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La pobreza y desolación dominan la planicie árabe

Lo único que obliga detener la marcha son los accidentes de tránsito o la explosión de alguna llanta en la carretera.


Publicada 16 de agosto 2005 , El Diario de Hoy

Los efectivos del cuarto contingente custodiaron a los compañeros que les relevarán en sus tareas en el suelo iraquí. Foto EDH / Wilfredo Salamanca

Con las tropas en Iraq
Periodista Wilfredo Salamanca
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

Un desierto que parece no tener fin, una temperatura alta que desespera a un occidental que llega por primera vez a estas tierras, niños que casi en fila se colocan en las calles para pedir dólares o comida, y la aparente pasividad de sus habitantes es lo que se observa al ingresar a Iraq por la frontera con Kuwait.

“¡Esto da compasión!” fue la reacción de un miembro del Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada, que ayer acompañó el desplazamiento del quinto contingente del Batallón Cuscatlán desde el Campamento Virginia, al norte de la capital kuwaití hasta la ciudad iraquí de Al Hillah.

La caravana apenas se había internado una hora, y el jefe castrense había comenzado a lamentarse. Después de las catorce horas que siguió la caravana salvadoreña por la ruta a Tampa, que conecta con Bagdad desde el sur, el efectivo salvadoreño no se atrevió a calificar lo que había visto hasta llegar al Campamento Charlie.

Para la vista resulta monótono recorrer tanta planicie sin advertir señales de vida humana, ya que el cielo grisáceo aparenta ocultar el fin del desierto. Ante el panorama, en un salvadoreño surge la necesidad de ver la elevación de una montaña o encontrar una sombra para descansar del viaje agotador.

Lo único que obliga detener la marcha son los accidentes de tránsito o la explosión de alguna llanta en la carretera.

En tanto, a los niños iraquíes parece que les han dado un mismo mandato al observar a los extranjeros: Levantar el pulgar derecho, que en El Salvador equivale a un gesto de aprobación, pero aquí, es una señal obscena.

Aún así, los infantes también unen sus manos para pedir comida o gritan para que les entreguen un dólar.

Sus vestimentas sucias y la huella del sol en sus rostros confirman su desgracia. Sin embargo, entre las pocas viviendas que hay en la ruta hacia Tampa, se observan vehículos lujosos, que son la excepción.

En Al Hillah, la situación varía un poco. Hay una concentración habitacional, el agua parece abundante ante al proximidad de la costa y no ignoran que tienen como vecinos a militares internacionales.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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