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María A. de López Andreu*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Tecnología es hoy un elemento permanente de nuestra
vida diaria: la usamos en nuestro vocabulario, en el trabajo, en la casa,
en todo lugar y tipo de actividad. Ya no es un privilegio de científicos,
sino algo común y corriente para todos.
Así, a diario utilizamos facilidades que, hace apenas algunos años,
ni siquiera imaginábamos, especialmente al respecto de equipos
y sistemas para comunicación: teléfonos celulares, Internet,
Intranet, comunicación inalámbrica, etc., etc., etc.
La tecnología, de manera definitiva, ha cambiado nuestras vidas.
Todos aquellos que un día dijimos: ¿Yo, usar una computadora?
¡Jamás!, ahora no comprendemos cómo pasamos
la mayor parte de nuestra existencia sin ella. Hoy, verdaderamente, es
una herramienta imprescindible en el trabajo y un auxilio apreciado en
los demás aspectos de nuestra vida.
Por ejemplo, gracias a la Internet tenemos acceso a lugares, culturas
y enseñanzas que, de otra manera, serían inalcanzables.
Con facilidad encontramos hoy respuestas que nos aclaran dudas o complementan
conocimientos. Incluso, nos dan acceso a entretenimiento, música,
arte y eventos maravillosos.
Sin embargo, cuando vemos tanta tecnología a nuestro alrededor,
cabe preguntarnos: ¿Hasta cuánto es demasiado?
La tecnología que a los adultos nos maravilla es, para los niños
y adolescentes, algo normal, hasta intrascendente. Por esa facilidad de
integrarse a la tecnología, por su ansia de encontrar siempre cosas
nuevas (lo que ayer les gustó, ya hoy les aburre), los fabricantes
han visto en ellos un mercado repleto de oportunidades, que están
explotando cada vez más. Y eso, encierra muchos peligros.
Porque, aunque cada vez contamos con más medios para comunicarnos,
también cada vez nos comunicamos menos. He visto, en lugares públicos,
cómo una familia se sienta a la mesa, y no se dirigen la palabra
entre ellos: algunos hablan por el celular, otro está totalmente
aislado escuchando su i-Pod, otro juega con el último modelo de
Game Boy; uno más revisa su álbum fotográfico electrónico
Y, mientras, la vida pasa. ¡La vida real, no la virtual!
Pero existe otro peligro: el de los juegos electrónicos (video
games) violentos.
En Estados Unidos, donde se llevan y analizan todo tipo de estadísticas,
se ha levantado ya la voz de alarma. En primer lugar, se ha comprobado
que los videojuegos violentos son adictivos; es decir, causan todos los
graves efectos de cualquier otra adicción: el niño o joven
adicto pierde el interés en el estudio, en los deportes, en sus
amistades; se aísla, fomentando aún más su dependencia.
Como esos juegos no son gratis, hacen cualquier cosa por conseguir el
dinero para comprarlos o usar las maquinitas, ahora tan populares
como nefastas. En resumen, estos e-adictos malgastan su tiempo,
dinero y futuro.
Pero esto no termina allí. Muchos psicólogos infantiles
están considerando esos juegos interactivos violentos como juegos
de muerte (deadly games), capaces de inducir conductas criminales
y causar un daño (irreversible, se teme) en el cerebro de los niños
y jóvenes, que les condiciona a llevar a la práctica todo
aquello que han realizado jugando.
Jack Thompson, un abogado de Miami, crítico acérrimo de
estos deadly games, ha documentado un caso en que el asesino
Devin Moore, un joven de 18 años actuó de manera
idéntica al juego con que usualmente se divertía,
robando un auto y, posteriormente, asesinando a tres policías.
Por medio de estudios neurobiológicos, hechos a diferentes jovencitos
mientras interactuaban con los mencionados videos, se han recopilado pruebas
de cómo se afecta el cerebro en esos momentos. Thompson espera
lograr, con dichas pruebas, una condena para los fabricantes de un juego
especialmente violento (omito su nombre, para no hacerle propaganda),
que sirvió de inspiración y entrenamiento a Moore. Será
un paso importante para que esas grandes empresas se preocupen menos por
sus ganancias y más por la salud mental de los niños del
mundo.
¿Y aquí, en nuestro país?
Recientemente, en un noticiero local, informaban de otro de los muchos
crímenes que a diario cometen supuestamente jóvenes
de corta edad. Parte del reportaje mostraba un salón de muy baja
categoría, con varias de esas maquinitas para videojuegos.
Y me pregunté si los asesinos habrían recibido allí
su inhumano entrenamiento.
¿Será éste uno de los temas que el Ministerio de
Gobernación debe contemplar, para hacer más eficiente su
Plan Mano Súper Dura?
*Columnista de El Diario de Hoy.

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