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Reconociendo méritos
Recordando al Dr. Rómulo Sosa

Cuando se jubiló el Dr. Sosa, como ocurre siempre en el país, ese enorme caudal de conocimientos y experiencias que bien pudo servir para preparar a las futuras generaciones de profesionales, prácticamente se perdió

Publicada 24 de agosto 2005, El Diario de Hoy

Rodolfo Chang Peña*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Hace aproximadamente unos 35 años, cuando comencé a laborar en el Instituto Salvadoreño del Seguro Social, prestando mis servicios como médico, el Dr. Rómulo Sosa —recientemente fallecido— era ya un personaje conspicuo en la trama de jefaturas de la institución. Desempeñaba el cargo de jefe del Laboratorio Clínico del centro médico, mucho antes de que la consulta general y especializada se descentralizara a San Jacinto, Zacamil, Santa Anita y Atlacatl.

Era director general el Dr. José Kuri Asprides, médico visionario, responsable de la creación del primer plan maestro de desarrollo de la infraestructura que sirvió de guía, y continúa vigente, en el crecimiento ulterior. Además logró sustituir el anticuado sistema de médicos de planta por un moderno programa de residencias médicas, que rápidamente elevó el nivel académico y la calidad de las prestaciones.

Por esos años en que la seguridad social se consolidaba en la sociedad salvadoreña, se desató una vigorosa corriente de progreso y despliegue institucional que abarcó varias áreas cruciales, como la formación de los recursos humanos en los campos médico, administrativo y técnico. En este movimiento, como era de esperar, el Dr. Rómulo Sosa participó activamente como muchos otros profesionales que, por cierto, ahora ni siquiera son mencionados, a pesar de que construyeron las bases sobre las cuales descansa y se apoya el Seguro Social de los tiempos presentes.

La lista de esos pioneros es larga y pido disculpas por no citarlos a todos debido a las limitaciones del espacio, pero recordaré algunos: Dra. Vera Alicia de Navas y su equipo, creadora de la farmacia del centro médico y de las correspondientes unidades médicas y hospitales en el interior del país; Licda. Gladys de Rosales, que junto con las también licenciadas Ruth de Molina y Elisa Manzano de Rosa, hizo otro tanto en el campo del Trabajo Social; Dr. Rómulo Sosa que llevó la tecnología del laboratorio clínico a todos los rincones del país y Dr. Ricardo Salvador Mendoza Tovar, que trabajó incansablemente en medicina preventiva a nivel nacional.

En el crecimiento y avance académico, con evidente repercusión en el modelo asistencial se destacaron los jefes de departamento, doctores: Tomás Mariano Cáceres (gineco-obstetricia), José Nicolás Astacio Soria (patología y enseñanza y promoción científica), Francisco Escobar (medicina), Ernesto Núñez (cirugía) y muchos excelentes jefes de servicio, como los doctores: Dymas Funes Hartman (ortopedia y traumatología), Jesús García Montenegro (gastroenterología), Alejandro Gamero Orellana (cirugía torácica y cardiovascular), Antonio Ramírez Amaya (neurocirugía), Julio César Bottari (neurología), Julio César Caballero (oftalmología), etc.

En general, las políticas institucionales en el campo de la salud eran operativizadas por un equipo de jefaturas entre los que destacaban los doctores: Alfonso Cruz Palacios (director médico) y su equipo de supervisores de gran trayectoria como los doctores Ramón Lucio Fernández y Francisco Saldaña (odontólogo). Mauricio Dehais Contreras (subdirector médico), Mario Vidal Chacón (director centro médico) y otros.

El Dr. Sosa y su equipo fue el más importante asesor en materia de diseño y equipamiento de laboratorios clínicos de unidades médicas y hospitales, y puede ser considerado el padre de los laboratorios clínicos del ISSS.

Por los años 70, el laboratorio del centro médico era considerado como uno de los más completos y avanzados del país, y para cumplir con la descomunal demanda de análisis solicitados por los médicos procesaba alrededor de 2,500 a 3,00 muestras diarias. Debe recordarse que prestaba sus servicios a la consulta general y especializada, al hospital con unas 500 camas entre censables y no censables y servicio de atención de urgencias, que atendía unas 250 personas cada 24 horas.

También asesoraba a la comisión técnica de la entonces Proveeduría (después Abastos y luego UACI, etc.), varias comisiones, especialmente a la de compras del H. consejo directivo y a la división administrativa en la elaboración de contratos para la compra de servicios al Ministerio de Salud, en algunos lugares alejados de la República. Miembro de varias comisiones de trabajo que se reunían al menos una vez por semana, como el consejo asesor, comité de docencia, comité de servicios de apoyo y comité para el control de las infecciones nosocomiales. Y como si todo lo anterior fuera poco, tengo entendido que se desempeñó con éxito en la agricultura en su natal Ahuachapán y en la docencia.

Su andar cansino contrastaba con su energía inagotable para el trabajo y jamás le escuché decir “esto no me toca”. Reconocido por todos por su iniciativa y actitud permanente de colaborar. Lealtad a toda prueba a las ciencias y prácticamente un adicto de la investigación científica. El que esto escribe lo recuerda por su peculiar capacidad para encontrar el lado amable a las cosas y situaciones, su ingenio para afrontar las circunstancias adversas y su profundo sentido común que lo hacía convertir lo complicado en sencillo. “Trabajar con el Dr.

Sosa es contagiarse de alegría y entusiasmo”, decían las competentes e inolvidables supervisoras de enfermería, señoras J. de Servellón, E. de Rodríguez y R. de Montalvo. “Todos desean tener al Dr. Sosa en su mesa”, afirmaba el Dr. Mario Vidal Chacón (director del centro médico) al referirse a la participación del Dr. Sosa en seminarios, congresos, simposios y cursos de actualización.

Poseedor de una amplia cultura general, era gran aficionado a todas las expresiones del arte. En los interminables viajes de supervisión al interior del país, cuando nos sorprendía la hora del almuerzo, en no pocas veces nos tocó saborear y compartir viandas autóctonas, como el refresco de cebada batido con molinillo, acompañado de un generoso trozo de poleada en el mercado de Acajutla; chompipe guisado en sartén de barro en Nahuizalco; minuta con nances congelados y dulce de tamarindo en Ahuachapán, y chilate con nuégados de yuca a la entrada del mercado de Apopa.

Cuando se jubiló el Dr. Sosa, como ocurre siempre en el país, ese enorme caudal de conocimientos y experiencias que bien pudo servir para preparar a las futuras generaciones de profesionales, prácticamente se perdió.

* Dr. en Medicina.


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