cotidiano. Creo que
lo que está tras la personalidad de esos bravucones jefes de oficina
es un profundo sentido de inferioridad.
Los hitlercillos a esconder, ese sentimiento, tras el título, la
corbata y la palabra hiriente. Con respecto a esos sátrapas que
son los padres de familia violentos, creo que lo que existe es una terrible
mezcla de incapacidad e irresponsabilidad.
Cuántas veces nos hemos sentido tentados a hacer uso de nuestros
pequeños poderes para resolver de manera rápida una difícil
situación. Gritarle a nuestros hijos para que hagan lo que queremos.
Imponer a nuestros colaboradores puntos de vista y métodos caprichosos
sólo porque se nos vino en gana. Cuántas veces no hemos
despreciado el punto de vista de nuestra pareja e impuesto el nuestro,
sólo por el hecho de que creemos que somos los que mandamos y qué.
Los más propensos al autoritarismo son aquellos que creen que sus
ideas son dogmas que no necesitan ser confrontados con la realidad. Los
ignorantes. Los que convierten cada organización, ministerio, ONG,
iglesia o empresa en una secta. Los irresponsables que creen que humillando
y despotricando demuestran eficiencia.
Los soberbios que creen que por haber leído un par de novelas clásicas
o unos cuantos tratados de sociología están autorizados
para dispararle a cualquiera su pedantería. Los que están
convencidos de que un título académico es una licencia para
irrespetar a los demás, en especial a los humildes. El que nunca
tuvo y llegó a tener, el que todo lo tiene desde que nació.
Es decir, todos podemos caer en la tentación autoritaria. Y cuando
eso ocurra, cuando nos sintamos tentados a humillar, a despedazar, a gritar,
a imponer, recordemos que por mucho dinero que se tenga, por más
títulos académicos que cuelguen de las paredes, por encumbrado
que sea el cargo que se ostenta, desnudos venimos al mundo y desnudos
nos iremos.
No somos, pues, la última chupada del mango y menos los dioses
del Olimpo. Somos criaturas de Dios como todos. Que nuestro paso por el
mundo sea no sólo útil y feliz para nosotros, sino también
para los demás.
*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv

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