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| Entrega. Ni un roce fue la cuarta canción
que preparó para el espectáculo de ayer. El escenario
fue sobrio. Foto EDH |
Redacción Vida
El Diario de Hoy
vida@elsalvador.com
Más que un concierto, Ana Gabriel ofreció ayer una lección
de sencillez y de calidad humana que logra combinar con una de las mejores
voces que México le ha ofrecido a Latinoamérica.
La intérprete se presentó en el Anfiteatro de la Feria Internacional,
ante un público realmente emocionado por tenerla por primera vez
frente a ellos.
Sólo quiero ser amada marcó el inicio de un espectáculo
que como ella lo dijo una noche antes sería largo
y enérgico. Se disponía a ofrecer más 30 canciones.
Nunca dejó de sonreír. Su carisma, su simpatía y
ese real cariño que siente hacia sus seguidores le impidieron estar
triste.
Ana Gabriel cantó para dar las gracias, y no por los aplausos y
ovaciones recibidas, sino por la fidelidad de un público que esperó
muchos años para tenerla cerca.
¡Qué contenta estoy! ¡Qué emocionada...
qué nerviosa!, confesó.
La brillantez de la pedrería que adornaba su traje sastre colo
blanco contrastaba con el brillo que reflejaban sus ojos.
Un brillo de alegría que se incrementó cuando una señora,
con un delantal amarrado a su cintura y una evidente dificultad para caminar,
subió al escenario y le entregó un ramo de flores.
Ella las recibió con emoción, con la misma que aceptó
una cartera hecha de canva que decía El Salvador, bajo la promesa
de que la usaría a su regreso a México; y con esa misma
firmeza con la que se puso de cuclillas para firmar un autógrafo
a una jovencita.
Todo eso ocurrió, a pesar de que sabía que los técnicos
de sonido, la orquesta y el coro que la acompañaban estaban listos
para Lo sé, la quinta canción de la noche.
Y es que cuando se trata de su gente, para Ana Gabriel no
existe el protocolo.

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