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Luis
Mario Rodríguez R.*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Durante mi estadía en España entre los años 1997
y 1998, estudiando un postgrado en Derecho Empresarial, tuve la oportunidad
de conocer a una ciudadana cubana que junto con una guatemalteca y este
servidor éramos los únicos extranjeros en el aula conviviendo
por lo demás, con muy buenos amigos españoles.
Nuestros profesores eran todos abogados en ejercicio, socios de prestigiosos
despachos españoles que atendían las necesidades corporativas
de empresas nacionales y grandes transnacionales. Su experiencia entonces
era la mejor enseñanza que podíamos obtener, pues el programa
del Máster se basaba exclusivamente en el método del caso,
esto es, el análisis de situaciones prácticas que podrían
suceder en las empresas, lo cual nos permitía discutir ampliamente
entre los compañeros y los profesores la solución que como
abogados corporativos debíamos presentar a la supuesta junta directiva
del grupo empresarial que nos había solicitado la opinión
legal.
Todas las mañanas nos ser- vían a los estudiantes para analizar
los casos; durante la tarde iniciaba la jornada en la universidad y era
entonces cuando debíamos exponer ante los profesores, la solución
al problema planteado, lo cual, por supuesto, era evaluado y ponderado
para la nota final, con lo cual nos jugábamos cada tarde la aprobación
de dicha materia, lo que podía afectarnos o beneficiarnos en el
promedio final del postgrado. Lo interesante en todo esto era la participación
de nuestra amiga cubana.
Lilian, como identificaremos en esta columna a esta cubana, era una inmigrante
que había huido de su tierra natal, por decisión propia,
al percatarse de que sus sueños de convertirse en una abogada corporativa
no podrían ser cumplidos en su querida isla. En dicho país
no existían empresas que requirieran de sus servicios y las pocas
iniciativas que se tenían para iniciar un negocio se veían
cada vez más asediadas y reguladas por el dictador cubano. Durante
el año y medio que convivimos en las aulas, conocimos no sólo
su vocación por el derecho y su habilidad para interpretar y armonizar
las distintas disposiciones legales en cada uno de los casos que nos planteaban
los profesores, sino también su lado humano, afectado grandemente
por la niñez anormal que vivió en su país
de origen.
Quizás lo más relevante de sus experiencias, compartidas
en momentos de nostalgia cuando recordaba a su familia aún residente
en Cuba, era la época navideña. Lilian nos contó
cómo, durante estas fiestas, el régimen cubano vigilaba
a cada ciudadano que intentaba decorar su casa con un árbol de
Navidad. Ésta era, para el líder cubano, una costumbre estadounidense
y, por tanto, era prohibida por el dictador, pues, según él,
alimentaba el sentimiento norteamericano de los cubanos y creaba en ellos
la esperanza de un futuro mejor, de una Cuba sin ataduras, donde todos
los ciudadanos pudieran hacer lo que su libre albedrío les dictara.
El ejemplo era burdo y, sin embargo, nos impactó mucho. La niñez
de Lilian se esfumó en un abrir y cerrar de ojos y fue hasta su
llegada a la madre patria, que pudo celebrar como siempre lo desearon
ella, sus hermanos y sus padres.
Recuerdo también cómo los amigos españoles, todos
compañeros de curso, se burlaban de Lilian por estar estudiando
una maestría que nunca podría ejercer en su patria natal.
Lo hacían, creo yo, porque les sorprendía el raciocinio
con el que resolvía los casos, como si en Cuba hubiera trabajado
para empresas transnacionales o hubiera sido la abogada corporativa mejor
cotizada por las empresas cubanas. Obviamente esto no era así,
por lo que todos conocemos. Ante la pregunta de por qué estudiaba
una especialización que no podría ejercer en Cuba, Lilian
respondió claramente que el día que el régimen
cayera, ella sería la primera abogada de empresas y la que más
conocimiento tendría en la isla.
Con lo dicho hasta aquí, no pretendo referirme a la Cuba de Castro,
donde las violaciones a los derechos humanos, a la libertad individual
y a la iniciativa privada son el pan de cada día. Los que somos
amigos del sistema económico con responsabilidad social conocemos
muy bien esos antecedentes y por tanto convencer a los convencidos sobre
lo que siguen padeciendo los cubanos sería simplemente innecesario.
Lo que me interesa con estas líneas es que todos reflexionemos
sobre el contraste de los países libres y democráticos respecto
de aquellos donde los derechos fundamentales son simplemente desconocidos
o utilizados en provecho de falsos líderes, que encuentran en los
problemas sociales un pretexto para sus soñadas revoluciones.
Ver juntos en una foto a Hugo Chávez, Evo Morales y Fidel Castro
no es extraño, pues en dos de esos países se impulsan revoluciones
que, si bien benefician a la población afectada con la pobreza
extrema, lo hacen en detrimento del desarrollo empresarial y las libertades
individuales, y en el caso de Bolivia, se está destruyendo el sistema
democrático con el derrocamiento de los presidentes electos en
las urnas por todos los ciudadanos.
Lo más extraño de este asunto es ver en esa foto al líder
histórico del FMLN, cuya revolución, de llegar a darse en
El Salvador, no tendría ni la plata de Chávez, producto
del petróleo, ni la coyuntura histórica de Fidel, que contó
con el apoyo de las, en aquel entonces, potencias comunistas. Lo único
que se logra con esas apariciones es revivir el fantasma de los inversionistas
extranjeros que ven en estas posiciones, los anhelos de estas personas
por nacionalizar todo aquello que puedan e implementar un sistema que
ya no tiene cabida en países como el nuestro.
*Secretario de Asuntos Legislativos y Jurídicos
de la Presidencia de la República.

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