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Una mirada de fe
Nuestra comunicación con Dios

La oración debe expresar siempre nuestra convicción de que Dios es Padre Providente, y que sin Él no somos nada, esto exige humildad y sinceridad y un compromiso de apertura frente a los demás.

Publicada 21 de agosto 2005, El Diario de Hoy

Óscar Rodríguez Blanco, s.d.b.*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

L a comunicación entre las personas es fundamental, lo normal es que seamos sociables para darnos a conocer y conocer a los demás. El que se cierra en sí mismo y no quiere comunicarse se vuelve egoísta y orgulloso.

Los niños, por lo general, son más espontáneos, no tienen ese problema, pues cuando tienen necesidad de pedir algo lo piden, les gusta que se les escuche, son más sencillos y abiertos, saben que pueden confiar en sus padres.

La vida cristiana exige una continua comunicación con Dios y con las personas, necesitamos escuchar la voz de Dios y que Él nos escuche. Jesús dialogaba siempre con su Padre Dios y se comunicaba con toda la gente que le seguía, oraba noches enteras y con frecuencia, al finalizar la jornada de trabajo, se iba a la montaña a dialogar con su Padre. Instruía a sus discípulos para que oraran en todo tiempo, les enseñaba a que hicieran bien su oración, con una sincera actitud de humildad, en unión de fe y de confianza.

La vida cristiana no consiste en pasar orando todo el día, cada cosa en su puesto, pero la oración es parte esencial de la vida de fe. Muchos “rezan” repitiendo oraciones de memoria, que desde pequeños nos han ayudado a comunicarnos con Dios, y eso es necesario, pero también es sumamente importante “orar”, es decir, hablar y escuchar a Dios, dirigirnos a Él con nuestras propias palabras, para expresarle nuestros sentimientos con humildad y sencillez, necesitamos hablarle de nuestros problemas y angustias, de nuestras alegrías y tristezas, de nuestros triunfos o fracasos.

Para algunas personas la oración no siempre les resulta fácil, porque no saben orar, no saben qué pedir, cómo pedir, o porque las preocupaciones y el dinamismo de la vida les ocupa tanto tiempo, que no logran apartar unos momentos de tranquilidad para hablar con Dios. Juan Pablo II nos dice que “la oración es ante todo, un acto de inteligencia, un sentimiento de humildad y reconocimiento, una actitud de confianza y de abandono en Aquel que nos ha dado la vida por amor. La oración es un diálogo misterioso, pero real, con Dios; un diálogo de confianza y de amor”.

Hay un refrán que dice: “Sólo se va al pozo cuando tiene agua”, algo así es lo que nos pasa cuando sólo recurrimos a Dios en los momentos difíciles de la vida, cuando nos encontramos en un peligro, en una desgracia, en una enfermedad, en un apuro económico, o en la aflicción por la muerte de un ser querido.

Dios no es una medicina que la tomamos si nos sentimos mal y la dejamos si nos sentimos bien, Dios es un Padre bueno y misericordioso, que está con sus hijos en las buenas y en las malas y a quien también debemos recurrir en la prosperidad o en la adversidad.

Hay quienes invocan a Dios sólo para pedirle favores materiales y no se acuerdan de agradecerle los beneficios o maravillas que hace con nosotros. También tenemos que preguntarnos ¿qué beneficios espirituales pedimos? ¿Nos preocupamos por la salud de nuestra alma como nos preocupamos por la salud de nuestro cuerpo? ¿Le pedimos que perdone nuestros errores? ¿Le pedimos que nos haga generosos y nos aumente la fe?

A Dios le debemos pedir lo que necesitamos, Él mismo decía a sus discípulos, y nos dice ahora a nosotros: “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá; pues todo el que pide, recibe; el que busca encuentra, y al que llame se le abrirá” (MT 7, 7-9). Esto quiere decir que el fruto de la oración es seguro, porque tiene la promesa del Señor y nunca es inútil si pedimos como debemos pedir. Jesús enseñó a sus discípulos a orar con fe viva y corazón puro, con humildad y constancia, y pidiendo en su nombre todo aquello que nos conviene.

La oración debe expresar siempre nuestra convicción de que Dios es Padre Providente, y que sin Él no somos nada, esto exige humildad y sinceridad y un compromiso de apertura frente a los demás, porque no podemos convertir la oración en puro espiritualismo. De nada nos sirve decir ¡Señor! ¡Señor!, mientras permanecemos de espaldas a la voluntad de Dios, que nos pide ser responsables en el hogar, en la sociedad en el mundo. La oración oral o mental debe situarnos en un justo lugar ante Dios y ante la vida.

*Párroco de la iglesia de María Auxiliadora (Don Rúa). e-mail: osrobla@hotmail.com


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