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Historias sin tren

El ferrocarril dejó de transitar oficialmente el 15 de octubre de 2002 y para entonces ya sólo quedaban los protagonistas y sus recuerdos. Los que salieron beneficiados al construir su hogar al pie de la vía, los que quedaron incomunicados, los que a falta de locomotora, se aferran al timón de un carromotor. Todo demuestra que los años dorados del tren quedaron atrás.


Publicada 21 de agosto 2005 , El Diario de Hoy

 

El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

“Los Piscarros”: el invento que alimentó el hambre

El hambre de tren agudizó el ingenio de quienes viven entre Santa Ana y Metapán.

Sobre los rieles de este tramo de 57 kilómetros, los piscarros sustituyen al ferrocarril, desde que la actividad de éste cesara definitivamente el 15 de octubre de 2002.

También conocidos como bushcarros–pronunciación similar al del apellido del presidente estadounidense–, no son más que una plataforma cuadrada de madera, que gracias a cuatro rodamientos se desliza sobre ambos carriles.

Es una patineta de proporciones sobrehumanas que, como cualquier otra, se mueve con el mero impulso de una pierna.

A las 7:30 a.m. del pasado viernes 8 de julio, un camión que circulaba por la carretera a Metapán aminoró la velocidad para terminar estacionado en la encrucijada del asfalto y la férrea vía.

Mientras un muchacho bajaba dos marmitas de leche de la cama del vehículo, otro se esmeraba en encajar sobre los raíles lo que parecía una patineta para mastodonte: el piscarro.

Útil. El invento facilita el transporte a zonas sin acceso por carretera. Foto EDH

Dos pares de baleros hacen que no descarrile el único medio de transporte para la leche en una zona que sin tren quedó aislada. “La llevamos como a un kilómetro adentro”, informaba el muchacho de las marmitas señalando el horizonte en el que se perdía, años atrás, el tren que transportaba cemento desde Metapán hasta San Salvador.

Esa fue la misma ruta que siguieron los vagones de pasajeros, los gasolineros y ganaderos, o aquellos que acarreaban café y caña desde 1929, cuando la empresa estadounidense International Railways of Central America (IRCA) construyera el tramo entre Texistepeque y la frontera con Guatemala.

Hoy las vías son territorio de vehículos sin motor, y cada caserío tiene la evidencia.

Como quien detiene el carro frente a la puerta de la casa, los vecinos del cantón Agua Caliente–de su estación, en desuso desde 1998, sólo queda los muros–, o de Los Jovos estacionan el piscarro correspondiente junto a los ranchos; en vertical para no ocupar más derecho de vía que el estrictamente necesario.

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“Hasta reses podemos llevar”, dice José Hilario Guevara Rivas, tratando de ilustrar su utilidad y para alardear de la capacidad de la maxi patineta aparcada al pie de su vivienda.

Y se perdía en detalles de una narración en apariencia onírica: “no hace mucho que iba a traer vacas y cuches por San Isidro”. Cuando la fuerza de su pierna era insuficiente para desplazar tal carga, sólo se asía al carromotor que aún circula por las vías para vigilarlas. “El piscarro nos sirve de mucho, pero el día que Fenadesal lo prohíba se acabó el transporte en estos caseríos. A saber cómo nos va a tocar”.

A mayor hambre–al de tren se le sumará el de piscarro–, el ingenio más agudo.

Estaciones-vivienda: refugios de la nostalgia

Lo que hoy es la vivienda de José Hilario Guevara Rivas, el de la patineta para reses y las predicciones fatalistas, fue hasta 1998 la estación Guarnecia. El caserío se sitúa en el distrito dos del extinto ferrocarril, entre Nueva Concepción y Texis Junction, en Santa Ana.

Los Guevara son una de las familias que habitan algunas construcciones ferroviarias dispersas en el país. Llevan unos seis años haciéndolo, como Luis Lozano y sus sobrinos en la estación de Soyapango.

“Mucho antes del 2002 había dejado de utilizarse la estación acá”. Así, Guevara, un ex ferrocarrilero, trata de explicar que el cese de las operaciones ferroviarias en la red nacional respondió más bien a un efecto dominó retardado.

Las condiciones de arrendamiento de esas estaciones varían en función del trato alcanzado con Ferrocarriles Nacionales de El Salvador (Fenadesal), dependencia estatal que desde el 22 de mayo de 1975 administra esos bienes.

Según el gerente de la estatal, Salvador Sanabria, “no hay nada tipificado, pero se establecen cláusulas en el acuerdo para mantener la prioridad de la empresa”. En el caso de que se decidiera reutilizar el terreno, el usuario tendría que cederlo inmediatamente.

Así, mientras Lozano paga con el cuidado de las instalaciones el derecho a habitarlas, a la familia Guevara el acuerdo le salió algo más caro: 100 colones al mes. Un precio siempre simbólico.

Poder vivir en la estación de Soyapango, también le significó a Lozano un remiendo del cordón umbilical que el finiquito del 16 de octubre de 2002 diseccionó. Hasta ese día había sido encargado de la sección de papelería y útiles de Fenadesal, su último vínculo con la empresa para la que laboró 27 años.

Nostálgico, construye metáforas refiriéndose a su padre, caporal del IRCA por 48 años: “yo nací prácticamente en las vías de tren”. Ahora vive a ras de ellas, custodiándolas, y garantizando que a la arquitectura ferroviaria de madera y lámina no le varie ese rostro oxidado.

El reacomodo

Para tener un sentido de hogar, los Guevara han acondicionado la ex estación de Guarnecia, pero respetando el recuerdo: la ventanita de la taquilla sigue abierta y anuncia venta de boletería–obviamente no hubo clientes en seis años–.Y la bodega de herramientas sigue en pie, aunque con otra función: alberga el molino familiar.

El andén sigue en el mismo lugar, pero hace tiempo que es testigo de esperas más largas que las del pasajero que aguardaba el tren que lo llevaría hacia Texistepeque.

Hoy las esperas de andén se hacen eternas; los vecinos de Guarnecia se reunen en lo que funge de patio de los Guevara para recordar las bondades del tren - “era bien seguro”-; para compartir nostalgias–“los que venían de Cojute en la mañanita alegraban los negocios de acá”, “el ferrocarril era bien ocupable, sin él estos lugarcitos están bien muertos”–; y para especular sobre la reactivación del servicio. La espera sin hora de llegada.

El viernes 8 de julio, Guevara volvió a desempolvar una crítica recurrente : “pues, si es que algún día vuelve a pasar el tren, esas vías no sirven, están podridas”. Muy cerca de él, Sabino Alfredo Rivera, empleado todavía de Fenadesal, respondió: “pues es ese el proyecto que tiene la empresa”.

Una vía para muchas necesidades
Rudimentario. Cuatro rodamientos y baleros conforman el mecanismo de los piscarros, el que les permite circular sin miedo a descarrilar. Sobre rieles. Para los vecinos del caserío “la Y”, esta es la forma más cómoda de llevar a casa las compras del mercado de Santa Ana. Soyapango. La estación metropolitana es una de las que resistió el paso del tiempo. A pesar del óxido, hoy alberga a la familia Lozano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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