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Denise
Dresser*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
En América Latina, mucha gente vive con las manos extendidas.
En todo el hemisferio los gobiernos paternalistas acostumbran a sus pueblos
a recibir apenas lo suficiente para sobrevivir, en lugar de participar
en la sociedad. A lo largo y ancho de la región, los políticos
que alguna vez Octavio Paz llamara los ogros filantrópicos
crean clientes en vez de ciudadanos, pueblos que esperan en lugar de exigir.
América Latina cojea a un costado, porque no puede correr decididamente
hacia adelante. De partida, hay demasiadas barreras para los pobres, los
innovadores y quienes no tienen acceso al crédito. Existen demasiados
muros erigidos contra la movilidad social, la competencia y la equidad
en la política y los negocios.
Como resultado, aunque los latinoamericanos pueden votar en un ambiente
más democrático, no pueden competir en un mundo globalizado.
Los estándares de vida han caído, los ingresos se han estancado
y se ha perdido la fe. De modo que la gente ha comenzado a marchar por
las calles de Bolivia. O cree las promesas del Presidente populista Hugo
Chávez en Venezuela. O piensa en un retorno al pasado unipartidista
en México. O ansía un que se vayan todos, sentimiento
que hoy parece estar arraigándose en Brasil. O vota con sus pies,
como en México, donde uno de cada cinco hombres de entre 26 y 35
años vive en los Estados Unidos.
La región es al mismo tiempo más democrática y más
desigual que hace diez años. Unidos por el derecho a voto, los
latinoamericanos siguen divididos por la pobreza. Las economías
de América Latina están organizadas de un modo que concentra
la riqueza en unas pocas manos y a continuación le permite no pagar
impuestos, privando a los gobiernos de los recursos necesarios para invertir
en el capital humano de sus ciudadanos.
Pocos gobiernos de América Latina se han comprometido a hacer esta
inversión. En lugar de ello, lo que el pueblo latinoamericano ha
obtenido en la era democrática es un montón de obras públicas:
puentes, carreteras y estructuras masivas, diseñadas para generar
apoyo político de corto plazo. En tales proyectos, los políticos
manipulan y compran votantes en lugar de verdaderamente representarlos.
Estas prioridades distorsionadas reflejan una realidad muy simple: la
democracia de América Latina parece incapaz de desmantelar las
viejas redes de clientelismo y sus tradicionales arreglos para compartir
el poder. Las viejas elites siguen resguardadas en sus vecindarios bien
protegidos, dejando afuera a los pobres y sin ningún incentivo
para darles poder, ya que una abundante mano de obra barata es tan beneficiosa
para quienes la emplean.
Esto significa que amplios porcentajes de la población no terminan
la secundaria, no tienen acceso a la universidad ni se convierten en ciudadanos
con pleno ejercicio de sus derechos en sus propios países ni en
el mundo. Siguen al servicio de sistemas socioeconómicos en los
que las relaciones personales importan más que las calificaciones
y las habilidades, y en donde los puestos se asignan según la lealtad
y no el mérito. Las puertas se abren para los que tienen el apellido
y los contactos correctos, y los contratos se adjudican con una palmada
en la espalda y un guiño del ojo. Los monopolios estatales se venden
a amigos que entonces de convierten en multimillonarios, como el mexicano
Carlos Slim.
A pesar de los desórdenes en Bolivia y el avance de los políticos
populistas, América Latina no está a punto de sufrir un
desastre económico. De hecho, la región se mantiene en gran
parte estable. No obstante, eso no es suficiente para hacer que la gente
pase de una fábrica de tortillas a una compañía de
software, para crear una clase media amplia y asegurar así la movilidad
social.
La democracia puede estar funcionando lo suficientemente bien en términos
de elecciones libres y justas. Pero alguna otra cosa no está funcionando
bien, y va más allá de presidentes específicos, ya
se trate del populista Chávez de Venezuela, del conservador Fox
de México, o del izquierdista moderado Lula de Brasil. Tiene que
ver con una realidad profunda, histórica, estructural.
La democracia disfuncional de América Latina es el resultado de
un patrón de comportamiento político y económico
que la condena al estancamiento, independientemente de quién gobierne.
Tiene su raíz en un patrón de reformas estructurales pospuestas
o realizadas a medias, de privatizaciones que benefician a las elites,
pero perjudican a los consumidores.
Esto ha dado sustento a un modelo que pone más valor en la extracción
de recursos que en la educación y la potenciación de la
gente. Los recursos abundantes, como el petróleo, son una maldición
para la democracia en los países en desarrollo, ya que cuando un
gobierno obtiene los ingresos que necesita mediante la venta del petróleo,
no siente la necesidad de cobrar impuestos. Los gobiernos que no necesitan
ampliar su base de contribuyentes tienen menos incentivos para responder
a las necesidades de sus pueblos.
De hecho, los gobiernos que se basan en el clientelismo, en lugar de la
plena ciudadanía, no necesitan dar respuesta alguna. Producen democracias
superficiales, donde las personas tienen voto pero no participan realmente
en la toma de decisiones, en donde la riqueza está cada vez más
concentrada y la brecha entre los ingresos es más difícil
de cerrar.
Peor aún, tales gobiernos, ya sea autoritarios o nominalmente democráticos,
convierten a sus ciudadanos en destinatarios de dádivas, en lugar
de participantes. Crean gente que vive con las manos extendidas y no con
las manos alzadas.
Copyright: Project Syndicate.
*Profesora de Ciencias Políticas en el Instituto Tecnológico
Autónomo de México (ITAM).

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