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El
Diario de Hoy
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Nueva Orleans, la esplendorosa joya del Misisipi, la Perla del Golfo
de México, muere ahogada. Una de las cuatro ciudades de Estados
Unidos de propia, mágica e irrepetible raigambre, de noble abolengo,
ha caído víctima de la más espantosa catástrofe
natural de América del Norte. Sucumbió, a juicio nuestro,
para no levantarse jamás.
Nueva Orleans une cuatro tradiciones española, francesa,
sajona y negra en magníficos logros culturales, cívicos,
humanos, gastronómicos, científicos, técnicos y económicos.
Su puerto es uno de los de mayor movimiento comercial del mundo, la puerta
de salida de una extensa región agrícola e industrial; la
ciudad es la cuna del jazz, de los carnavales en Estados Unidos, de ricas
tradiciones pictóricas, de la cocina creole y del gumbo. Durante
décadas, Nueva Orleans fue la puerta de entrada a Estados Unidos
para los hispanoamericanos, que la visitaban para comerciar, para entretenerse,
para hacer negocios y para dejar a sus hijos en las excelentes universidades
que hay en su entorno.
Nueva Orleans fue una de las pocas ciudades estadounidenses donde la gente
caminaba y paseaba a pie, sin riesgo ni sobresalto, disfrutando los encantos
que cada calle y parque ofrecían, desde la muy famosa Bourbon con
sus bares, strippers, músicos y luces, hasta los tranquilos parques
y la majestuosa Canal Street. El comercio era amable y sin prisa, la atención
hotelera magnífica, los lugareños amigables. El toque sureño
es inconfundible pese al carácter cosmopolita de la urbe.
Las dimensiones de la catástrofe sobrecogen el espíritu,
nos llena de inmenso dolor. Nueva Orleans está inundada por aguas
tóxicas y sucias que han paralizado el tráfico, complicando
enormemente las labores de rescate. Nadie sabe cuántas personas
están atrapadas en los techos de sus casas, ni el número
real de muertos que causó el huracán en Nueva Orleans y
las áreas aledañas. Las familias están divididas
sin posibilidad de comunicación; los refugios saturados y pestilentes,
los hospitales paralizados.
Las comunidades de salvadoreños, centroamericanos, sudamericanos
y europeos que habían hecho de la ciudad su nueva patria, se encuentran
dispersas. Se calcula que pasarán semanas antes de restablecer
servicios esenciales de electricidad, agua y telefonía. Las inundaciones
han prácticamente bloqueado todas las salidas de Nueva Orleans.
Vivirá siempre en nuestros recuerdos
El horror se extiende a otras ciudades en el delta del Misisipi y las
zonas golpeadas por el huracán. Son miles los desaparecidos e inconmesurables
los daños a la propiedad y las estructuras de toda naturaleza.
Las calles se transformaron en ríos y las ciudades en enormes pantanos
donde apenas asoman los techos de las casas. El lago Pontchardrin continúa
vaciándose sobre Nueva Orleans, empujando hacia arriba los niveles
del agua.
¿Se podrá reconstruir Nueva Orleans y es que tiene lógica
hacerlo? Para muchos, la bella ciudad pertenece al pasado, una nueva Atlántida
que deja lindas memorias, recuerdos imborrables.
Muchos de sus mejores hijos buscarán otros horizontes, llevando
consigo una parte de los tesoros espirituales y artísticos que
hicieron de Nueva Orleans el prodigio que cautivó a tantos. Otros
harán lo posible por reconstruir sus vidas y rescatar lo que se
pueda; no se puede descartar que se busque una nueva ubicación
para la ciudad, como de la Babilonia bíblica se pasó a Bagdad.

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